VII DOMINGO DE PASCUA 
HOMILÍA DE MONS PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Oaxaca de Juárez, 1 de junio. Hemos recorrido cuarenta días desde la Fiesta más importante de todos nosotros, la Fiesta de la Resurrección del Señor.
Cuarenta días en los que hemos estado escuchando testimonios que nos dan los que anduvieron con el Señor, los apóstoles y los discípulos. Ellos se fueron encontrando en diferentes momentos con el Resucitado y, como dice hoy el texto del Evangelio, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo, numerosas pruebas de que estaba vivo, numerosas pruebas de que estaba vivo ¿Y qué dijo de nosotros Nuestro Señor un día, cuando Él se encontró con el Apóstol Tomás?, le dijo a él, tú crees porque me has visto, dichosos los que creerán sin haberme visto, dichosos. Nos llamó dichosos Nuestro Señor.
Siéntase, pues, dichoso, siéntase feliz.
En otro momento, el Señor pronunció un discurso y dijo: dichosos los pobres de Espíritu, dichosos los limpios de corazón, dichosos los que trabajan por la paz, los que trabajan por la justicia. Dichosos los misericordiosos, dichosos.
Quiero que usted sea dichoso, porque eso es lo que quiere Nuestro Señor. Usted y yo creemos en el Resucitado. Creemos y lo reconocemos como Nuestro Dios y Señor y decimos que Jesús Resucitado es verdadero Dios y verdadero Hombre.
Verdadero Dios porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, verdadero Hombre porque nació de María Virgen y se hizo hombre en todo semejante a nosotros, menos en el pecado y cumplió fielmente lo que el Padre le encomendó, salvarnos, vino a salvarnos y nos salvó amándonos hasta el extremo de dar Su vida por nosotros, ofreciéndose en sacrificio al Padre y, hoy, recordamos que el Señor Jesús, Resucitado, ha terminado Su misión, ya, ya hizo todo lo que tenía qué hacer y, por eso, sube al cielo, asciende al cielo.
En el credo decimos que creemos en Jesucristo Resucitado, que creemos que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Así lo decimos en el Credo, la síntesis de nuestra fe, creo que resucitó, creo que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre y vendrá con gloria, vendrá con gloria cuando Dios lo disponga, no cuando lo digamos nosotros, cuando Dios lo disponga, pero, mientras, nos encomendó una misión, que tenemos que cumplir, se la dijo a sus Apóstoles y a sus Discípulos, que llevaran ese mensaje de Salvación, que llevaran esa Buena Nueva a todas las naciones, que hablaran de Él, que dieran testimonio y los Apóstoles y los Discípulos a lo largo de los siglos, a lo largo de los siglos, hombres y mujeres han dado testimonio, muchos de ellos con su propia sangre, muriendo.
Nosotros tenemos, los beatos oaxaqueños, Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, beatificados por San Juan Pablo II, murieron a causa de la fe, dando testimonio de que creían en Cristo y que servían a Cristo.
Nosotros también debemos dar testimonio, tenemos que ir por el mundo dando testimonio. Tal vez a nosotros Dios no nos pida que derramemos sangre, como mártires, no nos pida eso, pero sí nos pide que demos testimonio de que somos hijos de Dios, de que somos Discípulos de Nuestro Señor y, a través del testimonio, vamos anunciando el Evangelio, porque estaremos viviendo lo que un día nos dijo Nuestro Señor: un mandato nuevo les doy, que se amen, que se amen.
Allí vamos hacia la casa del Padre, hacia la casa del Padre, aquí vamos de paso, y nuestra meta final es el cielo, donde está Nuestro Señor, victorioso y quiere que nosotros lleguemos al cielo y tenemos que ganarnos el cielo y también nos dijo Nuestro Señor cómo se gana el cielo. Ven, Bendito de Mi Padre, toma posesión del cielo preparado para ti desde antes de la creación del mundo. Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve enfermo y fuiste a verme, me visitaste, encarcelado y fuiste a verme. Lo que hiciste con uno de los pequeños, conmigo lo hiciste.
Si un vaso de agua das en mi nombre, no quedará sin recompensa. Nos tenemos qué preguntar lo que he hecho a lo largo de la vida, ¿me hace ganarme el cielo? ¿me va a poder decir el Señor, cuando llegue con Él, ven, Bendito de mi Padre y me ponga a su derecha? Porque Él quiere ponerme a su derecha, a su derecha, no a su izquierda, no, a su izquierda no, ese no es el lugar para ti ni para mí, la derecha.
Nuestro Señor está a la derecha del Padre. Nosotros, seguidores de Jesucristo, tenemos que estar a la derecha de Él, siendo derechos, siendo rectos, preocupados por hacer el bien, hacer sólo las cosas que agradan a Dios. Vamos preguntándonos, ahorita, tranquilamente, ¿lo que he hecho en la vida, me hace ganarme el cielo? No nos asustemos. ¿Me ha hecho ganarme el cielo?
¿Por qué estamos todavía aquí? ¿por qué no hemos partido de este mundo al Padre? Porque no hemos hecho lo suficiente, nos falta, nos falta algo, vamos, hazlo, hazlo. Tal vez nos falta un poquito de misericordia o un mucho de misericordia en favor de los demás. Nos hemos vuelto tal vez insensibles, nos hemos ido acostumbrado a tantas y tantas cosas que ya no nos llama la atención el sufrimiento, el dolor, las lágrimas. Nos acostumbramos y no nos acostumbramos a hacer el bien, no, y fíjese usted que hacer el bien cuesta y cuesta mucho. Hacer el mal no cuesta nada, no cuesta nada. No se tiene que esforzar en nada para hacer el mal, ah, pero para hacer el bien se tiene que esforzar.
Por eso nos dijo Nuestro Señor un día, esfuércese por entrar por la puerta angosta, por la puerta angosta, esfuércense. Me tengo que esforzar para hacer el bien, me tengo que esforzar para ganarme el cielo, me tengo que esforzar para practicar la virtud, me tengo que esforzar para seguir cultivando en mi interior y en este corazón sentimientos que agraden a Jesús, me tengo que esforzar por dar testimonio.
Yo tengo que ir al cielo, yo tengo que llegar al cielo.
Todavía es tiempo de ganarnos el cielo. A lo mejor usted piensa, lo he perdido por tantas y tantas cosas que no han sido agradables a Dios. ¿Ha perdido el cielo porque usted ha querido perder el cielo o por ser pecador, por estar inclinado al mal? Los detalles malos de la vida han sido porque usted ha tomado conciencia de que lo que quiere hacer es malo y ofende a Dios y se dice con toda libertad y con toda voluntad, sé que esto ofende a Dios y lo voy a hacer.
Ahí sí, cuidado, porque eso sí es muy grave, pero hay muchas cosas que nos pasan y que hacemos y meditamos, ¿por qué me porté mal otra vez? ¿por qué reaccioné así? Hay muchas cosas que hacemos por mal voluntad, por mala intención. Hay que trabajarlas, hay que evitarlas y toquemos a la misericordia de Dios, no se canse de decirle a Dios: perdóname Señor, ten misericordia y no se canse también de decir a la persona, perdóname, necesito tu perdón, necesito sentir tu misericordia. Llénese de humildad para pedir perdón, llénese de humildad para perdonar.
Si perdona, será perdonado, así lo dijo Nuestro Señor, perdonen y serán perdonados. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados.
Ándele, que ya no estén en su corazón esos sentimientos que son negaciones de amor ¿o no quiere subir al cielo, o no quiere llegar la gloria, o no quiere ser feliz toda la eternidad? ¿por qué se sigue amargando la vida, por qué? ¿por qué sigue teniendo allá adentro cosas que le amargan, que le hacen sufrir, a veces que le hacen llorar por no perdonar? Ya perdone, ya tenga misericordia, ya sea un testimonio del amor de Dios.
Todavía es tiempo, con la gracia de Dios, con la fuerza del Espíritu, lo que nos prometió Nuestro Señor hoy, voy a enviarles lo que Mi Padre quiere que ustedes tengan, el Espíritu Santo.
El próximo domingo celebraremos la fiesta de Pentecostés. En usted está el Espíritu Santo, déjelo, déjelo actuar, es el Dios Amor. Que Él lo conduzca a la vida del amor, a la misericordia, al perdón.
Alegrémonos porque el Señor Resucitado ha subido al cielo y allá, como dijo Él un día, voy a prepararles un lugar y cuando les haya preparado el lugar volveré y los traeré conmigo, para que donde Yo esté estén también los que me sirven.
La meta final es el cielo, ahí está Nuestro Señor y ahí tiene que estar usted, todos tenemos que estar a la derecha de Nuestro Señor.
Feliz semana para todos, feliz semana y no estamos solos, el Señor está con nosotros y en nosotros con Su presencia, porque lo prometió, Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
Que María, Nuestra Madre, nos siga acompañando en este caminar hasta la casa del Padre.
Que así sea.