Oaxaca de Juárez, 31de octubre.
En memoria de papá Poncho
Gerardo Castellanos Bolaños
“Papá por treinta o por cuarenta años, / amigo de mi vida todo el tiempo, / protector de mi miedo, brazo mío, / palabra clara, corazón resuelto, “… Jaime Sabines
Hoy domingo y mañana lunes se celebran los días de muertos
Sin duda es y debe ser un día familiar; una ocasión que debe ser aprovechada para integrar o reintegrar; para muchos de nosotros, es un día de recuerdos, de oración, de poner flores en la casa al padre que esta con nosotros en otro plano.
El padre, el amigo, el consejero, el guía, del “tronco invulnerable” como llamaba Jaime al Mayor Sabines, su padre; día de cantarle… “el día que tú naciste, nacieron todas las flores” porque ese día nació la esperanza de nuestras vidas.
Mi padre no era perfecto, era un hombre extraordinario, cosa que he ido comprendiendo con el tiempo y aceptando en su justa dimensión; mi padre se esforzó por inculcarnos, con su ejemplo, los valores familiares. Nos orientó con cariño; nos dio fundamentos y razones para que solos fuéramos construyendo, con nuestras propias manos, nuestra vida; los problemas que se nos han presentado los hemos resuelto siguiendo sus consejos.
La familia era su prioridad tope, con sabiduría, logró balancear su trabajo con el tiempo para la casa; realmente disfrutamos cada minuto de nuestra infancia; con mi padre aprendimos a hacer con papel de china, engrudo o cola y cartón, los monitos con cabeza de garbanzo para el altar de muertos; íbamos al campo a cortar la flor de muerto y por supuesto ayudábamos a poner el altar y a desaparecer la fruta; en las tardes, en el patio y sobre un petate jugábamos a la oca, al tropito, a las cartas; eran los juegos de la temporada de muertos; ponías tu entrada y pagabas con nueces; jugar con el trompito era emocionante, sobre todo cuando salía: todos ponen o toma todo; también podías jugar con los dados a la oca o al “perico pancho”, cuando perdías te vendaban los ojos y te ponían cosas para que, tocándolas con una mano –el gancho– adivinaras que eran; te preguntaban: ¿perico pancho que tientas con tu gancho? Al oír las respuestas mi madre se reía hasta las lágrimas; un juego muy serio eran las damas chinas con canicas, nadie hablaba, todos pensaban sus jugadas, sobre todo cuando el tablero estaba lleno.
En la época de Navidad íbamos a la Sierra a traer casi todo para poner el nacimiento: el paxtle, los helechos, los magueyitos, los cerritos, piñitas y ramas secas con musgo pegado. Y para las posadas ¡uy! Nos enseño a hacer piñatas con las ollas viejas de barro, a preparar el engrudo, a cortar el papel de china, a pegar el periódico y a ponerle la fruta; y luego a hacer los buñuelos y la miel; papá Poncho nos enseñó a hacer y a elevar papalotes, nos llevaba a cortar azucenas y nos enseñó a jugar béisbol.
Los días de campo a la orilla de un río son inolvidables, puedo escuchar el agua corriendo o sentir el frío o el agua llevándose la arena de donde estabas parado, como si se la fuera comiendo. El río Atoyac estaba a cuatro cuadras de la casa y mi padre me amarraba con una reata para que no me llevara; cuando el río bajaba me enseñó a pescar arrojando a los peces sobre la arena golpeando el agua con la parte interna del pié.
Alfonso Castellanos Luna fue el más chico de cinco hermanos; nació y creció en la barrio de Consolación y estudió en la Escuela Primaria Pestalozzi
Escribió un libro de poemas en dónde canta al amor, a la amistad, al desamor, a nuestras tradiciones y costumbres – como el día de muertos –; le gustaba declamar, pintar a la acuarela, pescar; le gustaban las flores, los ríos, los pueblos, la gente, la música; pienso que mis hijos heredaron el amor por la música de él; sencillo, callado, sensible. Nos quería, era un ejemplo.
Nadie me aviso de su muerte de mi padre, nadie; en la madrugada llegué a su casa en un taxi; cuando se detuvo vi un moño negro en la puerta; Armando, mi cuñado, estaba parado en la puerta; vino a encontrarme y me dio un abrazo; en ese momento comprendí lo que había sentido la tarde anterior; todos pensaron que sabía; en realidad lo sabía, pero nadie me lo dijo.
Fui a México a ver a un cliente a la Central de Abastos y a las 11:00 ya había terminado; mi boleto de regreso era para las nueve de la noche así que tenía tiempo suficiente para arreglar otros asuntos pendientes pero sentí la necesidad de volver de inmediato y me fui directo a la terminal en dónde trate inútilmente traté de cambiar el boleto; toda la tarde me sentí angustiado, desesperado; llamé varias veces a la casa y nadie me contestó, y tampoco sabían dónde llamarme. Aborde el autobús y en el camino me quedé dormido, escuche que mi papá me llamaba: ¡Fito! Y le contesté con un grito: ¡mande! El grito me despertó, porque en realidad grite.
Aunque se ha modificado la organización doméstica, el padre, tradicionalmente es el eje de autoridad en la familia, cuyo atributo histórico y estructural básico es el poder, que le confiere una seria responsabilidad y se manifiesta en múltiples decisiones que inciden en el conjunto de los miembros del hogar y por desempeñar, entre otras, las funciones de proveedor y protector.
Sin embargo, hablar del padre es reconocer el mérito indiscutible de la mano que mece la cuna, sin ella nada sería posible. El trabajo de los padres es un trabajo de equipo, así que, por primera vez y de manera inédita recibimos a nuestros muertos en casa que vienen una vez más, a comer con nosotros.
Si saben a dónde van, encontrarán el camino

