Gerardo Felipe Castellanos Bolaños
Oaxaca de Juárez, 29 de agosto. El período de adoctrinamiento que se desarrolló entre los siglos XVI y XVII con un enfoque humanista, uso el arte como un camino sutil y didáctico, para atraer a las poblaciones autóctonas hacia la religión recién llegada.
Los frailes que arribaron en la segunda oleada, comprendieron que era necesario plantear un esquema unificador de todo el programa virreinal, que resolviese en conjunto los intereses de la realeza europea, las condicionantes del Vaticano, la explotación de los recursos locales, la enseñanza de una nueva cultura que debería sobreponerse dificultosamente a la existente y la formación espiritual de personas de quienes se afirmaba que no poseían alma. (Los ignorantes, fanáticos religiosos no aceptaron la sabiduría de los constructores de Mitla y Monte Albán)
Y aunque cada grupo religioso definió a su manera la espiritualidad, todos convergieron en la salvación de las almas por todos los medios posibles, entre ellos la pintura, escultura, música y arquitectura. Esto justifica la riqueza ornamental de los templos, a los que se considera casi paraísos o casas de Dios.
Los artistas encontraron así una veta inagotable para desarrollar su talento, pues las composiciones plásticas, volumétricas o musicales surgirían de la meditación de la abstracción, para aplicarla en seguida a las realidades invisibles como las actitudes virtuosas, los pecados, los seres celestiales, la pasión, el dolor, la iluminación y todo aquello que sólo surge dentro de la llamada vista imaginativa y que al ser gestada en cada uno de nosotros, alcanza el alma, a pesar de hallarse encarcelada en nuestro cuerpo corruptible.
Gracias a la contemplación, vemos u oímos a los personajes representados, quienes nos llenan de congoja, sufrimiento y arrepentimiento, o bien, de esa infinita suavidad y dulzura que, no por virtuosa, deja de ser enérgica y poderosa.
Uno de los pintores más influyentes en esta nueva conceptualización del papel del arte, fue Peter Paul Rubens; en sus realizaciones aparece la grandiosidad y sentido dramático que lo harán famoso y que a nosotros, los espectadores, nos cautivará por su intenso dinamismo, su exactitud en el dibujo y su inclinación hacia las musculaturas poderosas, las carnes sonrosadas y exuberantes, y las tonalidades claras y luminosas, sin afectar la seriedad de los temas.
En materia de retablos, la creciente ornamentación de los estilos, conduce a los fieles a postrarse ante la magnificencia de lo divino, arrancados del suelo por los efectos visuales y anímicos que producen las vertiginosas composiciones churriguerescas.
Las portadas de los siglos XVII y XVIII adquirieron entonces una energía que fue ganando terreno a los austeros edificios que se habían erigido en los años precedentes.
Otro influyente artista fue Gian Lorenzo Berninni, quien se consagraría como un maestro de la escultura a principios del siglo XVII e irradiaría con su la alegría de sus piedras y metales a todo el Nuevo Mundo.
Otro más fue Baciccio (Giovanni Battista Gaulli), cuya obra para los franciscanos de Roma se equipara con la de Miguel Angel Buonarroti en la Capilla Sixtina.
El arte como instrumento de la evangelización, proviene de su capacidad para fomentar la introspección y las facilidades que otorga para la enseñanza gráfica tanto de los hechos históricos como de los misteriosos.
El grabado y las placas hicieron posible llevar la palabra de Dios con imágenes que, por su textura, son incluso perceptibles al tacto. El primer grabado que se imprimió en México, lo realizó Samuel Stradanus, maestro venido de los Países Bajos a principios del siglo XVII y fue de la Virgen de Guadalupe.
En América existían arquitectos, artistas y artesanos que, de la mano de los religiosos ilustrados que llevaron a cabo la misión evangelizadora, realizaron una armoniosa síntesis estética en la que se favoreció la opulencia de las formas, el colorido y la abstracción, para lo cual eran tan diestros los aborígenes como los recién llegados.
La música merece un capítulo especial. Y subrayó que, sin los sonidos y las voces, la conquista espiritual habría sido mucho más difícil.
La actividad artística constituyó uno de los eslabones más exitosos en la cadena colonizadora de unificación, ya que permitió una red global de intercambios intelectuales y estéticos, cuya influencia no ha cesado ¡cinco siglos después!
Nos recordó que fue traumática la humillación militar, el azote de la viruela y la destrucción de templos y documentos por parte de los invasores castellanos.
Fuente:
Conferencia: Prometeo Sánchez Islas
3 agosto 2010
Casa de la Cultura Oaxaqueña

