Edwin Meneses
Juchitán de Zaragoza, Oax. 1 de noviembre. En el corazón del Istmo de Tehuantepec, las familias zapotecas mantienen viva una de las tradiciones más hermosas y profundas de su cultura: el Xandu’ o Biguie’, el culto a los muertos.
Más que una celebración, es un reencuentro espiritual entre los vivos y quienes partieron, un momento en que las casas se llenan de aromas, colores y recuerdos.
Las ofrendas tradicionales, conocidas como “El Biguie’” o “Bedxe”, son verdaderas obras de arte. Se elaboran con un retablo de madera en cuyo centro se alza una cruz que representa los cuatro puntos cardinales y el punto central, símbolo del equilibrio del universo.
Este altar se dedica al jaguar, animal sagrado para los zapotecos, considerado el guardián que guía a las almas en su camino de regreso a la tierra durante estas fechas sagradas.
De acuerdo con el cronista juchiteco Tomás Chiñas Santiago, esta festividad representa “la alegría de los vivos de volver a sentir la presencia en casa de sus muertos”, una oportunidad única para agradecer, recordar y compartir nuevamente la vida con ellos a través de las ofrendas, la música, las flores y el aroma del copal.
Aunque la llegada de los españoles trajo consigo la imposición de nuevas fechas para honrar a los difuntos, los Binigulasa, auténticos zapotecos del Istmo, conservaron su esencia ancestral. Ellos continúan celebrando el 30 y 31 de octubre, reafirmando con orgullo que su fe y sus raíces son más fuertes que el paso del tiempo.

