XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA 
Oaxaca de Juárez, 28 de septiembre. Disfrutemos la presencia de todos nuestros hermanos en esta Iglesia Catedral. Nos alegra podernos encontrar en torno a este altar y celebrar los sagrados misterios, ofrecer al Padre el sacrificio de Su Hijo Jesucristo, recibir de nuevo la manifestación más grande del Amor Divino en la persona de Jesucristo, que dijo un día, nadie tiene amor más grande por el amigo que el que da la vida por él.
Contemplemos al Crucificado en su Advocación del Señor del Rayo, es esa imagen que está ahí y la imagen original del Señor del Rayo, pues en su capilla, como siempre, ahí nos dice Nuestro Señor el amor que nos tiene, dio Su vida por nosotros
Demostremos lo que decimos, que amamos a Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra vida, con toda nuestra alma, con todo lo que somos, demostrémoslo, pero no debemos de quedarnos en palabras, en pensamiento, hagamos realidad y hagamos verdad lo que decimos creer, lo que decimos que tenemos en esa relación con Dios, un grande amor, demostrémoslo y se demuestra en el amor a nuestro prójimo, en el amor a nuestros semejantes, ahí es donde tiene que examinar usted lo que dice que siente y que tiene de grande amor a Dios.
Ninguna persona, ni siquiera sus enemigos, los que le han causado a usted algún daño deben de estar fuera de su amor, porque si están fuera, no está amando como Dios quiere que ame.
¿Acaso no es usted pecador? ¿acaso no le ha fallado a Dios? ¿acaso no ha cometido errores en la vida? Y Dios no ha dejado de amarnos, no ha dejado de amarnos. Nos invita a amar y a que nos preocupemos por los demás.
Si no nos preocupamos por los demás, no nos va a ir muy bien. El Evangelio de este domingo nos dice muy claramente, aquel hombre rico no se preocupó por el pobre Lázaro, no se preocupó por él, no tuvo una mirada hacia él, no le interesó ese hombre, sólo le interesaban sus banquetes, sólo le interesaba disfrutar de sus bienes, sólo le interesaba pensar en sí mismo y no pensar en los demás.
Llegó el final de su vida, de uno y de otro y, entonces, reconoció hasta el nombre del que estaba ahí, esperando que le diera algo: padre Abraham, manda a Lázaro, hasta entonces lo miró, demasiado tarde, demasiado tarde. Que eso no pase en nuestra vida, que no sea demasiado tarde lo que hacemos por los demás. No deje que pase el tiempo, no deje que se vayan las oportunidades de hacer algo en favor de los demás, no las deje ir, porque esas oportunidades ya no regresan, ya no regresan y es por demás lamentarnos, ¿por qué no hice por esta persona tan necesitada, algo por él? Ya no está, ya murió ¿por qué no hice algo? Demasiado tarde, demasiado tarde.
Aproveche todas las oportunidades que usted tiene para hacer algo en favor de los demás y poderse ganar el cielo.
El domingo pasado la Palabra de Dios en el Evangelio nos decía: no podemos servir a Dios y al dinero y también nos decía, con el dinero tan lleno de injusticias, gánese amigos que lo reciban en el cielo. Hagamos algo por los demás, seamos capaces de contemplar la figura de Dios en nuestros hermanos, en nuestros hermanos necesitados, pobres, en nuestros hermanos que a lo mejor están desilusionados de la vida. Hagamos algo por ellos, encontrémonos con ellos, abramos nuestro corazón y toquemos el corazón del hermano, para que podamos hacerle sentir el amor de Dios.
El amor de Dios se siente cuando nosotros amamos, no solamente vayamos a decirle a ese hermano, Dios te ama, Dios te ama. Es muy fácil decirle Dios te ama. Hagámosle sentir el amor divino que pasa a través de nosotros. No nos quedemos en sólo palabras, Dios te ama. No hay necesidad de decirle Dios te ama, que sienta nuestro amor, que experimente nuestra comprensión, que lo estamos valorando, que le estamos tendiendo la mano, que le estamos curando sus heridas, que estamos tocando su corazón y no hay necesidad de decir Dios te ama, él lo va a experimentar en lo que usted está haciendo por él.
A veces sólo necesita el hermano que alguien lo mire, que no voltee para otro lado, aquí está el hermano y quiere ver nuestra mirada y quiere sentir nuestra mirada. Mírelo con ternura y, esa mirada suya, hacerla mirada de Dios.
Me alegra que estén aquí, en este día de Jubileo, un buen número de hombres y de mujeres que son servidores en las diferentes comunidades de nuestra Arquidiócesis en el servicio, en el ministerio de catequistas. Se encuentran ustedes con niños, con adolescentes, con jovencitos, abrácenlos con amor, mírelos con ternura, respeten y valoren a cada uno de esos niños y niñas, respétenlos, valórenlos, que no sientan el desprecio de un catequista, que no sientan palabras que les hieran, porque tal vez le está costando mucho trabajo aprender y profundizar en su fe.
Tal vez usted, catequista, no conoce la historia de ese niño, la carga de sufrimiento que lleva consigo a pesar de su pequeñez y le estamos exigiendo antes de conocer su corazón y sus sentimientos. Le estamos pidiendo aprendizaje, atención, responsabilidad, no sabemos su historia, por eso hay que comprender y no hay que pasar la vida como catequista juzgando, “a este niño no le interesa aprender”, no concluya eso, porque no conoce su historia, tal vez ha vivido con mucho sufrimiento, con mucho dolor, con muchas carencias, sintiéndose abandonado, no sintiéndose amado.
Catequista, que ese niño se sienta amado por usted, se sienta amado, está frente a usted, téngale paciencia y no comience a hacer juicios, tampoco quiera usted vengarse, porque ha tenido dificultad, usted catequista, con la mamá, con el papá y como no se puede desquitar con y con, aquí está esto. ¿Por qué la tiene que pagar el niño y por qué usted no ha tenido misericordia perdonando a papá y mamá que tal vez le dijeron tantas y tantas cosas que le han herido como persona, como mujer, como hombre, como catequista, como servidor de la comunidad? ¿Por qué no perdona y por qué quiere que se la pague el niño? ¿por qué?
Piense, el amor por encima de todo, perdone a estas personas que le dijeron tanta tontería, que le hirieron, sí, pero adelante. Nuestro Señor dijo “por mi causa los van a despreciar, los van a acusar, los van a perseguir, por mi causa” y usted está en la causa del Evangelio, en la causa de la profundización de la fe, en la causa del amor a Dios, eso se va a encontrar a veces, pero el Señor nos dice: “persevere, hacia adelante”.
Manifiesto mi gratitud, mi gratitud porque el apoyo que usted brinda en su comunidad como servidor en el ejercicio de este ministerio catequético, usted nos está ayudando a extender el Reino de Dios, le agradezco infinitamente y le quiero decir que el Señor Jesús necesita de todo su ser, para seguir llevando Su mensaje, para seguir llevando la profundización de la fe, le necesita, le necesita.
Usted sabe muy bien que su sacerdote, que su párroco, solito, no puede hacer toda esta tarea evangelizadora y catequética, no lo puede hacer, lo sabe hacer, pero no lo puede hacer por muchas otras cosas que son propias de su ministerio sacerdotal y que usted no puede hacer.
Usted no puede confesar, usted no puede presidir la Eucaristía, usted no puede ungir un enfermo, son propias del sacerdote, pero usted sí puede ponerse enfrente de un grupo de niños, de jóvenes, de adultos y ayudarles a profundizar en el ministerio catequético, eso sí puede hacerlo. Hágalo con alegría, con gozo y le agradezco, le agradezco como su Obispo lo que usted está haciendo en la comunidad a la que pertenece y le quiero decir a nombre de Nuestro Señor, ven y sígueme y haz esta tarea catequética en medio de esta porción del rebaño, ahí donde usted vive, ahí donde usted sirve, ahí donde usted extiende el Reino de Dios. Lo necesitamos y muchas gracias, muchas gracias, sígase ganando el cielo y no deje de hacer lo que usted sabe que puede y debe hacer.
Dios bendiga a todos nuestros servidores y en esta ocasión pensamos, nuestros catequistas. Dios los bendiga, que ustedes hagan su tarea catequética con alegría, con gozo, con grandes satisfacciones de servir a Dios y que todo sea para Su gloria.
Felicidades por su servicio, felicidades porque han venido a este encuentro, porque se han motivado y porque sé que se van a ir muy motivados a seguir sirviendo en su comunidad.
Feliz semana para todos, que la disfrutemos, que gocemos y que agrademos a Dios con todo lo que nosotros hacemos.
Bendiciones para todos y que María, Nuestra Madre, la que fue enseñando a Su Hijo, Jesucristo, a tener esos encuentros con Dios, nos ayude a todos nosotros, para que como discípulos del Señor sigamos sus huellas y podamos nosotros responder a la invitación que Él nos ha hecho de ser sus discípulos, comprometidos con Él, grandes servidores en medio de la comunidad.
Que así sea.
