Oaxaca de Juárez, 22 de agosto. Conocí a don Jesús Martínez Álvarez a través de los medios de comunicación, que daban cuenta de su actividad política y partidista. No fue sino hasta 2012, cuando buscaba una oportunidad profesional, que conseguí una cita con él. Conversamos durante unos cuarenta minutos en un café de la calle Sabinos, en la colonia Reforma, en Oaxaca.
Debo admitir que durante aquella charla tuve algunas reservas. La posición que ocupaba dentro del gobierno estatal implicaba situaciones de enorme estrés y jornadas que fácilmente superaban las dieciséis horas diarias.
Así fue como comencé a colaborar con él. Durante las primeras semanas, mi tarea consistió en revisar un tablero de riesgos. Sin embargo, una situación externa y fortuita hizo necesario contar con alguien que pudiera hacerse cargo de su agenda y de la Secretaría Particular.
Al llegar, lo primero que me dijo su asistente personal fue: “Ojalá aguantes, porque aquí el jefe ha llegado a tener secretarios particulares que le duran una tarde”. Admito que, en un principio, aquel comentario me asustó, pero tenía que ver con la enorme carga de trabajo que traía. En mi caso, representó un nuevo reto: poner a prueba mis capacidades.
Yo venía de emprender negocios propios, lo que me había mantenido alejado durante algunos años del servicio público. Era necesario, por tanto, actualizarme rápidamente sobre los actores, conflictos y circunstancias políticas y sociales del estado, pero también comprender la personalidad del contador Martínez Álvarez.
Una de mis primeras acciones fue gestionar un encuentro con integrantes de una cámara empresarial a la que yo pertenecía. Sus miembros conocían de cerca las inquietudes y dificultades que enfrentaba el sector económico de Oaxaca. Podría decir que así inauguré formalmente mi llegada.
A su lado tuve la oportunidad de recorrer prácticamente todas las regiones del estado, gestionar su agenda y acompañarlo en más de treinta citas y compromisos al día. Su actividad comenzaba a las siete de la mañana y, en muchas ocasiones, concluía al filo de la medianoche.
Recuerdo con claridad su espíritu de servicio y su permanente disposición a ayudar a los pueblos y comunidades. Esa actitud no siempre fue bien vista por quienes no perseguían necesariamente el mismo propósito para Oaxaca.
También conocí al Jesús Martínez Álvarez triste, molesto y decepcionado al ver que el proyecto por el cual había luchado apenas lograba cristalizarse, sostenido por su esfuerzo y el de unos cuantos.
Recuerdo especialmente su compromiso con la defensa del territorio de los Chimalapas. Desde la Secretaría General de Gobierno coordinó los trabajos que permitieron sustentar la controversia constitucional promovida por Oaxaca ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Para ello se integraron documentos, mapas y referencias históricas que contribuyeron a acreditar los derechos territoriales de Oaxaca y de los pueblos zoques de Santa María y San Miguel Chimalapa. Aquella iniciativa fue fundamental para la defensa del territorio oaxaqueño.
Otra de sus convicciones era mantener un diálogo permanente con las organizaciones sociales y con el magisterio. Recuerdo que, durante los traslados a reuniones o comunidades, alguna vez me dijo: “No utilicemos la palabra negociar, porque en una negociación siempre alguien pierde. Yo soy de la idea de que el término pactar nos va a permitir avanzar en el diálogo”.
Innumerables fueron los asuntos en los que intervino. Además de los Chimalapas, recuerdo el Convenio de Paz, Civilidad y No Agresión suscrito en agosto de 2012 entre Santiago Amoltepec y Santa María Zaniza, comunidades enfrentadas durante más de cincuenta años por un conflicto agrario. Martínez Álvarez acompañó aquel proceso desde la Secretaría General de Gobierno y participó como testigo de honor en la firma del acuerdo, que buscaba distender la región y abrir condiciones para una solución definitiva.
También estuvieron los esfuerzos de diálogo y pacificación en la zona Triqui, así como la interlocución permanente con la Sección 22 del magisterio oaxaqueño. A ello se sumó su intervención en conflictos que trascendían el ámbito estrictamente político. Recuerdo, por ejemplo, el problema laboral en la Cervecera del Trópico, en Tuxtepec, una de las principales fuentes de empleo de la Cuenca del Papaloapam. Después de varios días de suspensión de labores, la Secretaría General de Gobierno intervino entre la empresa y sus trabajadores hasta alcanzar un acuerdo que permitió reanudar la producción y preservar las fuentes de trabajo.
Fueron tiempos particularmente complejos, en los que su apuesta consistió, una y otra vez, en privilegiar el diálogo y la construcción de acuerdos.
Pero también fueron años de aprendizaje personal. Las enseñanzas de Martínez Álvarez me formaron en el orden y la disciplina: llevar siempre una libreta para anotar pendientes, ideas y compromisos, y escuchar con atención a las personas con más experiencia. Me enseñó, además, a ser agradecido con los demás y a reconocer que ningún logro se alcanza completamente solo.
Había otra enseñanza, quizá más sencilla, pero que recuerdo con especial cariño. Cuando llevábamos muchas horas de jornada laboral, mientras yo viajaba en el asiento trasero y comenzaban a cerrárseme los ojos, don Jesús volteaba, me daba una palmada en la pierna y me decía: “El día tiene 24 horas, Luis”. Era su manera de recordarme que el servicio exigía entrega, resistencia y compromiso.
Después vino su renuncia. No abordaré aquí los motivos, porque fueron públicos. Será la historia la que juzgue aquella etapa.
A partir de entonces, el contador Martínez Álvarez fue recuperando poco a poco su agenda en la Ciudad de México. Había que tomar distancia y facilitar a su sucesor las mejores condiciones para desempeñar sus tareas. Además de la amistad que existía entre ellos, don Jesús mantenía un deseo legítimo: que a Oaxaca le fuera bien.
Con el paso del tiempo, y debido también a mi actividad profesional en otros encargos, mi relación con don Jesús dejó de estar circunscrita al trabajo y se convirtió en una amistad. En la medida de lo posible, nos reuníamos en la Ciudad de México o en Oaxaca para conversar, “componer el mundo” y, sobre todo, imaginarlo mejor.
El Péndulo de Polanco, Un Lugar de la Mancha o Los Canarios, en el Hotel Marquis, estaban entre sus lugares habituales en la capital.
Hablábamos de proyectos, de historia y de innumerables anécdotas. Recordaba su experiencia en el reordenamiento del comercio informal en el centro de la ciudad de Oaxaca; su paso por la presidencia municipal -que fue su orgullo más grande- y aquella etapa en la que, como gobernador interino de Oaxaca entre 1985 y 1986, impulsó las gestiones que sentaron las bases para el reconocimiento internacional del Centro Histórico de Oaxaca y Monte Albán, inscritos por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en 1987.
También hablábamos de sus relaciones con algunos de los grandes actores políticos del país. Me contaba de su cercanía con Manuel Camacho Solís y Manuel Aguilera; de su relación con Dante Delgado, de todo lo que hizo para ayudarlo cuando estuvo preso y de las desavenencias que vendrían después; de la invitación de Andrés Manuel López Obrador para postularse como senador, o de los llamados que recibió para incorporarse al gobierno de Enrique Peña Nieto y, más recientemente, apenas dos o tres años atrás, de su intención de escribir sus memorias.
No puedo pasar por alto la profunda amistad que mantuvo con don Ericel Gómez Nucamendi, con quien compartió buena parte de su vida desde que eran, como ellos mismos decían, “chamacos”.
Hay muchas otras anécdotas que la confianza y la confidencia no me permiten revelar, mucho menos ahora, en su ausencia.
Hace un par de años, quizá un poco más, las circunstancias llevaron al contador Martínez Álvarez a regresar de manera permanente a Oaxaca. Años atrás había cerrado su oficina en Paseo de la Reforma, ubicada en el segundo nivel de un antiguo edificio azul, frente a la Diana Cazadora.
En Oaxaca mantuvo la rutina que lo había acompañado prácticamente toda su vida: la actividad política, las caminatas por las calles, los encuentros con amigos y las largas conversaciones sobre recuerdos y anécdotas. También conservó la costumbre de buscar alguna cafetería donde pudiera tomar una limonada sin hielo y sin azúcar o, simplemente, un buen café.
Siempre fue un hombre que vivió en la justa medianía, sin lujos ni ostentaciones. Tanto en la Ciudad de México como en Oaxaca, se trasladaba en vehículos de modelos anteriores, sin escoltas ni faramalla.
Últimamente, uno de sus hijos regresó también de la capital y era quien lo acompañaba en sus actividades públicas.
Este 21 de agosto, Jesús Martínez Álvarez decidió marcharse.
Conociéndolo, estoy seguro de que habría querido que incluso su muerte pasara desapercibida. Sin embargo, al conocerse la noticia surgieron cientos de reconocimientos, recuerdos y expresiones de afecto, junto con una profunda nostalgia y tristeza entre quienes tuvimos el privilegio de convivir con él de cerca. Vamos a extrañar además, las felicitaciones de cumpleaños con poemas de Walt Disney.
Ojalá que su ejemplo y su legado nos obliguen, al menos por un momento, a reflexionar sobre el valor del servicio público y de la política entendida como una herramienta para construir acuerdos, resolver conflictos y servir a los demás.
En estos tiempos tan convulsos, quizá valga la pena detenernos a recordar y respetar a un hombre que, con aciertos y errores, apostó siempre por la buena política, por el diálogo y por Oaxaca.
Hasta pronto, señor.

