CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 
IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Oaxaca de Juárez, 1 de enero. Qué hermosa se ve nuestra Catedral con su presencia. De nuevo, Dios nos reúne para que nos encontremos con Él, para que recibamos Su gracia, Su bendición y Su auxilio.
Conserven, a lo largo de toda su vida, la humildad y la sencillez de corazón. Usted está aquí, porque siente necesidad de Dios. No viene aquí porque no tenga otras cosas qué hacer, no viene aquí más que para encontrarse con Dios, porque descubre que, sin Dios, no es nada, no tiene nada y a Dios lo buscan los pobres de espíritu, los pobres de espíritu y, hoy, Nuestro Señor nos acaba de decir que usted y yo, que buscamos a Dios en la pobreza de nuestro espíritu, somos dichosos, felices, bienaventurados. Siga siendo dichoso, siga siendo dichoso, manténgase en esa pobreza de espíritu, sienta necesidad de Dios, no se crea usted que lo puede todo. No podemos nada, sin Dios no podemos.
No crea usted que no necesita de otros, todos necesitamos de los demás, en primer lugar, de Dios y, en seguida, de los que están cerca de nosotros, los necesitamos, de los que están en una empresa, de los que están en una oficina, de los que están en tantos y tantos lugares que nosotros tenemos que acudir, porque tenemos alguna necesidad. Nos necesitamos. No lo podemos todo, no podemos todo, el único poderoso es Dios, no se canse de ser pobre de espíritu.
A veces, cuando escuchamos esto, pensamos que el mundo nos invita a lo contrario, los pobres no valen nada, nos lo dijo la palabra de Dios hoy también, no valen nada, porque en el pensamiento del mundo, sólo valen los que tienen, los que no tienen, no valen nada.
Quiero preguntarle ¿usted vale ante el pensamiento del mundo?, tal vez diga, “no, yo no”, no tengo ni en qué caerme muerto, decimos a veces, no valgo nada, y eso es lo que hemos venido viendo, a los pobres se les relega, a los pobres los hacemos a un lado, no nos queremos juntarnos con los pobres, porque nos contagiamos. Qué triste es eso. Así vive nuestro mundo a veces y ojalá nosotros no hayamos caído en eso. Quienes vivimos aquí, en este estado de Oaxaca, estamos rodeados de pobres, miles, millones, de hermanos nuestros, son pobres, carentes de bienes. Entonces, ¿con quiénes vamos a vivir? ¿vamos a despreciar a los miles y miles de hermanos nuestros?
Ellos viven a veces muy tristes, porque se sienten despreciados. Nuestros hermanos de los pueblos originarios, los indígenas, se sienten menos. ¿Acaso usted no trae sangre indígena? ¿a poco nomás trae usted sangre europea?
Por nuestras venas corre sangre indígena, sangre indígena. De todos y ¿por qué los despreciamos y por qué los humillamos? ¿qué no son hijos de Dios? ¿qué no son hermanos nuestros?
Ese pueblo, despreciado y humillado, ese pueblo nuestro está rico, porque está siempre abierto a la providencia de Dios e invoca a Dios y le dice: “bendíceme, bendíceme”.
Recorro pueblos oaxaqueños, en esta Arquidiócesis, y me encuentro con personas humildes y sencillas, pero ricas en su interior, generosas, desprendidas, profundamente religiosas. Ahí hay humildad de corazón, ahí hay sencillez de corazón. Ellos no se complican la vida, se ponen en las manos de Dios y saben compartir, saben compartir lo poquito que tienen, lo comparten. Ellos sí viven ese famoso tequio y esa famosa Guelaguetza de compartir, lo viven a diario.
Ayer lo vi. Ayer vi cómo comen nuestros hermanos indígenas, no necesitan mesa, no necesitan silla. Necesitan un suelo, un piso y ahí se sientan y ahí tienen su platito y ahí comen. Lo vi ayer y, en un momentito, me senté ahí con ellos. Disfruté sentarme en el suelo con ellos. Felices, felices, porque tenían alimento, felices porque estaban compartiendo con otros cientos y cientos de personas, comiendo lo mismo. Qué hermoso, qué hermoso. Así lo vivimos a diario, pero no dejan de ser despreciados. ¿Por qué despreciamos a nuestros hermanos? ¿por qué? ¿por qué nos sentimos a veces más grandes que ellos? ¿Porque tenemos más? ¿Porque sabemos más? ¿Porque tenemos una autoridad, porque tenemos un poder? Eso no quiere Dios, eso no quiere Nuestro Señor… pobreza de espíritu.
Ojalá nosotros revisemos estas bienaventuranzas y se dice que son los mandamientos del Nuevo Testamento. Así quiere Nuestro Señor que vivamos los que somos sus discípulos, así quiere, pobres de espíritu, limpios de corazón, misericordiosos, amantes de la paz y de la justicia, capaces de sufrir y de llorar, de tener sentimientos y de compartirlos. Ese es el proyecto de Nuestro Señor que tiene que hacerse vida a diario, en nuestra persona, en nuestro hogar, en nuestras comunidades.
No solamente pidamos que los demás vivan eso, vivámoslo nosotros y ya nos advirtió Nuestro Señor que, si vivimos así y si luchamos por la paz y la justicia vamos a ser perseguidos, porque el mundo no quiere eso, el mundo piensa distinto y nosotros nos movemos en el mundo. Que el mundo no nos coma, no nos coma, que el Evangelio sea el que nos inspire y nos diga, esta es la actitud que debe de tener un discípulo de Nuestro Señor.
Usted tiene la capacidad, porque se la ha regalado Dios. Si Él me dice que busque y luche por la paz, es porque me da la fuerza y la fortaleza para hacerlo. Si me dice que sea capaz de llorar y de compartir el sufrimiento con los demás, es porque lo puedo hacer. Si me dice que tenga misericordia, es porque lo puedo hacer y si me dice que viva en esa pobreza de espíritu, es porque lo puedo hacer y lo puedo hacer porque Dios me va dando la gracia para vivir cada una de estas bienaventuranzas, me da la gracia, me da la fuerza, me da lo que necesito. Es Dios el que hace en mí esa obra y es Dios el que hace, a través de mí, la obra en favor de los demás.
Sigan siendo dichosos.
A María le dijo Isabel, “dichosa Tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”, “dichosa Tú, que has creído”.
Aprendamos de María, que también se diga “dichoso porque crees, dichoso porque vives así, dichoso porque haces todo esto que agrada a Dios, dichoso porque eres una luz en medio de este mundo de tinieblas y estás iluminando con tus obras cómo tiene que vivir un hijo de Dios, dichoso, dichoso”.
Quiero que sean dichosos, quiero que sean felices. En la pobreza, sean dichosos. En el sufrimiento, sean dichosos. En las necesidades y en las carencias, sean dichosos, pero no vivan cruzados de brazos, esperando a ver qué les cae del cielo. Del cielo sólo viene gracia y fuerza cuando tú te decides a hacer cosas, a trabajar.
Entonces, trabaja, esfuérzate, supérate, sal adelante y, para eso, con los brazos cruzados, no. Moviendo nuestras manos, moviendo nuestros pies, moviendo todo nuestro ser para realizar nuestro trabajo con alegría y no reneguemos de nuestra pobreza. No reneguemos.
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Qué dicha estar en el Reino y trabajar por el Reino.
Feliz mes para todos ustedes, que la Divina Providencia se manifieste de muchas formas. A veces, la Divina Providencia se quiere manifestar a través de sus manos. Extienda su mano, sea esa mano providente de Dios que llega a un hermano que usted sabe que necesita. Tan pobre mi hermano como yo, pero cuando comparte se enriquece, porque alcanza bendiciones abundantes.
Que se realicen en su trabajo con alegría, sin desesperarse y con ayuda de Dios, saliendo adelante.
Bendiciones para todos en este nuevo mes de febrero, bendiciones. Amén.
