* Siempre, en el lugar de los hechos
Jorge Vega Aguilar
Oaxaca de Juárez, 20 de agosto. Durante más de veinticinco años documentó, a través de la lente de su cámara, la vida política y cotidiana de Oaxaca.
Fue testigo de grandes acontecimientos, y estuvo como decía otro reportero: “siempre, en el lugar de los hechos”.

Nunca se perdió la oportunidad de retratar, lo mismo a grandes personajes que aspiraban a un cargo político y que, querían una foto “para proyectarse ante sus probables electores y andaban en campaña”, que acudir a una comunidad donde se registró alguna situación trágica o, donde surgía un hecho de último momento.
Jaime García Bolaños estuvo ahí, con su equipo fotógrafico, su inconfundible gorra y su chaleco de reportero donde trabajó en el periódico El Sur y lo que después llegó a ser el periódico “El Tiempo de Oaxaca”.
Su carácter quizás lo distinguió de otros compañeros que han trabajado en los medios de comunicación impresos y que, como él, sí se forjaron en la labor diaria de salir a las calles en busca de la información.
Las órdenes de trabajo eran implacables: cuatro y después cinco notas diarias para los reporteros pero, sin fotos del o los eventos, eso no contaba.
No había entonces ni los teléfonos celulares, ni las redes sociales que ahora facilitan la actividad de quienes se dedican a informar, “aunque algunos nunca trabajaron en algún medio”, decía Jaime.
Tuve la oportunidad de que él me acompañara en muchas situaciones. Por ejemplo, en el conflicto del 2006, durante los enfrentamientos entre simpatizantes de la denominada “Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca” (APPO), cuando coincidimos trabajando en un medio impreso, vivimos muchos momentos de mucha algidez.
Él, con su cámara fotográfica y yo, tomando nota de lo que acontecía durante los enfrentamientos. Los gases lacrimógenos nos hacía llorar literalmente y Jaime me decía: “yo tengo que ir al frente y tú, échame aguas por detrás”.
Así compartimos muchos escenarios con grandes personajes y demasiadas vivencias. Pero el jueves pasado, Jaime dejó la gorra, el chaleco y su pasión por la fotografía. Vivió su vida como quiso. La disfrutó a su manera, aunque a muchos no les gustara o lo criticaran. El sábado 15 de agosto, entre la música de mariachis, Jaime llegó a su última morada en el panteón general. La misma que, donde casi dos antes ocupó su padre, el Profesor Carlos.
Ahí quedó, para la posteridad su vida de reportero gráfico que, quizá algún día será reconocida y su legado se preserve.
