Oaxaca de Juárez, 7 de diciembre. La belleza y lo que ella implica está presente en nuestras vidas desde el momento uno. Al parecer, el ser humano naturalmente tiende a decantarse por las cosas que le son estéticamente atractivas. Ya sea que ello implique favorecer un elemento o a una persona, la influencia de la belleza parece estar siempre presente.
En muchos ámbitos de nuestra vida, se esperaría que los juicios se formularan de forma objetiva. Sin embargo, esta “evaluación estética” es hecha por nuestro cerebro en tan solo 13 milisegundos. Por lo que, antes de que nos demos cuenta, midiendo el atractivo del objeto que nos pongan en frente y emitiendo juicios al respecto.
Por ello, se podría decir que la búsqueda de la belleza se trata de una condición naturalmente humana, más que de una costumbre aprendida. Sin embargo, ambas concepciones se han mezclado en el tiempo y los límites entre una y otra se han entremezclado. Ahora, trataremos de viajar entre estas dos corrientes para identificar algunos de los aspectos que, a lo largo del tiempo, se han podido asociar con nuestra percepción de belleza.
La belleza y la fealdad

Primeramente, antes de comenzar a pensar en aquello que consideramos bello o que, por otro lado, juzgamos como feo, habría que aclarar cómo definimos a cada uno de estos conceptos. Para empezar, habría que decir que ambos se tratan de conceptos abstractos y que, de algún modo, el entendimiento de uno debería de la comprensión clara del otro.
Vulgarmente, se podría considerar a la belleza simplemente como aquello que es “placentero a la vista”. Mientras que, la fealdad sería entonces aquello que “no es placentero para la vista” y que, por ende, genera sensaciones de rechazo y de repulsión en el espectador.
La belleza, por lo general, nos genera una preferencia inmediata que nos hace tomar decisiones que favorezcan la prevalencia de la misma. Asimismo, la fealdad nos causa rechazo y, como consecuencia, origina que no prestemos demasiada atención a las personas u objetos calificados con esta etiqueta.
La percepción de uno u otro concepto puede darse a través de muchos niveles de percepción sensorial (visuales, auditivos, táctiles, olfativos o gustativos). Sin embargo, cuando hablamos de estas características, los primeros dos tienden a ser los más privilegiados en la mayoría de las situaciones.
¿Qué factores hacen que algo sea bello?
Ahora, se sabe que la belleza es aquello que genera placer ver, escuchar, sentir, probar u oler, mientras que la fealdad es lo que no. Con ello, claro, se podría pasar a entender qué, dentro de estos patrones sensoriales es lo que se considera como “placentero” y de dónde viene esa concepción, si de la naturaleza o del aprendizaje social.
Para comenzar con esto, primero estudiaremos de forma general qué aspectos parecen ser probadamente elementos “bellos” para la percepción humana de semejantes y otros objetos.
Simetría y proporción

Un par de cosas que nunca pueden faltar a la hora de hablar de lo que consideramos belleza son la simetría y la proporción. La primera, ha demostrado ser una predilección natural de los seres humanos.
Por lo general, los elementos que de un modo u otro presentan una composición simétrica se ven como más equilibrados. Ello, a su vez, genera una sensación de calma, estabilidad y orden que le produce placer al cerebro.
Es por esto que, muchas de las creaciones humanas, de un modo u otro, persiguen el ideal de la simetría ya que, la sociedad y sus propios cerebros, la han clasificado como uno de los ideales estéticos.
Para complementar a la simetría, nos encontramos con la proporción. A lo largo de la historia, el gusto humano ha favorecido aquellas composiciones que muestran un sentido de proporción en su diseño.
Ello, incluso aunque estas no se traten de las proporciones habituales. Basta que los elementos de la composición se correspondan entre sí –proporcionadamente, claro– para que ella se vuelva estéticamente agradable.
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