Oaxaca de Juárez, 14 de enero. 
II DOMINGO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
14 DE ENERO DEL 2024
Me alegro poder de nuevo estar aquí, en esta Iglesia Catedral, compartiendo la fe con ustedes, que son mis hermanos, que viven aquí, en la ciudad de Oaxaca o en algunos pueblos de nuestro Oaxaca o que vienen de diferentes ciudades o pueblos a visitar esta ciudad de Oaxaca y nuestros pueblos y están aquí, celebrando la Eucaristía. Muchas gracias por darle la importancia que tiene a la participación de la Santa Misa el día domingo.
Hemos escuchado la Palabra de Dios, el llamamiento que hace Dios. Espero que usted, cuando se habla de llamamiento, cuando se habla de vocación, piense en lo que usted ha sido llamado. Todos tenemos una vocación, todos somos llamadas por Dios, identifiquémonos en el llamado.
A todos nos ha llamado Dios a la vida de santidad, a todos. Todos somos llamados a ser santos. Ese llamamiento lo hizo Dios desde el día que fuimos bautizados. Dios te llamó a la vida de santidad, a la vida de gracia, a la vida de amistad con Dios.
Preguntémonos si estamos trabajando, en nuestra vida personal, la santidad de vida, la santidad de vida, porque ese es el primer llamamiento, a la vida de santidad, a la vida de gracia, a la vida de unos verdaderos hijos adoptivos de Dios y, enseguida, Dios se va fijando en nosotros y nos va diciendo por qué camino nos quiere camino, por qué llamado específico nos quiere santos.
A algunos de ustedes, a la gran mayoría le dice Dios: te llamo a ser santo en la vida matrimonial, te llamo a ser santo en el matrimonio, quiero que seas un esposo santo, una esposa santa. Ahí quiero que te santifiques, ahí quiero que te realices como persona, como hombre o como mujer, en la vida, en la vocación al matrimonio. Por eso, usted sintió que Dios le llamaba a formar un hogar, conoció a una persona, comenzó a crecer en ustedes el amor y, en su momento, tomaron la decisión, movidos siempre por el amor, a compartir la vida y todo, todo, a compartir todo en el estado de vida matrimonial.
Le felicito, porque respondió a Dios al llamado al matrimonio, lo felicito, la felicito, pero quiero que viva esa santidad de esposo y esposa. Quiero que sigan creciendo y ayudándose el uno y el otro a la práctica de las virtudes, porque así se es santo, practicando las virtudes.
Quiero que se ayuden el uno y el otro para que juntos puedan ir superando sus defectos, porque no son personas perfectas, están limitados, tienen defectos y se tienen que ayudar el uno y el otro para que cada día sean menos los defectos y vaya creciendo el ejercicio de la virtud y, en primer lugar, crezca el amor, porque el compromiso de ustedes es amar a Dios, a Dios que les ha llamado al matrimonio amarlo y Dios le dice a usted, que es esposo, ámame en tu esposa, ahí dime que me amas, en tu esposa, porque yo te he llamado a la vida matrimonial y el matrimonio sólo se entiende en el amor. Ama a esta persona, a esta mujer que tú elegiste, ámala así, como ella es, con todas sus miserias y debilidades, con todas sus virtudes, ámala y ahí me estarás amando a Mí.
Ama a este hombre, tu esposo, al que elegiste para que te acompañara en la vida, ámalo, con todas sus deficiencias, con todas sus miserias y debilidades, con todo lo que él es, ámalo, ámalo y ayúdalo a vivir la perfección cada día, ayúdalo a crecer en santidad de vida y los esposos tienen que caminar juntos y ayudarse para vivir esa santidad en el llamado que Dios les ha hecho de dejar a su padre y a su madre y unirse a su esposa, dejar su padre y su madre y unirse a su esposo y formar una nueva familia. Dios les ha llamado. Sientan eso, es un llamamiento divino, es una vocación sagrada. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, es llamamiento divino.
A otros, a otros nos ha llamado Dios a consagrar nuestra vida a Él siendo sacerdotes, nosotros los hombres y a las mujeres les llama Dios a consagrar su vida a Él en la vida religiosa. El llamamiento lo hace Dios y Él sabe cómo. Él se vale de alguien para llamar. Dios le llamó a usted al matrimonio y de qué se valió, de la belleza que usted admiró en la persona que le acompaña o tal vez alguien le dijo: ¿ya te fijaste en esta persona? A lo mejor se lo dijo su papá o su mamá: creo que Dios te llama al matrimonio con esta persona.
Pues, en el llamamiento que Dios nos hace a nosotros, Dios se vale de personas para llamarnos. El último que nos llama, en nombre de Dios, es el Obispo. Si el Obispo no nos llama, nosotros no tenemos claridad de vocación a la vida sacerdotal. Hasta el día que nos llama el Obispo para decirnos: voy a ordenarte sacerdote, voy a imponer mis manos sobre tu cabeza y serás un sacerdote para este pueblo santo de Dios, pero antes Dios se valió de alguien para hacer el llamamiento.
Le digo a usted, que me está escuchando, Dios se valió de un sacerdote cuando yo era adolescente, cuando yo era niño y dijo, me dijo: ¿no quieres ser sacerdote, no quieres irte al seminario? Una y otra vez el sacerdote me dijo que si quería ser sacerdote, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez y yo respondí y aquí estoy, aquí estoy.
Así como Dios llamó a Samuel: Samuel, Samuel… iba con Elí y hasta que Elí tomó conciencia de que el llamamiento lo estaba haciendo Dios le dijo: si te vuelve a llamar dile, aquí estoy, Señor. Así llamó. ¿Cómo llamó Nuestro Señor a sus apóstoles? El Bautista le dijo a alguno de sus discípulos: Él es el Cordero de Dios, señaló a Jesús, que caminaba por ahí, Él es el Cordero de Dios, y se fueron dos, de uno se da su nombre, Andrés. El Señor se dio cuenta que lo seguían: ¿a quién buscan? ¿qué quieren? “Maestro, ¿dónde vives? Y después de eso, ellos se quedaron con Él y Andrés le fue a decir a Simón, su hermano, que después el Señor le cambia su nombre por Pedro “hemos encontrado al Mesías, el Ungido de Dios”
Dios se vale de alguien para llamarnos, usted, cuando piensa en el llamado que Dios nos hace a nosotros, los sacerdotes y en la vocación que nosotros tenemos, usted mira la grandeza del llamamiento, la grandeza del llamamiento. Gracias por mirar así, por mirar esa grandeza de llamamiento a hombres al servicio de la Iglesia, siendo sacerdotes. Gracias por mirar esa grandeza, pero para llegar a esa grandeza necesitamos salir de otra grandeza que es la vida familiar, la vida matrimonial. Yo vengo de un matrimonio, de la grandeza de un matrimonio, de la grandeza, del amor de un hombre y una mujer, que como fruto de ese amor yo vine al mundo porque Dios lo quiso y, en su momento, Dios quiso llamarme a la vida sacerdotal, no porque yo lo mereciera, sino porque Él quiso, quiso que yo fuera sacerdote y me llamó a ser un sucesor de los Apóstoles siendo Obispo, porque Él quiso, no por mis méritos, no porque yo lo mereciera, porque Él quiso llamar y usted ve esa grandeza, pero yo quiero que como sacerdote, como hijo de una familia, quiero que usted vea la grandeza de la vida matrimonial. No se puede entender la grandeza de un sacerdote sin la grandeza de unos esposos, de unos padres de familia, de una familia.
A veces no se ve esa grandeza, porque se mira tan común que los hombres y las mujeres se casen, es lo más común y no miramos la grandeza y como no es muy común que un hombre sea sacerdote, y menos un Obispo, ah, pues entonces sí vemos que el ser sacerdote es algo muy grande y ser Obispo es aún más grande.
Papá, tú eres grande. Mamá, tú eres grande. Esposo, esposa, son grandes, tan grandes porque Dios les ha llamado a esa vocación. ¿A poco piensas que porque la mayoría se casa no hay grandeza? Estás equivocado, tu matrimonio es muy grande, tu matrimonio es santo, tu matrimonio es bendición divina. Valórense, cuiden su matrimonio. Ustedes nos miran en esa grandeza y nos quieren santos, nos quieren perfectos, nos quieren sin errores, pues yo quiero lo mismo de ti, papá, mamá, quiero que seas perfectos, quiero que no tengas errores, también yo quiero lo mismo de ti, porque tu vocación es grande, porque viene de Dios, la instituyó Dios: dejarás el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer. Es de institución divina el matrimonio de un hombre y una mujer, es de institución divina y, por tanto, es muy grande la vida matrimonial, porque la instituyó Dios y es muy grande el sacerdocio, sí, porque Dios es el que llama y Dios es el que consagra para Él, en el servicio a los hermanos.
Pues hoy agradezcamos a Dios nuestra vocación.
Mucho no son llamados ni a la vida de matrimonio ni a la vida religiosa ni a la vida sacerdotal y es una verdadera vocación el vivir célibes en el mundo, santificándose y santificando a los demás, sirviendo en tantas cosas, en favor de los demás.
Pues que hoy, el Señor que llama, nos haga tomar conciencia de lo que somos, de la grandeza de nuestra vocación y si todavía nosotros no descubrimos qué es a donde Dios quiere que nos vayamos perfeccionando y santificando en el estado de vida, pues que le digamos: ilumíname, Señor, para descubrir a qué me llamas, a la vida matrimonial, a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, a la vida célibe en el mundo, donde me llames, aquí estoy, Señor, te escucho, aquí estoy.
Que viva la santidad de vida y que vivan siempre alegres porque Dios, que los ha llamado, los va acompañando, no los deja solos, estará siempre con ustedes.
Felicidades y que Dios, en esta semana, les haga sentir Su presencia, Su fortaleza, Su gracia, para seguir respondiendo en su estado de vida.
Que así sea.