Oaxaca de Juárez, 11 de junio. A Mireyle Cabrera Santos se le conoce como la sirena que regala nas, nace y se pierde en aguas profundas, es una pintora tardía, esto sin embargo la hace más exquisita y expresiva, sus trazos son irónicamente lejanos y claros, en su arte demuestra una constante vocación de estilo y su pintura tiene como tema preferente la pintura en sí misma. A pesar de esa aparente sencillez, no hay por tanto improvisación. Más bien habría que reconocer que esa sencillez es algo muy elaborado y meditado. Su pasión por la pintura empezó en el Taller de Artes Plásticas con el maestro Roberto Hernández en la Casa de la Cultura Oaxaqueña, paso después por el Taller de Experimentación Plástica, maestro Conrado Horacio Álvarez; más recientemente incursionó en el taller de Performance “Las novias” del mismo maestro Horacio Álvarez.
Sus largos trazos responden a una reflexión teórica, a una meditada opción, tanto técnica como filosófica que se fue elaborando progresivamente, no alude a paisajes ni a objeto material alguno, sino siempre a abstracciones; esto lo podemos apreciar en el “Faro”, muestra clara de la imaginación puesta en un punto abstracto e incluso circunstancial, podemos no solo ver, también escuchar y soñar, temer al imperio del mar y el descubrimiento de una luz que a fuerza de ser brillante se entiende irremediablemente lejana.
Es una pintora estrictamente intelectual, incide en la idea y la forma, en lo espiritual, esa idea puede estar representada gráficamente por un mar, unos peces o cualquier otro símbolo que evoque su inmaterialidad, su ausencia de forma. Además está en movimiento perpetuo, aunque no sabe ni de dónde viene ni a donde va; “Sincrodestino”, es el ejemplo ideal, peces dispuestos a la muerte en un mismo momento, en un mismo sitio, en un mismo tiempo, destino dispuesto a cumplirse inevitablemente, irónicamente sin saber por qué.
En realidad Mireyle Cabrera Santos es incognoscible, indescifrable: no sabemos absolutamente nada de ella, solo que nación en Reforma de Pineda, además solo nos llegan ecos lejanos e imprecisos a través de nuestro sentidos, como su “Preludio”, evocando al poeta mixteco Javier Contreras “Ya no hay principio más extraño que nosotros, el tiempo y su estado circular; las edades y los tiempos todos nosotros y la nada. Qué extraño es este mundo en su estado místico, parece como si en algunas de las traiciones muriera lentamente el ritmo de nuestros días”. Sus “Sueños Profundos”, me recuerdan que una vez se sentó a mi lado una mujer y me dijo: Léeme un poema, después dijo: Léeme otro, después dijo: Léeme a mí, después no se fue más y se quedó conmigo.
Mireyle Cabrera Santos, pretende ser un vaso que recoja el perfume del ambiente. Porque su maniqueísmo de pintora llega a caracterizar de manera diversa el mundo de la idea y el de la forma. El primero es excelso y gigante, el segundo en cambio, amplio y profundo. El cuerpo es la cárcel de la que el sueño huye y el cerebro tiene una inteligencia torpe, aunque a veces parezca dejar un asomo de duda al respecto, planteando como un inicio; como en el “Tritón y el arpa”
Existe asimismo en sus líneas un recurrente cuestionamiento de su función como pintora y aún de la condición básica, insustituible de su particular arte. Todo lo expresa con tal sinceridad, que no despierta en el observador ni siquiera la mínima sospecha de que acaso se trata de una hábil máscara autocrítica. Al fin y al cabo, en todas sus pinturas se cuestiona a sí misma, entre otras cosas porque lo cuestiona todo: el mundo, la vida, el poder, la muerte. Precisamente, el gran atractivo de esta obra pictórica es su constante bucear con paisajes conocidos, en lo desconocido, en la falsa eternidad, en volver a la amplia distancia entre la sed y el agua, entre el vaso y la boca, muchas veces al momento frio, un poco como los labios, un poco como los besos, como en su pintura a veces cerramos los ojos para no volver a ver los gestos, para no recordar los tristes rincones de un bar, o para no salir y descubrir toda la soledad ante la ausencia de brazos queridos, en su pintura podemos entender que siempre la vida es una historia de amor inconclusa.
La vida atraviesa inmensa y perpetua en cada uno de sus cuadros, cada uno es un capitulo inconcluso abierto a recoger la imaginación del observador, un feliz o infeliz comienzo, un rincón donde curar el alma, donde alimentar y cobijar el espíritu, es perpetuarse en el mirar de colores simples y compactos, alguno inclusive opaco pero irremediablemente perpetuo. Su poder de comunicación con el observador obedece sobre todo a su sorprendente capacidad para encarar, con trazos simples y cercanos, los más intrincados problemas de la existencia y aún para dejar constancia de su no resignación al inevitable aniquilamiento, al chantaje de la nada. Un poco así es la sirena que regala lunas, Mireyle Cabrera Santos, podremos apreciar su obra “Aguas profundas”, hasta el 30 de junio, en la Galería Monte Alban de nuestra hermosa Casa de la Cultura Oaxaqueña, ahí se las dejo.