Oaxaca de Juárez, 3 de diciembre. Guerrero está siguiendo los pasos de Oaxaca. En los últimos años los oaxaqueños han vivido sometidos por las protestas, la irrupción social y la ausencia de gobiernos que no han podido negociar y llegar a acuerdos con los maestros. Los profesores han sido quienes le imponen el ritmo al estado.
No son materia de discusión las desigualdades sociales y económicas que rigen la vida de Oaxaca. No son nuevas, pero han tenido en los últimos años manifestaciones que igual entran en las protestas en la búsqueda de mejores condiciones de vida, que en demandas de maestros de toda índole, lo que incluye la negativa de aceptar la reforma educativa.
Los oaxaqueños saben que cada determinado tiempo les van a tomar el Zócalo, las carreteras, centros comerciales, oficinas de gobierno, terminales de autobuses y el aeropuerto. Es una práctica común la cual aparece cuando vienen una revisión salarial, una propuesta de cambio, un grupo de maestros que se oponga al CNTE, o algo que trastoque el orden bajo el cual viven e imponen los maestros.
A estas alturas en Oaxaca sus habitantes saben que tienen que vivir con todo esto y ven muy difícil que se pueda resolver. Ya lo ven, contra su voluntad, como parte de la vida de la ciudad y hasta del paisaje. Gobiernos van y vienen y todo sigue igual, no sin antes prometer a los oaxaqueños abrumadores cambios.
Oaxaca está bajo un círculo vicioso y perverso y a pesar de ello el estado y la ciudad funcionan, no como deberían y podrían, pero funcionan. El problema real es que sistemáticamente les aparecen viejos problemas que llevan a nuevas manifestaciones. No se han logrado acuerdos que le den estabilidad al estado y, como suele suceder, cada quien tiene sus razones para actuar como le parece.
Oaxaca se ha ido acostumbrando, insistimos, en contra de la voluntad de muchos y muchas, a una vida azarosa y de situaciones inesperadas. El conflicto se ha ido convirtiendo en una forma de vida.
Guerrero va para allá. Las manifestaciones son de todos los días, no solamente se deben a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Siempre existe un motivo para la protesta. En ocasiones se deben a los usos políticos de grupos, pero por lo general tienen que ver con las condiciones de desigualdad social y económica bajo las cuales viven los guerrerenses.
Guerrero, en medio de sus interminables dificultades, está en tiempo de poder evitar convertirse en una réplica de Oaxaca. Está en tiempo para desarrollar un proyecto que al tiempo que detone el desarrollo inhiba las protestas. Para que esto suceda hay que hacer cirugía mayor y hay que entender que las protestas y los enojos no son casuales, forman parte de la pobreza y la desigualdad que rigen la vida en todo el estado.
