Oaxaca de Juárez, 12 de marzo. Hay cosas que sólo comprendemos a través del tiempo. En su momento las vivimos, las tuvimos enfrente, las disfrutamos, pero ahora que se han ido, nos dicen más cosas, entendemos mejor su mensaje.
Una de ellas es la presencia, año con año, de Doña Casilda Flores en el patio central del edificio de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca. Lo que ella hacía era prestar su servicio a domicilio, que recibían con gusto los estudiantes del Instituto, y después los de la Universidad, y, en reciprocidad, hasta la fecha, la conservan en su memoria como parte de su propia vida.
Casilda Flores entregaba lo mejor de ella misma en cada uno de los actos de su vida, ese era su secreto; tenía un corazón tan grande como las ollas de barro colorado en las que preparaba aguas frescas para reyes, princesas, gobernantes, artistas, líderes espirituales y políticos, hombres de negocios, y estudiantes; para turistas nacionales y extranjeros, pero principalmente para el pueblo de Oaxaca, tierra de donde procedía y en dónde quedaron sembradas sus semillas para siempre.
El viernes de Samaritana, en el edificio central de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca (Av. Independencia, esquina con Alcalá) culminaba con una tardeada que era esperada por todos los estudiantes de las escuelas de: Comercio, Derecho, Medicina, Enfermería, Ciencias Químicas, Arquitectura, Preparatoria y Bellas Artes, que en 1960 – 67 integraban la Universidad.
La samaritana, Doña Casilda Flores Morales, acompañada de su hija María Teresa, la Chata; de su hijo Gerardo y de Robus, una de sus ayudantes; venía, año con año, con sus aguas frescas de: La preferida, de horchata con tuna, a la que agregaba trocitos de melón y nuez; chilacayota; chía con limón rayado; horchata, tuna, limón rayado; rosas, guanábana, y tamarindo. Llegaba con sus grandes ollas de barro colorado, adornadas con flores de bugambilia.
Antes de servir, y ante el Rector, el director de Comercio y los dirigentes de la Federación Estudiantil Oaxaqueña (FEO), hacía el ofrecimiento: “Con mucho cariño, con gusto, de corazón, he traído aguas frescas para la grey estudiantil.” En reciprocidad, los estudiantes universitarios le dieron respeto, cariño y agradecimiento hacía ella y hacía su familia.
La parte musical estaba a cargo de Los Beethoven´s, que, de 4:00 a 8:00 p.m., alternaban con Manuel Bustamante Gris, o con la Marimba del Estado, o con El Grupho; tocaba de manera alternada media hora cada uno. Los Beethoven´s tocaban Rock and Roll, temas de películas, boleros y a go go.
Las compañeras que iban sin permiso, llegaban a escondidas; traían la ropa para el baile en una bolsa. Se metían al baño a cambiarse y salían listas a ocupar su lugar.
La verdad es que, por la severidad de nuestros padres, en ese tiempo, todos asistíamos sin permiso, con el compromiso implícito, de estar, hombres y mujeres, en nuestras casas, a más tardar, a las ocho y cuarto de la noche.
Había respeto hacía nuestros padres, y temor; el temor incrementaba el respeto.
Era la edad en que te formabas una imagen ideal de la persona amada, sin establecer con ella ningún tipo de relación real, ni siquiera te atrevías a hablarles; menos a declararles tu amor, y por supuesto, hasta la fecha no saben de lo que se perdieron y de la que te salvaste.
Alrededor del patio se colocaban las sillas para las mujeres y llegaba uno, hasta su lugar, a pedirles la pieza, y al terminar, las acompañaba de la misma forma: hasta su lugar.
Al inicio nadie bailaba. Era el momento de acechar; de esperar; de observar; de armarse de valor para declararle tu amor a la chica de tus sueños o de escoger pareja con la vista, para bailar y para conocerla.
Supongo que esto lo sabían Los Beethoven´s, porque primero tocaban música instrumental. Se escuchaba Caravana, Guantanamera, la Chica de Ipanema, el Mar, y otras instrumentales suaves.
Invariablemente, rompía el baile Ramallets, Juan Román López Rojas, estudiante de Ciencias Químicas; excelente bailarín, que contagiaba su entusiasmo, alegría y vitalidad. Con su pareja, se colocaba en el centro de la pista, y eran los únicos que bailaban, una o dos piezas.
En seguida se generalizaba el baile, que por supuesto, era exclusivo para los universitarios, es decir, ningún extraño podía entrar. A los que se atrevían, cortésmente se les pedía que abandonaran el recinto.
Los que no sabían bailar, con mucho entusiasmo recibían sus lecciones iniciales en la planta alta; las maestras, eran compañeras avezadas en el arte de la danza, que con paciencia infinita, y sabiduría, enseñaban: uno, dos, tres; izquierda; repetimos, uno, dos, tres. Y como consejo final, con autoridad, te indicaban: ponte talco para que no te suden las manos.
Como examen, los primeros pasos en esta nueva disciplina, los dabas con tu maestra;
sentías que una descarga eléctrica recorría todo tu cuerpo; respirabas con dificultad; y un poco antes de perder la razón, involuntariamente; casi por accidente, y como no queriendo, se encontraban tus labios con los de ella, que bebiendo tu último aliento, te acababa de hundir en este momento crítico, y delicioso. Este era el sacrificio que debías hacer para aprobar, dignamente, estos cursos intensivos.
La música subía de tono. La timidez había sido vencida; las parejas se habían identificado. El ambiente llegaba a su punto culminante.
Bailábamos en círculo, Rock and Roll, Twist, o a Go go, como poseídos o muertos de risa, echándole porra a Baroja al que cariñosamente, y a su espalda, claro, le decíamos Chuby Chequer o simplemente Chuby ⎯eran tan sencillas nuestras diversiones, y tan sanas, que esta palabra sola nos hacía reventar de risa⎯ . Chuby Baroja, al bailar, se doblaba para atrás hasta casi tocar el piso, mejor dicho, si lo tocaba, primero con una mano y luego con la otra, ese era el chiste. Ni en el cine ví bailar a Chuby Chequer; pero el recuerdo de Baroja, bailando, es inolvidable.
Avanzada la tarde, tocaban melodías lentas, para bailar pegadito con las compañeras que, ilusionadas, esperaban escuchar la primer declaración de amor formal, y el primer beso de amor.
A veces se daba el caso de que, durante la tardeada, una misma chica recibía dos o tres declaraciones. Una en la primer pieza y otra en la tercera o había recibido una en la mañana y luego otra en la tarde; o el amigo listo que se declaraba y se le adelantaba a otro, que resultaba ser el que realmente estaba enamorado; había casos de hermanos que se le declaraban a la misma chica o de hermanas que recibían la declaración del mismo pretendiente. Todos recibían una sabía respuesta: lo voy a pensar.
La música terminaba con un popurrí de música mexicana; corriditas de esas sabrosas, que hasta te dolía la ingle y la cadera, o con música tropical.
Eran tan fuertes las emociones de las tardes de Samaritana, que hay compañeras que al escuchar una canción, de moda, en esa época, recuerdan hasta cómo iban vestidas.
Yo conocí a mi esposa en una tardeada de Samaritana, en el Edificio Central y he sido muy feliz; venía con su hermana chica, que también estudiaba en la Escuela; traía un vestido azul marino con lunares blancos; cuello de marinero y zapatos de piso, blancos. Desde que la vi, supe que era la mitad que me faltaba.
Otros, menos afortunados, culpan a los Beethoven´s diciendo: “Yo les pedí que le dedicaran una canción y ellos la cantaron; si no lo hubieran hecho, no me hubiera casado con Mariana” …Que cosas que tiene la vida Mariana, cuando más alto volamos, nos duele más la caída, Mariana …
Saboreábamos el agua de Casilda, en el Patio Central, cuando escuchamos a Joaquín, el vocalista de los Beethovens, que empezó a cantar: Me Piden, de los Babys. Una compañera, me tomó de la mano y me pidió, por favor, que bailáramos. No quería bailar, y me negué. Insistió, rogó, imploró, sin ningún resultado. Nunca supe la razón por la cual quería bailar esta melodía, en especial. No la volví a ver, y no se si ella recuerde esto; pero la vida me ha cobrado con creces mi actitud negativa en esa tarde de Samaritana. Con el desplante de macho, la perdí, pero además esa canción me marcó para siempre. Cuando escucho: Me Piden, con los Babys, sin querer. Me acuerdo de ella.
SE RECIBEN FOTOGRAFÍAS, LIBROS, COMENTARIOS QUE ENRIQUEZCAN ESTA MEMORIA.
*Miembro del Seminario de Cultura Mexicana
castilan.gerardo.castellanos@gmail.com


