Rebeca Romero/Dario Nolasco
Asunción, Ixtaltepec, Oaxaca, 13 de septiembre. Toñito, tiene miedo y angustia y extraña su escuela. Es parte del vecindario de una de las zonas más devastadas del Istmo de Tehuantepec. Se trata de Asunción, Ixtaltepec, que significa el “cerro blanco”, donde se origina o surge el pozol -alimento precioso o sagrado para su gente-. Es un municipio que se ubica a escasos 19 kilómetros de Juchitán, o “el lugar de las flores” que un sismo casi lo borró del mapa. 
Toño, es uno de los miles de niños oaxaqueños que resultaron afectados por el terremoto del pasado 7 de septiembre que sacudió a México, en especial a los estados de Oaxaca y Chiapas. Según cifras del Fondo Mundial de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) se calcula que entre 500 y 600 mil niños se han quedado sin hogar y escuelas y en el peor de los casos perdieron la vida. La noción de salvar primero a las mujeres y los niños se ha perdido en la bruma del tiempo.
“No sabemos cuándo vamos a regresar a la escuela”, nos comenta. Aunque está consciente que durante el movimiento se cayó. El es uno de los pequeños que duerme a la intemperie, en una improvisada colchoneta. No tiene juguetes, ni libros, ni televisión, ni nada. Juega al futuro, con los otros pequeños que también perdieron todo.

Los días para este niño son largos y tediosos. No hay nada que hacer, solo esperar, aunque no sabe qué, pero está alerta por si vuelve a temblar.
Los niños son particularmente vulnerables a los estragos de un terremoto. Unicef opina que “La educación es un soporte vital para los niños que pasan por el trauma del caos y la destrucción, les ayuda a tener una rutina diaria y un propósito, y los pone en el camino para la recuperación psicológica.”
Los albergues en la zona de desastre de Oaxaca -41 municipios- permanecen parcialmente vacíos durante el día, con pocos adultos al cuidado de los niños ya que muchos trabajan o tienen que proteger sus hogares de posibles robos. En la noche, la población en los albergues aumenta considerablemente pero muchos de los afectados, particularmente los niños, se sienten más seguros durmiendo a la intemperie debido a las constantes réplicas, algunas bastante fuertes.
Sin embargo muchos de ellos están con miedo y angustia, y es importante que se promuevan también actividades y espacios seguros donde realizarlas para atender el aspecto psico-emocional”, opina Unicef.
Los niños del terremoto narraron a ADNsureste cómo lo vivieron. Algunos cuentan sobre el estruendo de las tejas de barro del techo de sus casas al caer o que junto con su familias comenzaron a rezar para que el sismo parara.
Lo peor fue cuando “se fue la luz y todo se apagó”, sólo escuché caer los techos y paredes de mi casa.
