Por Arturo Vásquez Urdiales
Oaxaca de Juárez, 7 de abril. Apunte hipnótico: Hay muertes que no terminan cuando el cuerpo cae, sino cuando la verdad deja de respirarse. Y hay nombres que, al pronunciarse, todavía sangran en la historia.
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I. El hombre que caminaba hacia la República: la figura de Ramón Corona Madrigal
Antes de su muerte —antes del cuchillo, antes del grito, antes del perdón—, fue un hombre de acero templado en las guerras que forjaron a México.
Nació en 1837 y su nombre comenzó a tallarse en la historia cuando la nación era todavía una herida abierta. Combatió en la Guerra de Reforma, defendiendo la causa liberal contra el conservadurismo, y más tarde enfrentó la Intervención Francesa, ese intento extranjero de injertar una corona en una tierra que ardía de republicanismo.
En Querétaro, en 1867, junto a Mariano Escobedo, cerró el ciclo imperial: el emperador Maximiliano de Habsburgo entregó su espada, y con ese gesto simbólico se desplomó una ilusión monárquica. Allí, Corona no solo venció a un hombre: venció a una idea.
Fue después diplomático en España, un mexicano que caminó entre los salones europeos sin perder el polvo de su tierra. Regresó en 1886 y, al año siguiente, se convirtió en gobernador de Jalisco.
Gobernó con energía, con impulso modernizador, con una voluntad que lo colocó —según múltiples lecturas históricas— como una figura nacional de peso suficiente para aspirar a la presidencia.
Y en ese punto, donde la historia se vuelve peligrosa, comenzó también su sombra.

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II. El otro rostro: Primitivo Ron y Salcedo y el abismo interior
Del otro lado del destino no estaba un ejército, ni un partido, ni una conspiración visible.
Estaba un hombre.
Primitivo Ron nació en Sayula en 1867. Hijo de un maestro severo y de una mujer profundamente religiosa, creció entre disciplina y fe, pero también entre grietas invisibles. Era alto, de ojos azules, bien parecido, pero habitado por un mundo interior inestable.
Le llamaban “el loco Ron”.
No porque gritara, sino porque pensaba distinto. Porque hablaba como quien intenta ordenar el caos del universo con palabras rotas.
Pasó por el seminario y salió de él no con vocación, sino con ruptura. Fue dependiente, ferrocarrilero, impresor, maestro. Nunca permanecía. Nunca encajaba.
En la policía fue objeto de burla. Lo humillaron, lo llamaron por nombres que desgarran más que los golpes. Intentó defender su honor mediante cartas a autoridades superiores. Nadie respondió.
Regresó a Jalisco. Intentó ser maestro otra vez. Fue despedido. Intentó encontrar lugar en la gendarmería. Fue rechazado.
En él comenzó a crecer una idea: que la justicia no existía.
Y cuando un hombre llega a esa conclusión, el mundo se vuelve un escenario peligroso.
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III. La carta: el manifiesto de un alma rota
Antes del asesinato, Primitivo Ron escribió una carta al periódico El Siglo Diez y Nueve.
No era una amenaza: era una sentencia.
Allí dijo que quería hacerse justicia porque en los tribunales no existía. Allí anunció que llevaría al sepulcro consigo al hombre que consideraba responsable de su desgracia. Allí dejó una lista de dolores: rechazo, humillación, soledad, imposibilidad de amar, imposibilidad de ayudar a su familia, imposibilidad de encontrar gozo.
Esa carta es el documento más sólido del caso.
No prueba que actuara solo. Pero sí prueba que, dentro de él, el crimen ya había ocurrido antes de suceder.

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IV. La tarde del 10 de noviembre de 1889: el instante en que el tiempo se rompió
La escena es casi doméstica, casi inocente.
El general caminaba con su esposa, Mary Ann McEntee. Cerca iba su hijo pequeño. Iban al teatro.
La historia, a veces, se disfraza de rutina antes de romperse.
Primitivo Ron apareció detrás de él.
El cuchillo entró en el cuello, en el hombro, en el vientre.
La esposa gritó. Se interpuso. El corsé detuvo una puñalada que pudo haber sido doble tragedia.
El general, herido de muerte, dijo:
—No es nada… no te asustes…
Y aún tuvo fuerza para pronunciar, ya en el umbral de la muerte:
—¡Pobre hombre, te perdono!
No hay mayor grandeza que esa: perdonar a quien te arrebata la vida.
Murió al día siguiente.
Pero no todo murió con él.
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V. El enigma: ¿suicidio o silencio impuesto?
La versión oficial dice que Primitivo Ron huyó unos metros y se apuñaló a sí mismo varias veces en el corazón.
Pero desde ese mismo instante nació la duda.
¿Puede un hombre destrozarse el corazón con su propia mano en medio del caos?
¿O alguien más cerró su boca para siempre?
Años después, un testigo hablaría de dos hombres “de aire misterioso”. No lo dijo en su momento. El miedo también es una forma de archivo histórico.
No hay prueba definitiva.
Pero tampoco hay paz en la explicación oficial.
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VI. Las sombras del poder: Díaz, España y la tentación de la conspiración
El asesinato de un gobernador con proyección nacional no podía quedar reducido, en la imaginación colectiva, a la tragedia de un solo hombre.
Se dijo que Porfirio Díaz pudo haber temido a Corona como rival político.
Se dijo también —con aroma de novela— que en España existían secretos dinásticos, que incluso vinculaban a Corona con la reina María Cristina de Habsburgo y al joven Alfonso XIII.
En contexto. Se le atribuye la paternidad de Alfonso XIII. NO LO SABENOS. Ponga usted una fotografía de Ramón Corona junto a una de Juan Carlos de Borbón asumiendo el reino, compare y me da su opinión.
De ser ello cierto la Corona sería ciertamente y parcialmente Mexicana.
Vaya Novela. El CJNG sería más poderoso que una opereta o una Zarzuela en los Escenarios de El Teatro Real y el Teatro Amaya que ofrecen óperas y musicales, a veces incluyendo piezas de corte más ligero, este mundo está muy loco Pepe. Muy loco.
Pero esas versiones, aunque fascinantes, se disuelven bajo el peso de la cronología y la evidencia.
La hipótesis política, en cambio, permanece como una sombra razonable: no demostrada, pero tampoco extinguida.
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VII. El brazo amputado: la memoria material del crimen
Esto está más loco aún:
El brazo de Primitivo Ron fue amputado. Conservado. Exhibido.
Durante décadas, ese fragmento humano fue testigo mudo en vitrinas del Museo Regional de Guadalajara.
Un brazo que mató.
Un brazo que tal vez no terminó su historia por sí mismo.
Hoy su paradero es incierto.
Como la verdad.
Así, en aquel tiempo se consideró como normal amputar el brazo al cuerpo de Ron, el asesino y exhibirlo como afiche de museo de terror. Vaya pues, con los gustos de nuestros antepasados.
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VIII. Conclusión: dos pisos de la historia, una herida abierta
En el primer piso, el visible, está el hombre solo: Primitivo Ron, herido por la vida, decidido a vengarse del mundo en una sola puñalada.
En el segundo piso, el invisible, está la sospecha: que ese hombre fue instrumento, detonador, o simple cortina para algo más grande.
No hay sentencia definitiva.
Solo una certeza:
México, desde entonces, aprendió que el poder no siempre muere de frente.
A veces muere por la espalda, en una calle cualquiera, camino al teatro.
Y que hay perdones —como el de Ramón Corona— que son más grandes que la historia misma.
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Apunte final para el amable lector:
Hay crímenes que se investigan en archivos.
Y hay otros que siguen ocurriendo en la conciencia de un país.
Fundación de letras hipnóticas AC le agradecerá que divulgue y comparta esta columna
Muchas gracias
