Oaxaca de Juárez, 16 de octubre. “Las personas además de nutrimentos comemos símbolos, emociones, identificaciones y huellas de las condiciones socio políticas de nuestro medio. Para elegir lo que comemos intervienen factores ecológicos, culturales, sociales y económicos, por la alimentación es una problemática de muchas aristas donde se requiere la intervención de varias disciplinas”, destaca Liliana Martínez Lomelí, Doctorante en Sociología de la alimentación de la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Francia.
El Día Mundial de la Alimentación se conmemora este domingo 16 de octubre, declarado por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la Agricultura) este año lleva por título “El clima está cambiando. La alimentación y la agricultura también”. En el marco de esa fecha la especialista analizó la alimentación en el documento ¿“Por qué comemos lo que comemos? La alimentación como hecho complejo en la vida cotidiana de los mexicanos”.
En este análisis, Martínez Lomelí precisa que “no podemos disociar en el imaginario colectivo, un cumpleaños del pastel, ni una película en el cine con palomitas, ni un partido de fútbol con cerveza. Estas ocasiones, no sólo sirven para comer, tienen significados y funciones más poderosas: ayudan a mantener los vínculos sociales, las relaciones de reciprocidad y los vínculos de solidaridad. De esta manera, no podemos concebir que el mexicano que come, lo hace sin un contexto”.
Sostiene que los mexicanos viven esta tensión sabiendo de antemano que las “fritangas” no proporcionarán una buena salud a largo plazo, pero sí un placer inmediato, y lo que es más importante, otorgan un vínculo compartido por todas las demás personas que las consumen.
Comer implica un proceso que va más allá de lo que ocurre en nuestro organismo. Existen además otras dimensiones aún poco exploradas, que se han descubierto influyen incluso en mecanismos fisiológicos, como lo es la experimentación de la felicidad y placer. Las hormonas que se segregan cuando sentimos placer y cuando sentimos felicidad, afectan la forma en la que nuestro organismo asimila lo que comemos.
Cuando estamos felices o algo nos hace felices, en el momento instantáneo, los mexicanos adoptamos más fácil ese factor detonador. La idiosincrasia del mexicano está moldeada para pensar en el aquí y el ahora como proveedor de placer o satisfacción. La mitología del pueblo que vive de fiesta y que se ríe aún en el sufrimiento, tiene que ver con éste cálculo del presente, sin importar mucho qué es lo que pase en el futuro.
La coyuntura actual en México obliga no sólo a reconsiderar la alimentación como un hecho más allá de calorías, los nutrimentos y las decisiones racionales, sino como un hecho social en el que intervienen una gran diversidad de factores. Por ello, la académica sostiene “que la problemática de obesidad y las enfermedades crónico degenerativas no se ataca con una simple política unicausal que corte el brote de hierba para que vuelva a aparecer en otro lado”.
Martínez Lomelí indica que cuando se habla de los grandes males relacionados con la alimentación de los mexicanos, muchas veces se omite que el hecho de comer “mucho” o “desequilibrado” es sólo la punta del iceberg. “No es pues una restricción calórica la panacea que va a hacer que la prevalencia de obesidad disminuya. No es solamente dejar de comer. Porque incluso, se ha observado que la pérdida de peso eventualmente vuelve a su punto de partida cuando no se hacen cambios de fondo”, sostiene.
Señala que en “lugar de preguntar ¿cómo cambiar un hábito? la pregunta pertinente sea ¿Cómo favorecer el desarrollo de prácticas apropiadas en individuos determinados, en un espacio social determinado en un momento dado?, de ese modo no descontextualizamos a la persona, sino que le damos herramientas para funcionar en su contexto”.
Indica que cuando se habla de alimentación es esencial considerar las consecuencias presentes y no los beneficios a futuro, que en la práctica a muy pocos mexicanos les importan, pero que son igual o más importantes. Finalmente invita a devolver el encanto a la alimentación como elemento esencial para la vida social, para el placer y la felicidad, más allá de las relaciones simples de causa – efecto.
La Crónica