DOMINGO DE RAMOS Y PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR 
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Oaxaca de Juárez, 13 de abril. Siento que todos escuchamos no solamente con atención, sino tratando de que se quedaran algunas frases de esta narración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, escrita por el Evangelista San Lucas.
Aparecieron algunos personajes, con sus nombres. Esto nos tiene que ayudar a vivir esta Semana Santa y tener estos momentos de diálogo con Dios y, para hacer ese diálogo con Dios, se necesita silencio. Hagamos silencio en algún momento de estos días y demos gracias, porque el Señor, extendiendo sus brazos en la Cruz, nos redimió,
nos salvó y fue voluntariamente a la Cruz.
Voluntariamente aceptó ofrecerse en sacrificio para salvarnos a todos nosotros, lo aceptó, porque eso era lo que le pedía el Padre, que nos redimiera, que nos salvara muriendo en la Cruz, ofreciéndose en sacrificio.
Démosle gracias, pero también tenemos que decirle que yo me pueda ofrecer en sacrifico por alguien y lo imite. Él se ofreció en sacrificio por amor, haz tú lo mismo, ofrécete en sacrificio por amor. Que te mueva el amor, porque todo lo que nosotros debemos hacer siempre debe ser motivado por el amor y, en esos momentos en que tú tienes dolor, sufrimiento, enfermedad, ofrécete en sacrificio y únete a la Pasión Redentora de Nuestro Señor y encuéntrale sentido a tu dolor y encáuzalo, encáuzalo.
Es momento de purificación, de santificación, pero no solamente para ti, también lo puedes ofrecer por los seres que amas. Ofrécelo, parécete un poquito a Nuestro Señor, ofreciéndote en sacrificio y ofreciéndolo por alguien.
Nuestro Señor lo ofreció por todos nosotros. Que tú también puedas decirle a Dios: si de algo sirve mi sacrificio, te lo ofrezco, Señor, te lo ofrezco y si le puedes decir por qué lo ofreces, díselo y, si no, quédate así, te lo ofrezco.
Qué hermosa Palabra ofreció Nuestro Señor ya estando en la Cruz, el Evangelista San Lucas nos presenta tres de las siete Palabras, nos presenta tres. La primera: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Miren, se acordó de todos nosotros el Señor, por los primeros que pidió fue por ti y por mí. No saben lo que hacen, perdónales, perdónales.
Siéntase en todo momento perdonado por Nuestro Señor. Siéntase perdonado, pero para sentirte perdonado, necesitas que el Señor pronuncie una palabra, la que arrancó de los labios de Nuestro Señor aquel que estaba crucificado con Él: acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino.
Le pidió perdón, le pidió perdón y la respuesta inmediata del Señor: Hoy estarás Conmigo en el paraíso. También Tú pide perdón, ya te perdonó el Señor en la Cruz, pero es necesario que tú le digas: perdóname, perdóname, me reconozco pecador, me duele haberte ofendido, ten misericordia de mí y el Señor te dirá: regreso a ti la paz, el gozo, la alegría de ser perdonado.
Busquemos el perdón y usted y yo sabemos que el Señor declara perdón en el sacramento de la confesión, de la reconciliación, ahí nos declara Su perdón, al decirnos a través del sacerdote, que está actuando en persona de Cristo, que nos dice: yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Recobre la alegría, el gozo, la paz, al experimentar la misericordia y el amor divino.
Búsquela, búsquela, no se espere tanto. Nuestro Señor le quiere llenar de amor y de misericordia en el perdón y, la última frase que pronunció Nuestro Señor, dirigida a Su Padre, vino a cumplir la voluntad del Padre, vino a cumplirla. Vino a hacer todo lo que el Padre le encomendó, cumplió Su Misión y, al final, expresa diciendo: Padre, en Tus Manos encomiendo Mi Espíritu.
Aprendamos a encomendarnos siempre a Dios, aprendamos. Encomiéndese siempre a Dios, en todo momento, porque no sabemos en qué momento nos va a llegar el encuentro definitivo con Él, por eso tenemos que decirle: me encomiendo a Ti, Señor, me encomiendo, porque me vas a llamar y yo no sé a qué hora. Me encomiendo a Ti. Encomiéndese.
Se me quedaron grabados dos nombres, el nombre de Simón Pedro y el nombre del Sireneo, que también se llama Simón, Simón.
Simón el apóstol, negó conocer al Señor y ya se lo había advertido Nuestro Señor: en esta noche me vas a negar que me conoces, tres veces.
Así sucedió, pero a ese Pedro le dolió su negación y expresa su dolor, su amargura en lágrimas, ante la mirada del Señor derrama lágrimas, le ha dolido. Ojalá y usted y yo también derramemos lágrimas, cuando negamos con nuestros hechos que somos discípulos de Nuestro Señor, que estamos marcados con el signo de cristianos, porque muchas veces negamos en nuestras vidas, en nuestro testimonio, no vivimos como deberíamos de vivir.
A veces, involuntariamente y, en otras, más tristes todavía, voluntariamente, conscientemente, libremente… negamos.
Simón el Sireneo fue obligado a tomar la Cruz, a tomar la Cruz e iba siguiendo a Nuestro Señor, que iba delante y, él, atrás, cargando la Cruz. ¿Cómo viviría este momento Simón de Sirene? No lo sabemos, no lo sabemos, pero creo que después, en los silencios, Simón de Sirene agradeció a Dios haber cargado la Cruz.
En la vida, usted puede y debe cargar no solamente su cruz como discípulo. “El que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz de cada día y me siga. No solamente cargue esa cruz, habrá momentos en que usted tendrá que ser un Simón de Sirene, que carga la cruz de alguien que necesita que usted le levante, que usted le ayude a seguir adelante. No niegue cargar la cruz de otra persona.
Cargue la cruz del que sufre, del que está enfermo, cargue la cruz del que llora, cargue la cruz del que está hundido en el vicio. Cárguela la cruz, levántelo, ayúdelo a salir, a seguir caminando hasta el final. No lo deje ahí tirado, no lo deje tirado, no deje solito al enfermo, dígale que usted está con él, que usted quiere ayudarle, que usted le va a hacer tantas cosas en favor. Dígaselo y cargue esa cruz, porque tal vez eso le diga que renuncie a su descanso, a sus vacaciones, a sus momentos de sueño, de dormir, tiene que velar por el enfermito, cargue esa cruz, sea el sireneo de él y sea el sireneo de Nuestro Señor. “Lo que hiciste con uno de los enfermos, conmigo lo hiciste. Estuve enfermo y me visitaste. Estuviste conmigo. Estuve enfermo y tomaste la cruz.
Hay mucho qué hacer. Sea el sireneo y también déjese ayudar, déjese ayudar, en primer lugar, de Nuestro Señor. No renuncie a su cruz, dígale a Nuestro Señor: siento pesadez de esta cruz, dame la fuerza, pero también habrá personas que se acerquen a usted y que le digan: vamos caminando juntos, vamos saliendo adelante, tú y yo podemos y hay que seguir. Ayudémonos cargando nuestras cruces.
Pues es lo que yo este día quiero compartir del Domingo de Ramos. Que el Señor siga siendo Nuestro Rey y Señor, que lo sigamos con toda seguridad, porque Él nos tiene un lugar reservado.
Voy a prepararles un lugar y vendré por ustedes. Tenemos un lugar. El lugar para usted es el cielo, es el cielo, no se le olvide, porque el infierno es para el diablo y sus ángeles, no para usted. Para usted es el cielo. Hay que seguirlo ganando y lo puede ganar y lo va a ganar, porque usted ama a Dios, porque usted se abre a la acción divina, porque usted se siente pobre ante Él, necesitado de Su gracia, de Su fuerza.
Que María, Nuestra Madre, nos siga acompañando, acompañó a Su Hijo y, en la Cruz, Nuestro Señor se dirigió a Ella y le dijo: Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo, ahí tienes a Tu Madre. Eso lo expresa el Evangelista San Juan, que estuvo ahí, al pie de la Cruz también y escuchó al Señor que dijo eso. María nos acompaña y dejémonos tocar por Ella en su ternura de Madre y sintamos el amor del Señor, que también nos llega a través de Su Madre, María.
Que así sea.

