Oaxaca de Juárez, 26 de julio. Manlio Fabio Beltrones debió haber visto que no podía seguir al frente del PRI alrededor de las tres de la mañana de la madrugada del 6 de junio en los Pinos, cuando junto con el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, le dijeron al Presidente Enrique Peña Nieto que la victoria en al menos nueve estados que le habían dicho tendrían ocho horas antes, eran todo lo contrario. Peña Nieto, dijeron personas que conocen de esa junta, perdió la compostura en un regaño airado que continuó al día siguiente, cuando ante el gabinete gritó: “¿¡Qué no tienen claro que soy priista!?”. La pregunta era retórica. Priiista, sí, en el más puro estilo del priismo institucional, pero como Beltrones confió días después a sus cercanos, tras insistir a Peña Nieto que aceptara la renuncia como líder del partido, “él puede mandar, pero no mandarnos”.
La salida de Beltrones tuvo costos para el político pero muchos menos de los que suponían sus enemigos en el equipo compacto de Peña Nieto que tendría. Incluso, cuando en las primeras horas de la renuncia el trato que tuvo en los medios fue como víctima de las imposiciones de candidatos desde Los Pinos, y el desgaste principal de las derrotas no se estaba cayendo sobre él, varios emisarios peñistas le sugirieron bajar el perfil mediático porque de los nervios estaban convirtiéndose al enojo dentro el círculo interno del Presidente. Beltrones se fue del partido casi en forma inmediata y salió del país unos días.
