La Crónica
Oaxaca de Juárez, 2 de febrero. Templos pintarrajeados, palacios incendiados, esculturas graffiteadas y monumentos fracturados, son estampas del vandalismo desatado por algunos grupos tras bloqueos, protestas y marchas registradas en el país.
Además de secuelas económicas, los actos violentos escudados en las manifestaciones han tenido un impacto nocivo en nuestro patrimonio cultural e histórico.
Al menos mil 100 monumentos con valor artístico e histórico fueron dañados durante 2014, tan sólo en las ciudades de México, Oaxaca, Morelia, Iguala y Chilpancingo, según datos de autoridades locales y organizaciones sociales.
La mayoría de las afectaciones se derivan de pintas con aerosoles, sprays, pinturas vinílicas, esmalte y marcadores de trazo grueso, aunque también de pegotes y ataques con aceites, sustancias químicas y hasta martillos o mazos. “En su afán por enfrentarse a la policía, los vándalos buscan arsenal y han llegado a destruir molduras, guarniciones, rodapiés de muros y marcos de cantera para obtener piedras y utilizarlas como proyectiles”, describió Jorge Valencia Arroyo, director del Instituto del Patrimonio Cultural de Oaxaca (Inpac).
La radiografía virulenta ha dejado, como ejemplos simbólicos, daños en el templo dominico más alto de Latinoamérica y generoso en retablos laminados de oro: el de Santo Domingo de Guzmán, en la capital oaxaqueña.
En el majestuoso colegio moreliano de San Nicolás, en cuyo centro está la escultura de quien fuera rector y maestro de la institución y luego artífice de la Independencia de México: Miguel Hidalgo y Costilla.
En el Palacio de Bellas Artes, principal recinto cultural y artístico del país. Y en el Monumento a la Bandera de Iguala, el cual rememora el nacimiento de la primera enseña nacional en febrero de 1821: la trigarante, a encargo del general Agustín de Iturbide.
“Hace unos días nuestros monumentos amanecieron de nuevo rayoneados y tapizados de propaganda: el de la Bandera; la fachada y columnas de la Parroquia de San Francisco de Asís, la más representativa; el Centro Cultural La Pérgola y los bustos de todos nuestros héroes independentistas, lo que interpretamos como insulto a la patria. En la Plaza de Armas, donde están en plantón maestros y estudiantes, se atrofiaron las fuentes danzarinas: les vaciaron resinas y aceites para inmovilizarlas”, narró el poeta José Delgado Bahena, presidente de la Asociación Pro Rescate del Centro Histórico de Iguala.
La organización, creada por artistas y profesionistas locales, surgió con la idea de conformar un centro histórico moderno y funcional para el Bicentenario de la Independencia en 2021, pero tras el caos derivado por la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, el proyecto quedó paralizado. “El 27 de septiembre de 2011 empujamos a nivel cabildo un acuerdo para insertar la figura de centro histórico en lugar de primer cuadro, como lo conocíamos; era el paso de arranque para después saltar al Congreso y obtener recursos que garantizaran el cambio de imagen, pero hoy vamos en retroceso, porque el acta en la que se protocolizó la designación oficial se perdió durante la quema del Palacio Municipal y el deterioro de nuestros monumentos históricos es cotidiano”, señaló el declamador igualteco Víctor Mata Pastrana, fundador de la Asociación.
PAISAJE. En 2014, el Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México contabilizó mil pintas en su área de acción, 400 de las cuales dañaron monumentos o edificios históricos. La Dirección del Centro Histórico y Patrimonio Edificado de Oaxaca enumeró alrededor de 360. Y las Asociaciones de Vecinos y Patrimonio de la Humanidad en Morelia, al menos 300, en tanto que entre Iguala y Chilpancingo -que a diferencia de las primeras tres no son consideradas por la UNESCO como ciudades patrimonio- las organizaciones de promoción cultural registraron más de 40, para un total aproximado de mil 100.
Sólo cuatro estados del mapa, los puntos rojos, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia que, sin embargo, ha documentado casos similares en todas las entidades de la República, en especial a partir del último trimestre del año pasado, denotada ya la tragedia de Ayotzinapa.
Pero los vándalos no son, coinciden las voces, quienes marchan en las calles de manera libre y en paz, cada cual con su hartazgo y su dolor. Se trata de células infiltradas, anarquistas, porros, reventadores profesionales y grupúsculos radicales del magisterio y estudiantado.
“Los actos violentos han sido ajenos a las manifestaciones pacíficas; sabemos quiénes son los destructores patrimoniales y el tema nada tiene que ver con la criminalización de la protesta”, dijo Inti Muñoz, director del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México.
“Tenemos en el país decenas de miles de desaparecidos, pobreza y falta de trabajo, reconozcamos que las pintas a monumentos no se justifican, pero pueden ser síntoma de una enfermedad mayor. Hay quienes no se sienten identificados con el Ángel de la Independencia, por ejemplo, y como es valorado por las autoridades enemigas, lo atacan”, apuntó Ilan Vit, Jefe de la Maestría en Conservación de Bienes Inmuebles de la Escuela Nacional de Restauración del INAH.
Para el arquitecto Raúl Delgado, director de Sitios y Monumentos de Conaculta, “la defensa de lo que nos es entrañable es tan legítimo como el reclamo. Recordemos la Revolución de Octubre de 1917, en Rusia: los bolcheviques querían incendiar el Palacio de Invierno en San Petersburgo y es Lenin quien se pone frente a las masas y les dice: esta obra que representa todo el oprobio de la época zarista, fue hecha por nuestros abuelos, por manos trabajadoras… Y no lo tocan. Hoy es uno de los grandes museos de la humanidad”.
CAOS. Durante 2014, el promedio de manifestaciones —entre marchas, plantones, bloqueos y tomas de oficina— en el DF fue de una cada tres días, según la Cámara Nacional de Comercio. En Morelia, de 2.4 diarias y en Oaxaca, más de seis al día.
A la par de los estragos a monumentos históricos, la sombra de los agresores se ha extendido al escenario urbano: semáforos, cortinas, fachadas de edificios o escuelas, paradas de autobús, bancas, instalaciones del metro, pisos, banquetas y hasta árboles son tatuados con garabatos perturbadores…
De acuerdo con datos del área de intendencia de la Autoridad del Centro Histórico del DF, en 2014 hubo megamarchas en las que se contabilizaron más de mil graffitis sobre paisaje y mobiliario citadinos.
Así, pintura, golpes y adhesivos dejaron sus huellas ácidas sobre el barroco sobrio de Morelia, la cantera verde de Oaxaca, los tonos grises y rojizos -como decía Octavio Paz- de la ciudad capital y los mosaicos independentistas de Chilpancingo e Iguala…
