Oaxaca de Juárez, 14 de septiembre. Cuando el documental Agua azul, muerte blanca llegó a las pantallas de Estados Unidos en 1971, las imágenes de tiburones blancos chocando contra las jaulas de los submarinistas se hicieron míticas. Pero la secuencia más destacable, la que aún hoy pervive 45 años después, es la de un grupo de tiburones oceánicos rodeando el cadáver de una ballena a 150 kilómetros de la costa de Sudáfrica.
Es una escena asombrosa por dos razones: en primer lugar, porquelos buzos filmaron a los tiburones fuera de la seguridad de la jaula, probablemente la primera vez que alguien filmaba sin protección alguna a unos tiburones que se están alimentando. Y en segundo lugar, porque se trata de una escena que seguramente no se repetirá jamás, como una versión marina de la última foto que tenemos de una gran manada de bisontes americanos deambulando por las llanuras de América del Norte. «Había tantos que era imposible contarlos –explica Valerie Taylor, una de las submarinistas–. No volverá a ocurrir una cosa así, desde luego no mientras yo viva.»
Antes se creía que el tiburón oceánico era uno de los escualos pelágicos (de mar abierto) más numerosos. El acreditado libro The Natural History of Sharks, de 1969, incluso llegó a describirlo como “posiblemente el más abundante de los animales grandes, considerándose grande el que pesa más de 100 libras [45 kilos], sobre la faz de la Tierra”. En otro tiempo conocido por acechar naufragios y barcos de pesca, hoy en día casi ha desaparecido, víctima de la pesca comercial y la demanda de aletas de tiburón; todo ello con una sorprendente falta de interés por parte de la comunidad científica y del público en general.
“Hemos aniquilado la especie a escala global. Y aun así, cuando lo menciono, mucha gente no tiene ni idea de qué hablo”, explica Demian Chapman, especialista en estos escualos
Quien haya visto la película Tiburón, sabrá algo acerca de este animal. Seguramente fue el escualo predominante en el acoso a la tripulación del U.S.S. Indianapolis después de que un submarino japonés lo hundiera a finales de la Segunda Guerra Mundial, un suceso que se hizo tristemente famoso para las recientes generaciones gracias al monólogo del capitán Quint sobre su experiencia como superviviente. Es imposible reproducir el efecto espeluznante de sus palabras, pero la última frase lo resume: «Cayeron al agua 1.100 hombres; salieron de ella 316, y los tiburones se quedaron con el resto».
El problema con el relato de Quint es que, si bien presenta los hechos con más o menos exactitud, malinterpreta la experiencia de la tripulación. Es cierto que de los casi 1.200 tripulantes a bordo, unos 900 cayeron al agua con vida, que la mayoría murió en condiciones infernales durante los siguientes cinco días, que solo sobrevivieron 317, que había muchísimos tiburones y que se produjeron ataques espantosos.
Pero cuando pregunté a Cleatus Lebow, de 92 años y tripulante del Indy, qué fue lo peor durante el tiempo que estuvo en el agua, antes de que acabase de formular mi pregunta dijo: «La sed. Hubiese dado lo que fuera por un vaso de agua». ¿Y los tiburones? «A veces aparecían por allí, pero no nos molestaban.» Lyle Umenhoffer, también de 92 años, me contó: «Tenías que estar alerta cuando había tiburones; si se acercaban demasiado, les dábamos una patada. Pero no recuerdo tener miedo de ellos. Nuestros problemas eran otros».
Hay que decir que cuando fueron rescatados, los supervivientes estaban dispersos en un área de más de 250 kilómetros cuadrados y sus experiencias eran muy diversas. Y que las víctimas seguramente habrían contado cosas distintas. Pero ninguno de los hombres con quienes hablé en la reunión de supervivientes del pasado verano (había 14 de los 31 supervivientes, y pude entrevistar a la mayoría de ellos) consideraba que el tiburón fuese su principal preocupación durante el terrible episodio. En sentido estricto, quizá Quint tuviera razón cuando dijo que los tiburones «se quedaron con el resto» –es decir, los hombres que nunca salieron del agua–, pero la mayoría murió por otras causas: heridas, hipotermia, ahogamiento, deshidratación o envenenamiento por agua salada. «Vi a hombres morir al ser atacados por tiburones, unos cuantos», señaló Dick Thelen, un superviviente de 89 años. Pero vio a muchos más morir por beber agua salada. Como me dijo una persona en la reunión: «Quint no dice nada sobre la sed».
El tiburón oceánico, ¿un asesino voraz?
Es importante tener claro lo que sucedió porque la imagen del tiburón oceánico como asesino voraz y, por lo tanto, como una especie prescindible puede tener consecuencias perjudiciales. En tierra, el efecto de eliminar a un depredador dominante es bien conocido: el caos ecológico. (En algunas partes de África, por ejemplo, la disminución de las poblaciones de leones y leopardos ha provocado un aumento tanto de papiones como de sus parásitos intestinales, que cada vez afectan más a los humanos.) ¿Pero qué efecto tiene la casi total desaparición del tiburón oceánico en los ecosistemas marinos donde antaño era tan abundante? No tenemos ni idea. Hay tan pocas investigaciones sobre esta especie, que el mero intento de entender la historia de su propio declive –no digamos ya de cómo afecta ese declive a otras especies– es como pretender construir un puzle sin la mayor parte de las piezas. Y si confundimos a este escualo con el malo de la película, difícilmente buscaremos esas piezas que faltan. Si el naufragio del Indianapolis ocurriera hoy, es poco probable que la tripulación fuera asediada por hordas de tiburones oceánicos; y eso no debería percibirse como una buena noticia precisamente.
Jacques Cousteau se refirió una vez al tiburón oceánico como «el más peligroso de los tiburones», pero buzos con gran experiencia en escualos expresan una opinión más matizada sobre la especie. Stan Waterman, otro buzo de la expedición Agua azul, muerte blanca, señala que su inmersión fue única en parte porque les permitió ver el verdadero comportamiento del tiburón oceánico. «Fue una experiencia educativa –afirma–, porque no estábamos seguros de lo que ocurriría cuando saliéramos de las jaulas.»
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Tiburones de Galápagos
