Oaxaca de Juárez, 23 de mayo. Escrito está que los hombres desencadenan el infierno prometiendo los cielos. La historia está llena de excesos. Excesos que en ocasiones son cometidos en nombre de los dioses, la mayor parte de las veces en nombre de lo que nos merecemos los humanos y otras veces en nombre del hambre, de la justicia y de la igualdad. El problema es que todas esas promesas y esos excesos normalmente desembocan en el infierno. En la actualidad, resulta inevitable reconocer que estamos tan absortos en la agenda de las ocurrencias, de los caprichos, de las necedades y de las astucias –que en el caso mexicano hay que reconocer que son muchas y muy notables– que, poco a poco, nuestro cerebro va absorbiendo. Paulatinamente, nuestro intelecto va perdiendo la capacidad de ver las cosas globalmente y pensamos, respondemos y nos movemos en función de la promesa de los cielos que nos hace nuestro Presidente. Muchas veces pasando de puntillas los infiernos hacia los que nos conduce.
No quiero seguir formando parte del coro de los que critican al presidente López Obrador. Y lo digo porque realmente hemos llegado a un punto en el que la crítica ha dejado de ser suficiente. Ha llegado el momento en el que es necesario hacer sumas, presentar balances y entregar hechos concretos. Y, desde ese punto de vista, con humildad reconozco que el mandatario mexicano me lleva mucha ventaja. En realidad, a todos nos aventaja. Con su valiente honradez, nos hace seguir creyendo en las promesas que hace. Es una práctica que ha venido haciendo desde que él era jefe de Gobierno de la Ciudad de México, en ese entonces Distrito Federal. Desde esa época, quien hoy es Presidente de México, en sus mañaneras solía contestar y justificar todo bajo lo que dictara su dedo. Y ahora somos un país en la punta del dedo del Presidente, donde todo pasa deprisa y con alguien que es capaz de mover de tal manera la coctelera de las emociones nacionales, que nadie es capaz de sacar verdaderamente las cuentas de lo que significa lo que dice, lo que hace y hacia dónde nos está conduciendo.
Actualmente hay varios presidentes con dificultades graves. Presidencias en apuros. Realmente –incluyendo al presidente Vladimir Putin, que tiene ante sí las consecuencias de la desinformación proveniente de sus servicios de inteligencia al pensar que el Ejército ruso era imparable, que su travesía militar por Ucrania sería una especie de paseo y que el pueblo ucraniano se desmoronaría fácilmente– existen muchas administraciones alrededor del mundo que se encuentran en aprietos. En el caso de Rusia, una invasión que se pensaba que culminaría fácil y rápido, terminó siendo el mayor fiasco desde la fallida invasión de Finlandia a cargo de Josef Stalin.
Putin está en problemas, ya que, o bien aprieta el botón rojo y empieza a jugar con las armas nucleares, o se retira por medio de un tratado de paz inteligente. Es más, en este momento Putin necesitaría de un personaje como León Trotsky, que fuera capaz de articular un tratado similar al de Brest-Litovsk para explicar por qué el desastre de Ucrania no va a llevarse por delante ya no sólo la fama y la capacidad de un Ejército que pasaba por ser implacable, sino que también ha puesto en duda sus servicios de inteligencia. Puede resultar incluso inexplicable cómo alguien que puede ser tan decisivo –como cuando logró colocar un presidente en Estados Unidos– está fracasando, punto por punto, debido a todos los malos cálculos que le hicieron y que él se creyó en su guerra de Ucrania.
El Financiero