Oaxaca de Juárez, 20 de noviembre. Decía Cicerón que, “La historia, es de hecho, el testimonio de los tiempos, la luz de la verdad, y la vida de la memoria, la maestra de la vida, el mensajero de la antigüedad.”
Para crecer como mexicanos, como oaxaqueños, debemos conocer nuestras raíces.
La Historia no se inventa, ya está escrita; lo que debemos hacer es estudiarla para saber de dónde vinimos y contribuir a que sea conocida, para que sepan hacía adónde vamos.
Con el único propósito de conocer la verdad, sin apasionamiento y de manera imparcial, mucho ayudaría a este conocimiento estudiar la Historia Negra de España y, de Bartolomé de las Casas: La Destrucción de las Indias, Historia Apologética e Historia de las Indias. En la Historia de Oaxaca, José Antonio Gay, dedica un apéndice a Bartolomé de las Casas, el defensor de los indios. Al estudiar el apéndice sabrán porque desapareció la ciudad de Antequera, una ciudad de españoles, odiada por más de trescientos años. Gay, Historia de Oaxaca, Ed. Porrúa, México, 1982, pp. 509 – 528.
El genocidio cometido por los españoles contra nuestros viejos abuelos durante la conquista y el Virreinato, es equivalente a los que hizo Hitler con los judíos o la destrucción que hace, en este tiempo, el Estado Islámico de las Ciudades Patrimonio de la Humanidad.
El pasado 12 de octubre de 2015, el primer edil de Cádiz, José María González ‘Kichi’ (Podemos) ha censurado la celebración del Día de la Hispanidad en España publicando: “Nunca descubrimos América, masacramos y sometimos un continente y sus culturas en nombre de Dios. Nada que celebrar.”
Un hidalgo era una persona en verdad preparada y educada; con una manera decente de vivir; generoso y noble que no tenía necesidad de salir a buscar fortuna, ni ha comportarse como una bestia salvaje; como una máquina de destrucción, asesina, inhumana y ladrona.
Por lo expresado en el párrafo anterior, conocida la obra de Hernán Cortés, se deduce de manera fácil, que era un soldado pobre, aventurero, traidor, cobarde, ignorante; fanático religioso desbordado cuyo único dios era el oro; enfermo de soberbia y de lujuria; violador de mujeres, mujeriego; perverso, terrorista sanguinario y despiadado, que a través de sus apologistas profesionales, y oficiales, trató de crearse una imagen de hidalguía y de nobleza, que es evidente, nunca tuvo.
Esto lo prueba el hecho de que, después de la caída de la Gran Tenochtitlan, todos (cabildo de México, Cortés, fray Pedro Melgarejo, el tesorero Julián de Alderete y la mayoría de los conquistadores) escribían al rey… suplicándole que no enviase letrados, porque cuando llegaran a la Nueva España solo iban a crear confusión y desorden con sus libros y a provocar pleitos y enfrentamientos (Bernal, La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España, p. 387).
Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y los demás invasores sólo trajeron la muerte, la esclavitud, la viruela y otras enfermedades; eran una peste, inhumanos y crueles; asaltantes, saqueadores; pillos y asesinos; usurpadores; eran unos cobardes con armaduras “vestidos de acero y erizados de armas”, montados en caballos acostumbrados a embestir, con armas de fuego, y con perros de guerra, amaestrados y cebados para matar indios indefensos y semidesnudos.
Para convencer a los indios de su benevolencia y de su amor a Cristo, como si fuesen animales, los marcaban en el rostro, con hierro candente como esclavos; los quemaban vivos; los colocaban de pié, amarrados por la espalda, y les disparaban a corta distancia sus tiros (cañones). Los aperreaban, es decir, les arrojaban perros de guerra amaestrados para que los despedazaran como si fuesen fieras, “estaban tan acostumbrados que no tomaban indio, que no lo matasen y se lo comiesen, por estar muy cebados en ellos” (Gay, op. cit. pp. 158 y 159). Los lanzaban, vivos, con sus familias, en los tiros de las minas. Les daban tormento, les cortaban las manos, les prendían fuego para verlos arder como teas. Los sentaban desnudos sobre pólvora a la que prendían fuego. Apostaban a ver quien le cortaba la cabeza a un indio de un solo tajo, despanzurraban a las mujeres embarazadas que previamente habían violado. Los ahorcaban o los ejecutaban en solemnes autos de fe. Los usaban como bestias de carga. En el mejor de los casos, les daban de palos o los ponían en el cepo (los encadenaban). Violaban a sus esposas y a sus hijas y los asesinaban por miles, pero eso si, tenían la fortuna de morir cristianos.
Además, obligaban a los sacerdotes indígenas a presenciar estas demostraciones de amor al prójimo para que trasmitieran a sus pueblos la buena nueva: Quetzalcóatl había regresado.
Escribe Gay, op. cit. p. 519: “Decían los españoles que combatían por extender la fe de Jesucristo. Semejante excusa no era dictada por la buena fe; más suponiéndoles tal intención, jamás un recto fin es capaz de justificar inicuos medios. ¡Con los estragos de la guerra pretendían inculcar las dulces doctrinas de un Dios de mansedumbre! ¡Para extirpar la idolatría, comenzaban por dar muerte a los idólatras! El ser verdugo de los indios, ¿sería grato obsequio a la Divinidad? ¿Podrían creer los españoles que la diestra del Altísimo obraba aquella mudanza, de que daban buena cuenta dos millones de “ánimas (de la Española) é muchas más de todas partes, quemados vivos, asados en parrillas, echados á perros bravos, metidos a cuchillo, no perdonando ni a niños ni a viejos, ni a mujeres preñadas, i algunas veces escogiendo los más gordos para matarlos y sacarles el unto, porque era, dizque bueno para curar las llagas de los matadores?”
Nuestros indígenas eran exterminados sistemáticamente por ser indígenas y por su religión; no tenían derecho, como pueblos o como personas, a disfrutar de su libertad; no tenían derecho a la vida; eran considerados socialmente inferiores, sin identidad étnica ni cultural; sin origen, ni dignidad, eran objeto de todo tipo de represión, discriminación y destrucción; no podían decidir nada, ni participar en ningún evento social, cultural, económico y mucho menos político; no tenían retribución monetaria por su trabajo; les robaban sus tierras, territorios y recursos; destruyeron sistemáticamente sus tradiciones y costumbres; sus lugares arqueológicos fueron saqueados y arrasados; su religión fue abolida por la fuerza y las esculturas de sus dioses y templos fueron demolidos.
Sin excepción, los invasores eran idólatras, su único y verdadero dios era el oro. Sus caballos usaban herraduras y clavos de plata y Pedro de Alvarado, en Tututepec, mandó a hacer unos estribos y una cadena de oro para su caballo.
Por la sangre derramada, la muerte y el dolor que causo, en nombre de Dios y de su Majestad, Hernán Cortés “fue excomulgado en 1526, poco antes de embarcarse para España” (Gay, op. cit. p. 149. PD.- Cortés viajó a España en 1527) y el Rey lo relevó del mando como capitán general, el 4 de julio de 1526, y en el mismo año le inició un juicio de residencia.
