Dario Nolasco
Oaxaca de Juárez, Oax. 1 de noviembre. Al compás de “No me llores, no, no me llores no; porque si lloras yo peno,
en cambio si tú me cantas, mi vida,
yo siempre vivo, yo nunca muero. “La Martiniana” de Andrés Henestroza.”, familias de Xoxocotlán convivieron con sus seres queridos que se han adelantado al más allá y que según las creencias religiosas regresan en este día para celebrar la fiesta de los Fieles Difuntos, en la tradicional velada.
Una de las tradiciones en algunos de los municipios de los Valles Centrales de Oaxaca, es la velada del Panteón. A escasos 10 minutos de la capital oaxaqueña, se ubica Santa Cruz Xoxocotlán, en donde familiares se congregaron al panteón, para cumplir una vez más con sus viejos, jóvenes y niños que de alguna manera ya no están en esta tierra, pero sí en sus corazones.
Con el aroma de las flores de Cempasúchil que invaden el lugar, el atole, pan, calaveritas de azúcar, tamales y para brindar cerveza y mezcal, sin faltar la comida favorita de quienes ya no se encuentran en este mundo y aunque dolorosa la partida de sus seres queridos, celebran el regreso, y le demuestran con júbilo, el cariño y amor que dejara en sus vidas.
Abarrotado por familiares, turistas locales, nacionales y extranjeros, los dos panteones, el nuevo “Mictlancíhuatl”, y el de San Sebastián, conocido como “el panteón viejo”, que en un principio era el templo donde rendían culto a “San Sebastián”, que fue edificado en 1606.
Sin embargo, debido a sus dimensiones y a su construcción con adobe, el edificio no soportó los temblores, por lo que se tuvo que construir un nuevo templo, desde entonces los antepasados ocuparon alrededor de iglesia derrumbada para enterrar a sus muertos.
“Hasta que el cuerpo aguante” decía, don Herminio, y para contrarrestar el frío y el sereno de la madrugada, brindaban con cerveza y mezcal, quien junto con sus hijos y nietos rodeaban una tumba adornada de flores e iluminada de decenas de veladoras.
Por su parte la señora Leovigilda Hernández San Juan, originaria del Estado de México, expresó su felicidad por conocer esta tradición de cómo la gente de este lugar celebra a la muerte, con misticismo y algarabía, “es una noche completa en donde la gente ofrece no sólo una tradición sino tamales, atole, mezcal, entre otras ofrendas”.
Cada quién llora y festeja a sus difuntos de diferente manera y de acuerdo con sus posibilidades, algunos con rezos, otros cantando ya sea acompañado de una grabadora, un trío, una banda o un mariachi.
Entre el bullicio de los miles de visitantes, algunas mujeres ataviadas de catrinas, catrines pintados del rostro, otros con máscaras caminando entre las tumbas, se escuchaban desde las canciones clásicas como “Amor Eterno”, de Juan Gabriel, así como el himno de los oaxaqueños “Dios nunca muere” de fondo musical, del autor Macedonio Alcalá.
Algunos más entonaban, “Veinte mujeres hermosas al panteón van a llegar todas vestidas de negro mi cajón van a rodear. Unas lloran de tristeza, otras su dolor sincero, otras si no me equivoco le están llorando al dinero”, canción que interpreta el cantante Lupillo Rivera.
Afuera del panteón viejo, se instaló una exposición de Tapetes de Arena y la levantada de Cruz, tradición que es propia de las ceremonias funerales en las poblaciones de los valles centrales de Oaxaca.
Según la historia, antiguamente, el cuerpo del difunto era tendido en el suelo sobre una cruz de cal que significaba las tres horas de agonía que Jesucristo pasó en la Cruz antes de morir; con la cabeza sobre un ladrillo, y al colocar al difunto sobre ella, se representa que se muere de la misma manera que murió Cristo.
Después del sepelio se lleva a cabo un novenario de rezos que recuerdan los nueve meses que pasamos dentro del vientre materno, y al cabo de estos días se elabora un tapete de arena con imágenes religiosas y el dibujo de las Doce Pasiones de Cristo, sobre la cruz de cal donde se tendió el cuerpo.
Luego de rezar, se “levanta la cruz” al recoger la arena y la cal del tapete, -este acto son realizados por los “padrinos” que los familiares buscan para ello- y que se lleva a la tumba del difunto a las doce de la noche, donde nuevamente se reza por su eterno descanso.
Al día siguiente se vuelve a ir al camposanto a dar los buenos días a la tierra, con el rezo de un rosario.
De esta manera, los habitantes de Xoxocotlán cumplieron una vez más con la velada del panteón para recordar a sus dituntos, para el disfrute de los visitantes que se maravillaron con esta tradición.
