¿De dónde vienen y adónde van los niños indocumentados que llegan a los Estados Unidos?
Presentamos un adelanto del nuevo libro de Valeria Luiselli.
Oaxaca de Juárez, 11 de noviembre. “¿Por qué viniste a los Estados Unidos?” Ésa es la primera pregunta del cuestionario de admisión para los niños indocumentados que cruzan solos la frontera. El cuestionario se utiliza en la Corte Federal de Inmigración, en Nueva York, donde trabajo como intérprete desde hace un tiempo. Mi deber ahí es traducir, del español al inglés, testimonios de niños en peligro de ser deportados. Repaso las preguntas del cuestionario, una por una, y el niño o niña las contesta. Transcribo en inglés sus respuestas, hago algunas notas marginales, y más tarde me reúno con abogados para entregarles y explicarles mis notas. Entonces, los abogados sopesan, basándose en las respuestas al cuestionario, si el menor tiene un caso lo suficientemente sólido como para impedir una orden terminante de deportación y obtener un estatus migratorio legal. Si los abogados dictaminan que existen posibilidades reales de ganar el caso en la corte, el paso siguiente es buscarle al menor un representante legal.
Pero un procedimiento en teoría simple no es necesariamente un proceso sencillo en la práctica. Las palabras que escucho en la corte salen de bocas de niños, bocas chimuelas, labios partidos, palabras hiladas en narrativas confusas y complejas. Los niños que entrevisto pronuncian palabras reticentes, palabras llenas de desconfianza, palabras fruto del miedo soterrado y la humillación constante. Hay que traducir esas palabras a otro idioma, trasladarlas a frases sucintas, transformarlas en un relato coherente, y reescribir todo eso buscando términos legales claros. El problema es que las historias de los niños siempre llegan como revueltas, llenas de interferencia, casi tartamudeadas. Son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo.
“¿Por qué viniste a los Estados Unidos?” Las respuestas de los niños varían, aunque casi siempre apuntan hacia el reencuentro con un padre, una madre, o un pariente que emigró a Estados Unidos antes que ellos. Otras veces, las respuestas de los niños tienen que ver no con la situación a la que llegan sino con aquella de la que están tratando de escapar: violencia extrema, persecución y coerción a manos de pandillas y bandas criminales, abuso mental y físico, trabajo forzoso. No es tanto el sueño americano en abstracto lo que los mueve, sino la más modesta pero urgente aspiración de despertarse de la pesadilla en la que muchos de ellos nacieron.
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El tráfico avanza, pesado y lento, mientras cruzamos el puente George Washington desde Manhattan hacia Nueva Jersey. Volteo a ver a nuestra hija, que duerme en el asiento trasero del coche. Respira y ronca con la boca abierta al sol. Ocupa el espacio entero del asiento, desparramada, los cachetes colorados y perlas de sudor en la frente. Duerme sin saber que duerme. Cada tanto me volteo a verla desde el asiento del copiloto, y luego vuelvo a estudiar el mapa —un mapa demasiado grande para ser desplegado en su totalidad. Detrás del volante, mi marido se ajusta los lentes y se seca el sudor con el dorso de la mano.
Es julio de 2014. Vamos a manejar, aunque aún no lo sabemos, desde Manhattan hasta Cochise, en el sureste de Arizona, muy cerca de la frontera entre México y Estados Unidos. Llevamos unos meses esperando a que nos aprueben o nieguen la solicitud que hicimos para obtener el permiso de residencia permanente, o Green Card, y mientras esperamos no podemos salir del país.
Según la terminología de la ley migratoria estadounidense, ligeramente ofensiva, durante los tres años que llevábamos viviendo en Nueva York, habíamos sido “non-resident aliens” (en traducción literal “alienígenas sin residencia”, y, en traducción más exacta, “extranjeros sin residencia permanente”). “Aliens” es como se les llama a todas las personas no estadounidenses, sean residentes en el país o no. Hay, por ejemplo, “illegal aliens”, “non-resident aliens” y “resident aliens”. Ahora éramos “pending aliens”, dado que nuestro estatus migratorio estaba irresuelto, aún pendiente. Por entonces bromeábamos, un tanto frívolamente, sobre las posibles traducciones al español de nuestra situación migratoria intermedia. Éramos “alienígenas en busca de residencia”, “escritores buscando permanencia”, “permanentes alienígenas”, “mexicanos pendientes”. Sabíamos en lo que nos estábamos metiendo cuando decidimos pedir la Green Card: los abogados, el costo económico, los largos meses de incertidumbre y espera, y el impedimento legal, sobre todo, para salir del país mientras esperábamos respuesta a nuestras solicitudes.
Cuando por fin las enviamos, hubo unos días extraños, circunspectos, como si al depositar ese sobre en el buzón de correos nos hubiéramos dado cuenta, de golpe, de que habíamos llegado a vivir a un nuevo país, aunque en realidad ya llevábamos varios años viviendo ahí. Supongo que por primera vez nos hicimos, cada quien a su manera, la primera pregunta del cuestionario: “¿Por qué viniste a los Estados Unidos?” No teníamos una respuesta clara, pero decidimos que si nos íbamos a quedar a vivir en Estados Unidos, tendríamos al menos que conocer mejor el territorio. Así que en cuanto llegó el verano compramos mapas, rentamos un coche, hicimos playlists y salimos de Nueva York.
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El cuestionario de solicitud para la Green Card no se parece en nada al cuestionario de admisión para niños indocumentados. Cuando solicitas una Green Card hay que responder preguntas como: “¿Tiene usted la intención de practicar la poligamia?” o “¿Es usted miembro del Partido Comunista?” o incluso “¿Alguna vez ha usted incurrido, a sabiendas, en un crimen de bajeza moral?” A pesar de que nada debe ni puede ser tomado a la ligera cuando pides permiso para vivir en un país que no es el tuyo, pues estás siempre en una posición vulnerable, y más aún tratándose de Estados Unidos, es inevitable ignorar el tono casi enternecedor de las preocupaciones del cuestionario de la Green Card y sus visiones de las grandes amenazas del futuro: libertinaje, comunismo, flaqueza moral. El cuestionario tiene la inocencia de lo retro, la obsolescencia de ideologías pasadas, y recuerda la calidad granulosa que tenían las películas sobre la Guerra Fría que veíamos en formato Beta. El cuestionario de admisión para los niños indocumentados, en cambio, es frío y pragmático. Está escrito como en alta resolución y es imposible leerlo sin sentir la creciente certidumbre de que el mundo se ha vuelto un lugar mucho más jodido.
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Antes de la primera pregunta formal del cuestionario para niños indocumentados, el intérprete que los entrevista tiene que llenar un formulario con los datos biográficos esenciales del menor: nombre, edad, país de nacimiento, nombre de su guardián en los Estados Unidos, y nombres de las personas con las que el menor vive actualmente, si se trata de alguien distinto que el guardián.
Unas líneas más abajo, dos preguntas flotan sobre la página como un silencio incómodo, seguidas por espacios vacíos:
¿Dónde está la madre del niño/a? _________________ ¿el padre? _________________ .
Más información en:http://www.gatopardo.com/reportajes/ninos-indocumentados-perdidos-valeria-luiselli/


