Oaxaca de Juárez, 9 de agosto. 
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Como todos los domingos, le dedicamos a Dios un momentito, participando de la Eucaristía, celebrando juntos lo que nosotros decimos con sencillez, la misa, la misa dominical.
Es uno de los mandamientos de nuestra Madre Iglesia. Dice, así lo aprendimos, oír misa entera los domingos y fiestas de guardar, así lo aprendimos.
El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice: amar a Dios con todo nuestro ser y el tercer mandamiento de la ley de Dios dice: santificar los días de fiesta. Juntemos esos dos mandatos divinos y el mandato de la Iglesia y, por eso, estamos aquí, porque amamos a Dios por encima de todo, porque queremos santificar el día domingo, el día del Señor y porque queremos encontrarnos como familia, como los hijos de Dios para alabar, bendecir y dar gracias a Dios.
Gracias por su presencia, gracias por dedicarle a Dios este momento, gracias por abrir su corazón y no solamente sus oídos, para escuchar a Dios.
Ya lo hemos escuchado en la proclamación de Su Palabra, algo nos ha de decir Nuestro Señor en estos mensajes que acabamos de escuchar. Hoy, de nuevo, Dios nos dice que lo busquemos, no en los acontecimientos extraordinarios, nos dice, en el silencio. El profeta, que había sido expulsado, que estaba sufriendo, que se sentía solo y abandonado, fue al Horeb y ahí estaba y hubo estruendo y hubo rayos y hubo lluvia, hubo muchas cosas, pero en todo eso, dice el texto, no estaba el Señor, no estaba Dios. Luego sintió una brisa suave y se tapó el rostro, se tapó el rostro en la brisa suave, porque iba pasando Dios. Ahí sintió la presencia de Dios, la cercanía de Dios y se dio cuenta de que no había sido abandonado. Dios estaba con él, Dios se encontró con él de nuevo.
A veces, nos hace falta alejarnos un poquito del ruido, de muchas cosas y tranquilizarnos y ponernos en paz, en el silencio, para sentir esa brisa suave y poder sentir la cercanía de Dios, la presencia de Dios en nosotros.
Espacios tenemos, nuestros templos son espacios para sentir esa brisa suave. Esta Iglesia Catedral, otros lugares sagrados que tenemos, podemos sentir la brisa suave, para entrar en diálogo con Dios, pero no se olvide que también su hogar es una pequeña Iglesia, una pequeña Iglesia doméstica y ahí, en su casita, usted puede encontrar un rinconcito donde sienta la brisa suave y pueda entrar en diálogo con Dios.
Usted mismo, usted mismo, tome conciencia, no se olvide, es templo vivo del Espíritu Santo, en usted vive Dios, en usted habita Dios. Haga el silencio, sienta esa suavidad y disfrute, disfrute esos instantes que tanto necesitamos para sentir la fuerza divina, la gracia divina, la compañía de Dios, porque nunca estamos solos, creemos que estamos solos a veces, nos sentimos abandonados, nos sentimos olvidados. La vida es tan difícil, tan desgastante a veces, que nos sentimos sin fuerzas. Ahí es donde nosotros tenemos que encontrarnos y sentir presencia divina en nuestra vida, presencia divina.
El Evangelio nos ha dejado también una enseñanza, sumamente interesante. Los discípulos, los apóstoles, por orden de Nuestro Señor, suban a la barca y vayan a la otra orilla. Subieron a la barca, comenzó a sentirse un fuerte viento, las olas movían aquella barca, Nuestro Señor despidió a la gente, aquella gente a la que había dado de comer con cinco panes y dos pescados, los despidió y se fue a orar, porque eso hacía Nuestro Señor, oraba, hablaba con Su Padre.
Aprendamos del Señor Jesús, que es Nuestro Maestro, a hablar con Nuestro Padre, con Nuestro Padre Dios, a darle gracias por el alimento, a darle gracias por las bendiciones, a darle gracias por tantos y tantos detalles que nos pasan en la vida, aprendamos a ser agradecidos y a tener esos momentos de intimidad con Dios, como nos los presenta Nuestro Señor, que se fue a solas a la montaña para orar.
Usted también busque esos momentos de estar solo, pero acompañado. En un momento, el Señor camina, porque va de nuevo al encuentro de sus apóstoles, porque no los va a dejar solos, va al encuentro con ellos y camina sobre el agua, camina sobre el agua. Usted y yo nos preguntamos, no se puede caminar sobre el agua, nos vamos para abajo, pero Él sí caminó sobre el agua, Él sí puede, Él lo puede todo, nos dan testimonio los que vieron al Señor caminando sobre el agua, que creían era un fantasma y dice el Evangelio, daban gritos de terror, estaban asustados, no solamente por la tempestad que les agarró en medio del mar, sino por lo que estaban viendo, hasta que en un momento descubrieron, por la voz de Nuestro Señor, que Él era. “Tranquilícense”, les dijo, “no tengan miedo, soy Yo”. Esa fue la frase que pronunció el que iba caminando sobre el agua, que creían que era un fantasma.
Al escucharlo se dieron cuenta que era Jesús y Pedro le dijo: “si Tú eres, Señor, mándame ir a Ti caminando sobre el agua”. No se había acabado el viento, no se había acabado la tempestad, se tranquilizó todo hasta que el Señor subió a la barca y Pedro comenzó a caminar sobre el agua, pero dice el Evangelio, sintió la fuerza del viento, dejó de mirar a Nuestro Señor y comenzó a sentir lo que había en su exterior, ya no estaba contemplando a Nuestro Señor que le había dicho, ven, ven. Lo dejó de mirar y, entonces, sintió la fuerza del viento y comenzó a hundirse, dejó de caminar y, el Señor, extiende Su mano porque grita él: “Señor, sálvame” y le tiende la mano.
Hombre de poca fe ¿por qué dudaste? ¿No nos dirá a veces Nuestro Señor eso mismo? Cuando estamos en alguna tribulación, en alguna angustia, en algún gran problema, en alguna gran necesidad, que invocamos al Señor, pero nos sentimos sin fuerzas, ¿no nos dirá Nuestro Señor, por qué dudas, por qué dejas de mirar?
Miremos siempre a Nuestro Señor. En esos momentos de grandes dificultades, mire a Nuestro Señor, en su vivencia de fe, mírelo y dígale que hay una tempestad en usted, que hay una gran angustia, que hay una gran desilusión, que hay una gran amargura, que hay una gran preocupación, pero mírelo, no deje de mirarlo, porque si lo deja de mirar, el viento lo va a derrumbar, toda esa problemática que está viviendo lo va a derrumbar, lo va a tumbar, lo va a hundir más, pero si usted pone su mirada fija en el Señor y le está hablando a Él y le está diciendo: necesito, Señor, sálvame, sálvame, sácame adelante, no quiero seguir hundido en esto, quiero tener fuerza, quiero tener gozo, alegría, ilusiones, esperanzas, levántame.
Háblele a Nuestro Señor, como le habló Pedro cuando sintió que se hundía: Sálvame, Señor. El Señor subió a la barca y dice, se postraron los apóstoles y le dijeron: verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios, hicieron un acto de fe, verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios… se fue la luz, pues ahora vamos a gritar. Ahora vamos a gritar. El Hijo de Dios siempre está con nosotros, nunca nos va a abandonar. De eso usted debe de estar siempre seguro y guarde eso en su corazón, guárdelo siempre y, en esos momentos, en esos momentos de fuerte tormenta en la vida, usted invoque, invoque a Nuestro Señor: Sálvame, sácame de esto, levántame, ayúdame, se lo ha gritado muchas veces, pero a lo mejor Nuestro Señor nos podrá decir: hombre de poca fe, como se lo dijo a Pedro. Hombre de poca fe.
Nos dirá, hombre de poca fe y nosotros tenemos que decirle: Señor, creo en Ti, pero aumenta mi fe. A veces tengo una fe muy débil, muy frágil, cuando soy probado en ciertas cosas, me desanimo, pierdo la ilusión, pierdo el ánimo. No lo pierda, siempre mire a Nuestro Señor y al escuchar o al proclamar esa última frase: verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios, vino a mi mente que esa frase la pronunció el centurión romano, cuando murió Nuestro Señor en la Cruz: verdaderamente, este es Hijo de Dios, la misma frase la pronunció el centurión al morir Jesús en la Cruz.
Entonces, no tenga duda de que el Señor está en medio de nosotros, porque también nos dijo: Yo voy a estar con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. No dude, no desconfíe, para que se pueda levantar, para que pueda salir adelante.
Les deseo una feliz semana a todos ustedes, veo que hay muchas personas que nos siguen visitando, pues eso es bueno para nosotros los oaxaqueños, es buenísimo, porque nos alimentan a cientos de familias por su presencia entre nosotros. Muchas gracias por visitarnos, por pasar unos días en nuestra ciudad y en nuestros pueblos, gracias por todo ello y cuando regresen a su casita, pues alegres, felices por lo que han disfrutado ustedes y a seguir su vida ordinaria sin perder de vista que el Señor es quien los va acompañando en toda su vivencia, en todo su proceso de cada día.
Siempre invoquen a Dios, confíen en Él y salgan adelante, principalmente cuando son probados por ciertas situaciones que se viven, no se angustien, agarren fuerza en Nuestro Señor, contémplenlo y siéntalo, como decíamos, en esa brisa suave, en ese silencio interior.
Dios nos acompañe siempre, y María Nuestra Madre, a quien vamos a celebrarle una fiesta por su Asunción gloriosa a los cielos el próximo sábado, nos siga acompañando a todos nosotros, que somos los discípulos del Señor, porque Ella es Nuestra Madre y la reconocemos como tal, porque así nos la dejó Nuestro Señor: Mujer, ahí tienes a tu hijo y nosotros somos esos hijos de Ella. Que nos bendiga la Madre de Dios y Madre nuestra en esta semana.
Que así sea.


