Oaxaca de Juárez, 23 de enero. Faltaban unas horas para partir, aunque él no lo sabía. Joaquín El Chapo Guzmán tomó la charola de alimentos que le pasaron por una pequeña rendija y la colocó en su anaquel de metal. Le quitó el plástico que la cubría, acomodó aquel banco y se sentó para comenzar a comer uno de los platillos más típicos de nuestro país: pollo con mole, arroz, tortillas de maíz y frijoles refritos.
Esa fue la última comida en México de quien fuera considerado el narcotraficante más poderoso del mundo. Sólo dos horas después, estaba ya esposado y al pie de las escalinatas del avión que lo llevaría extraditado a una prisión de Estados Unidos.
La Razón tuvo acceso a una serie de imágenes de los últimos momentos del capo en su celda del Centro Federal de Readaptación Social Número 9 en Ciudad Juárez y al último menú que le prepararon previo a su partida.
El capo se terminó el pollo con mole y el arroz, también se tomó su vaso de agua de mandarina. La barra de avena y la pepitoria que le dieron, las guardó para después… al final ya no tuvo oportunidad de disfrutarlas.
El postre no fue lo único que quedó inconcluso en la celda del penal de máxima seguridad. El Chapo Guzmán tampoco pudo terminar de leer aquel libro que recientemente le habían dado las autoridades penitenciarias.
Ahí, en su celda, quedó el ejemplar de Vivir para contarla, la novela donde Gabriel García Márquez relata parte de su infancia. El libro quedó hasta arriba de una pila de papeles que tenía en su mesa.
Aquellos documentos eran legajos de su expediente, ese que —tras colocarse sus lentes de aumento— leía y releía durante gran parte del día. El mismo con el que esperaba frenar su extradición.
El tablero de ajedrez con el que jugaba el exlíder del Cártel de Sinaloa, también se quedó ahí, justo debajo de la novela del premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez.
Las autoridades se lo dieron cuando llegó a este penal, proveniente del Altiplano. Durante algún tiempo, los directivos del reclusorio le permitieron jugar con el celador de guardia, pero tenía prohibido platicar con él.
Cada movimiento de peones, alfiles, torres, caballos… era grabado por la cámara que el custodio llevaba en el casco.
Sin embargo, en agosto pasado, esto cambió, revelaron funcionarios del penal federal.
Los hijos de El Chapo acababan de ser secuestrados en Puerto Vallarta por miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación y las autoridades decidieron restringir aún más el contacto del capo con personas que pudieran ayudarlo a tener algún vínculo con el exterior o con alguien que buscaran hacerle daño.
Las autoridades de la Comisión Nacional de Seguridad (CNS) tomaron todas las precauciones necesarias para que el sinaloense no tuviera oportunidad de planear nada. La mayor parte del día la pasaba en esa celda donde era vigilado por cámaras, custodios y un perro entrenado.
La tarde del jueves ahí dejó todo lo que tenía. Ahí quedaron sus lentes de aumento, su gorra color beige, sus sandalias, tres rollos de papel sanitario nuevos y uno a medio uso, también algunos vasos de unicel.
Sobre un banco quedó algo de ropa perfectamente doblada y una cobija. En el piso un garrafón de plástico con agua purificada. La cama de El Chapo quedó destendida y sobre su almohada dejó una pequeña toalla para manos.
Las pertenencias del otrora narcotraficante más poderoso del mundo fueron levantadas e inventariadas por las autoridades penitenciarias, por si a caso su familia quiere ir por ellas. Guzmán Loera se encuentra ya encerrado una celda de Estados Unidos.

La Razón

