II DOMINGO DE ADVIENTO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA 
Oaxaca de Juárez, 7 de diciembre. Segundo domingo del tiempo de Adviento y, por la gracia de Dios, nos reunimos en la Iglesia Catedral para vivir nuestro encuentro con Dios, un encuentro vivo, porque así debe de ser y sintamos la presencia de Dios.
Estamos también en este Santuario de Gracia, por el Jubileo Ordinario, que en su momento el Papa Francisco aperturó y que al Papa León le tocará clausurar.
Nosotros, en nuestra Iglesia Catedral, vamos a clausurar el año de gracia el día domingo 28 de diciembre a las 5 de la tarde, será la clausura de nuestro año de gracia del Jubileo Peregrinos de Esperanza y vamos en este proceso viviendo la esperanza, porque es el tiempo de la espera, de la espera de poder conmemorar el nacimiento de Nuestro Redentor, de Nuestro Salvador, el nacimiento del Emmanuel, del Dios con nosotros.
El pueblo de Israel se preparó durante siglos para recibir al Mesías. Dios fue suscitando profetas en su pueblo, para que en su nombre hablaran y transmitieran mensaje y fueran alimentando al pueblo elegido, al pueblo de las promesas y, hoy nos dice el profeta Isaías, del tronco de Jesé y nos habla de cómo va a ser el que viene del tronco de Jesé y nos habla de cómo va a ser el que viene del tronco de Jesé, estará lleno de sabiduría, de inteligencia, de ciencia, de consejo, de fortaleza, de piedad, de temor de Dios. Si ustedes se fijan, son los dones del Espíritu Santo.
El Mesías ha sido anunciado por los profetas y el último de los profetas del antiguo testamento que es Juan el Bautista, prepara el camino del Señor y nos invita a hacer recto el sendero, nos invita a corregirnos, a renovarnos, a reconciliarnos con Dios y a dar muestras de reconocimiento de nuestras miserias, de nuestro pecado y de que cambiamos de vida.
Que importante es aprovechar el tiempo del Adviento para preparar nuestro corazón y no me diga que usted ya está convertido. Nos tenemos que convertir a diario, porque todos los días somos pecadores, eso no significa que todos los días cometamos pecados, no, pero sí somos pecadores, estamos inclinados al mal y, en nuestras vivencias, hemos pecado, nos hemos equivocado y, por esos errores que hemos cometido, por esos pecados hay que reconciliarnos con Dios, hay que convertirnos, hay que enderezar nuestros pasos. Nos invita Juan el Bautista a que tengamos esa actitud de conversión.
El Reino de Dios está cerca, arrepiéntanse, arrepiéntanse, conviértanse. Ojalá y esas palabras de Juan el Bautista, resuenen en nuestros oídos y lleguen hasta nuestro corazón y tomemos una decisión, ¿qué es lo que más estorba para que esté presente en mí el Mesías? y trabajemos en ello y demos esos frutos de conversión, demos esos frutos y, si damos esos frutos, serán beneficiados nuestros seres queridos, en primer lugar, ellos serán los primeros, después de nosotros, por supuesto, porque si yo me convierto, el primer beneficiado soy yo, pero enseguida los que me rodean.
Mi conversión traerá alegría, gozo, paz, en esa relación con nuestros hermanos, pero es necesario convertirnos, es necesario trabajar esos aspectos que impiden que Nuestro Señor esté presente en nosotros.
No desaprovechemos esta semana, no la desaprovechemos, segunda semana del Adviento, aprovechémosla y analicemos nuestra vida, qué tenemos que hacer.
Preguntémonos cada uno de nosotros. Esto es lo que yo tengo que hacer, porque quiero vivir esa conversión de corazón para llegar a la fiesta de Navidad siendo un hombre de luz, no un hombre que vive en las tinieblas, no un hombre que vive en el pecado, quiero ser un hombre de luz que vive en la gracia, que se reconcilia con Dios, que se reconcilia consigo mismo y con los demás, que da frutos, frutos que agradan a Dios, trabajemos en esta semana así.
Y cada año, elegimos un domingo de nuestro Adviento para venir aquí, como Seminario Pontificio de la Santa Cruz y que algunos alumnos de nuestro seminario reciban ministerios.
Uno de ellos, ha pedido candidatura, ha pedido ser aceptado a las órdenes sagradas y vamos a vivir este momento de candidatura. Otros dos han pedido completar los ministerios, porque ya tienen el ministerio de lector y, ahora, quieren recibir el ministerio de acólitos. Son dos de ellos, uno ya terminó toda su formación y está realizando su apostolado en el Santuario de Juquila. Allí, mirando y palpando el amor de nuestro pueblo a la Inmaculada de Juquila, creciendo en el amor a Dios y en el amor a la Madre de Dios, mirando peregrinos que llegan al Santuario y que eso está alimentando su fe. Pues hoy recibe el ministerio de acólito, para que enseguida ellos soliciten, cuando lo quieran, libre y conscientemente el Diaconado y entren a formar parte de los que reciben ese sacramento del orden sacerdotal.
Así es nuestra esperanza y, miren, aquí están los que integran nuestro Seminario Pontificio de la Santa Cruz, un grupito de jóvenes, a lo mejor a usted se le hacen muchos, muchos jóvenes, a mí se me hacen muy poquitos y ¿sabe por qué?, porque tenemos en nuestra Arquidiócesis 120 parroquias y en todas las parroquias está un sacerdote, uno, y yo quisiera que estuvieran dos, por lo menos y si le aumento el número, imagínese. Entonces, por lo pronto necesito 120 sacerdotes, cuéntele, cuéntele y, otra cosa, si los cuenta todos, ahí están seminaristas de Puerto Escondido, Diócesis de Puerto Escondido, Diócesis de Tuxtepec, de Mixes, de Huautla, de Tehuantepec, provincia de Oaxaca y si aquí digo que tenemos 120 allá me dicen que tienen a lo mejor 40, allá me dicen 70, 40, 30, 15 y sumadas son un montón y cada una de nuestras Diócesis estamos padeciendo que no tenemos vocaciones a la vida sacerdotal, no tenemos vocaciones. ¿Por qué no tenemos vocaciones, por qué? Pregúntese usted, ¿por qué? No vamos a decir, es que porque Dios no llama a los jóvenes, ¡ah!, mire, otra vez le vamos a echar la culpa a Dios, le vamos a echar la culpa a Dios. Dios no llama a los jóvenes, ¿está en la verdad usted?, ¡no, Dios llama!, ahora preguntemos ¿por qué los jóvenes de hoy no responden a ese llamado? ¿por qué? Y no vamos a responder nada más, “es que no quieren ser sacerdotes” y nos estamos haciendo a un ladito todos, ya dijimos que Dios no llama, no, ya aceptamos que sí llama y que sí toca los corazones, pero los jóvenes no tienen respuesta. ¿En que momento vamos a sentir que somos responsables de que no haya vocaciones? ¿en qué momento?
Usted, ¿ha promovido las vocaciones a la vida sacerdotal? A lo largo de su vida le ha dicho usted a un joven, a uno ¿no quieres ser sacerdote? ¿se lo ha dicho? A uno. A lo mejor muchos vamos a decir “yo nunca se lo he dicho a nadie”, entonces ¿cómo queremos que haya sacerdotes si nuestros labios permanecen cerrados y no le hablamos a los jóvenes y tocamos, nunca has pensado ser sacerdote?
Ahí en nuestros pueblos hay jóvenes y muchos y usted conoce jóvenes sanos, limpios, rectos, ordenados, buenos muchachos, trabajadores, respetuosos ¿por qué no toca usted el corazón de esos jóvenes? ¿por qué no les dice “oye, tu vocación no será el sacerdocio”, piénsale, piénsale?
Ándele, necesitamos de su voz para que en el entorno de su familia usted les diga algo, porque a lo mejor va a decir “es que no promueven, no van a nuestros pueblos ustedes. Usted Obispo, vaya a nuestro pueblo y así como está hablando aquí vaya y hable allá ¿y por qué no lo hace usted? ¿por qué no lo hace?
La mies es mucha y los obreros pocos, ruegue, yo sé que usted hace oración, pero creo que está faltando el otro elemento, promueva a través de sus labios, mire con sus ojos, contemple a jóvenes, mírelos y dígale un día, anímese a decirle “oye, me he estado fijando en ti, porque te he visto aquí, te he visto allá, te he visto en muchas partes, te he visto en grupos de jóvenes, te he visto que vas a la Eucaristía, te he visto que participas con mucha fe, con mucha piedad y me llama la atención verte, ¿no te estará llamando Dios al sacerdocio?, porque te he observado durante buen tiempo y miro esto, miro todo esto y ahora te digo esto ¿no te llamara Dios al sacerdocio?
¿Por qué no le dice? Y usted, papá, ¿por qué no le dice a su hijo? Y probablemente diga: “no, es que yo quiero que sea abogado, que sea arquitecto, que sea licenciado, que sea ingeniero, que sea maestro, que sea doctor, que tenga otra profesión, pero no la de cura, no, la de cura no, esa no me gusta, esa no me cae bien. ¿De dónde va a sacar Dios entonces candidatos al sacerdocio si usted, papá, no quiere que Dios toque a uno de sus hijos, todo menos un sacerdote.
Aquí está la familia de mis hermanitos, felicidades porque se decidieron, retrasadones, pues, pero se decidieron. Nadie los presiona, no, porque yo no quiero que ustedes lleguen al sacerdocio presionados en su libertad, no, presionados en su libertad no, sino con su voluntad y con toda la libertad.
Jovencitos del propedéutico, jovencitos de la etapa discipular, jovencitos de la etapa configuradora, que les motiven nuestros tres hermanitos que hoy reciben algo, que les motiven usted piense y haga las cuentas: “estoy en el propedéutico y me faltan tres y cuatro, siete, pero dentro de seis yo voy a estar aquí, recibiendo ministerios, dentro de 6 años” ¿ya le hicieron la cuenta en qué año van a ir de la configuradora? No saben hacer cuentas, no saben. Van a estar en tercero de la configuradora, ¿no les salían las cuentas?, miren, pues. ¿Se brincaron uno, se saltaron uno? Van a estar aquí, recibiendo el ministerio de acólitos, porque ya desde antes, desde el segundo de la configuradora, ustedes pidieron candidatura, candidatura y recibieron el ministerio de lectores, el ministerio de acólitos y dentro de siete años voy a pedir mi diaconado y dentro de nueve voy a ser sacerdote… ustedes no vayan a hacer esas sumas, dentro de nueve, no pues ya estás demasiado, no, no, no, no, antes de que me vaya.
Muy bien. Hagan la cuenta y llénense de esperanza. Yo tengo mucha esperanza, cuando los miro a ustedes que son felices, también cuando los miro que me miran con mucho respeto, con mucha admiración. Así miraba yo a mis formadores y a mis superiores, así los miraba, como ustedes me miran a mí. Así miraba yo a mi Obispo, así como ustedes me miran, con amor, con respeto, con admiración y yo quiero que, un día, nuestros hermanos de estos pueblos nuestros los miren a ustedes con admiración, ha consagrado su vida a Dios para siempre en el ministerio sacerdotal y nos han mandado a nuestra comunidad un sacerdote jovencito, para que inicie con nosotros su ministerio, qué alegría tener un sacerdote jovencito y los van a mirar, los van a contemplar y se van a admirar de ustedes y les van a regresar esas miradas que ustedes tienen hoy, se las van a regresa y cuando se sientan mirados así le dirán a Dios: “gracias, te alabo y te bendigo, porque esa admiración no es por mi persona, sino por lo que yo realizo en Tu nombre, porque soy un sacerdote, porque me llamaste al ejercicio del ministerio sacerdotal”, la gloria para Dios, no para nosotros, sólo para Dios y eso va a llenar nuestro corazón y eso nos va a hacer felices, muy felices.
Vale la pena renunciar a nuestra familia, renunciar a todo y consagrar nuestra vida a Dios. Vale la pena.
Pidan por nosotros, recen mucho por nosotros. Usted me quiere santo, hágame santo, doble sus rodillas ante el Sagrario y ahí santifíqueme con su oración. Hágame santo perdonándome, porque solamente con el perdón de mis pecados estaré lleno de gracia. Hágame santo diciéndole a Dios que tenga misericordia y me perdone, pero también usted perdóneme, y se lo pido en nombre de todos mis sacerdotes, perdóname, perdóname, necesito de tu perdón, necesito de tu misericordia, necesito de tu amor, y gracias por el amor, por el amor que tienes a Jesucristo en la persona del sacerdote, muchas gracias, no merecemos lo que somos y tampoco merecemos tu amor, pero gracias porque nos los das, muchas gracias.
Dios los bendiga a todos y que María, la Madre Nuestra nos siga acompañando en nuestro proceso. Bendiciones y perseveren jovencitos, perseveren con la ayuda de Dios, perseveren, no se compliquen la vida, no se compliquen la vida, ustedes entréguense a Dios y Dios hará su obra. Dios hace Su obra.
Felicidades a todos y que Dios nos acompañe en este segundo domingo del Adviento y que nos estemos convirtiendo cada día de corazón.
Que así sea.


