Fernanda Cardoso Caballero
Oaxaca de Juárez, 10 de agosto. Esta semana se conmemoraron los 70 años de uno de los sucesos que marcarían el rumbo de la política exterior por siempre. Lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki no sólo es uno de los acontecimientos más trágicos de la historia sino de los más preocupantes tratándose de la capacidad que tiene el ser humano de destruir a su propia especie.
“Las detonaciones salvaron miles de vidas”, esta era la excusa que escuchamos durante años por parte de Estados Unidos y que en la actualidad sabemos que no eran necesarias y que lo único que provocaron fue muerte y enfermedades por varias décadas y varias generaciones. La realidad es que la detonación de las bombas era innecesaria si partimos del hecho que Japón ya estaba rendido y que la Guerra del Pacífico ya había terminado.
¿Por qué dos bombas?, muchos no hemos preguntado sobre cuál era la finalidad de amedrentar a un país con dos bombas. Hoy sabemos que Japón fue el campo de experimentación de Estados Unidos y que, como casi siempre en la historia de su política exterior, necesitaba un pretexto para poder conocer el funcionamiento de bombas atómicas con Uranio y con Plutonio respectivamente.
Ya son 70 años desde que la humanidad fue testigo de lo crueles que se pueden tornar las guerras y de la inconciencia de la que el ser humano es presa. A siete décadas de lo acontecido en Japón encontramos países con un alto poderío nuclear, naciones y organizaciones con enormes arsenales y miles de intentos de la comunidad internacional por mitigar un conflicto que derive en un holocausto nuclear.
Bien dicen que el ser humano no tiene memoria y nos reconfortamos con la idea de que los países que mayor amenaza representan para la seguridad internacional son los primeros en tratar de mitigar el desarrollo de energías que propicien una carrera nuclear. No hemos sino sido presas de las justificaciones que un solo país tiene para con el resto del mundo y que ha sido el único en la historia en hacer uso de tan temible e infame invento.
Hoy ya no podemos frenar su evolución y menos la amenaza que representan estas tecnologías, pero podemos frenar su uso con fines bélicos y la inconciencia de los países que promueven su uso indiscriminado. El peligro no son Irán, ni Rusia ni Corea del Norte, el verdadero peligro es no tener miedo a perder el instinto de conservación que caracteriza a casi todos los seres vivos en este planeta y que contradictoriamente el ser humano adolece del mismo.
