VI DOMINGO DE PASCUA
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Oaxaca de Juárez, 25 de mayo. En la escucha de la Palabra de Dios, vivimos el encuentro personal con la Palabra Divina. El mensaje de Dios es dirigido a cada uno de nosotros. No lo queramos aplicar a los que no están aquí, a los que no escucharon este mensaje. No pasemos este momento diciéndonos: ojalá y hubiera venido mi esposo, mi esposa, mis hijos, para que escucharan el Mensaje Divino, no, Dios le habló a usted, a usted y usted enseguida va a llevar ese mensaje a las personas con las que vive, porque usted va a ser evangelizador.
Hay momentos en que somos evangelizadores y hay otros momentos en que somos evangelizados.
Vivamos esos dos momentos con intensidad, con fe, con piedad. Dios me habla a mí y yo voy a ir a hablar de Dios a mis hermanos.
Fijémonos en el texto del Evangelio, lo hemos escuchado, tal vez, en diferentes ocasiones. Con mucha frecuencia, este texto es proclamado cuando se administra el sacramento del matrimonio, cuando se administra el sacramento de la Confirmación. Hoy estamos en un domingo, es el discurso de despedida de Nuestro Señor, antes de ir a ofrecer su vida por todos nosotros. Se está dirigiendo a sus Apóstoles, les está dejando esa enseñanza, que la guarda muy bien el Evangelista y Apóstol San Juan y que nos lo transmite a nosotros.
¿Qué les dijo Nuestro Señor antes de ir a la Cruz, antes de ofrecerse al Padre por todos nosotros? Les invitó a amar, “el que me ama cumplirá mi Palabra, Mi Padre lo amará y haremos en Él nuestra morada”.
Yo no dudo del amor que usted tiene a Dios, no dudo. Sé que usted ama a Dios y sígalo amando, sígalo amando, pero sí quiero que usted, en este domingo se pregunte si es esa morada divina, si es la morada divina, porque Dios vive en usted desde el día de su santo bautismo, desde el día que lo adoptó como hijo, Dios habita en su persona y, en plenitud, el día de su Confirmación, le regaló a su Espíritu Santo. Usted es un templo vivo del Espíritu Santo.
Quiero que se pregunte: ¿soy en verdad la morada divina? Dios habita en mí, Dios vive en mí, pero ¿sí me he dispuesto a que viva Dios en mí? Y lo dice muy claramente Nuestro Señor, el que me ama, cumplirá mi Palabra, cumplirá.
Si usted me dice que es una morada divina, es porque está cumpliendo la Palabra de Dios, los mandatos divinos. Es porque usted está amando, no nada más a Dios, sino está amando a todos los que son morada divina y ¿quiénes son morada divina? Todos los que estamos aquí, todos en esta ciudad son morada divina y lo tengo que amar, porque él es morada divina y no le debo causar ningún daño, porque es la morada de Dios, porque Dios habita en él.
¿Nos miramos así usted y yo? ¿nos miramos así, como una morada de Dios? Y no salga de su casa, ahí métase en su casa. Ahí, ustedes, como familia, se miran con esa mirada de descubrir: la persona con la que vivo es una morada divina ¿o ya está harto de vivir con él o con ella? Porque así se escucha a veces: ya me hartaste, ya me cansaste y el otro responde igual ¿y tú no me has hartado? También me has hartado y se dicen cosas y se ofenden y se hieren los que un día prometieron amarse, los que un día engendraron, como fruto de su amor, unos hijos, unos hijos. ¿Cómo, cómo nos miramos ahí, cómo somos morada divina en nuestro hogar? ¿cómo hemos enseñado a estos hijos a que se sientan morada divina y a que respeten a los demás porque son morada divina?
Haremos en Él nuestra morada. Yo quiero que Dios encuentre en usted una hermosa divina, encuentre en usted un hermoso corazón, una hermosa sede de amor, porque es lo que nos hace felices, el amor, el amor.
Todavía es tiempo, todavía es tiempo. Siempre es tiempo para perdonarnos, para tenernos misericordia, para podernos contemplar con la mirada de Dios.
Mirémonos como nos mira Dios a nosotros, así, así mírense, ustedes en su hogar, como los mira Dios, con amor y misericordia y sólo así vamos a ser felices, haciendo sentir nuestro amor y siendo realmente la morada divina.
Dios nos ha regalado Su Espíritu Santo, pongamos a trabajar todos eso dones que Dios nos regaló el día de nuestro bautismo. Hay momentos en la vida difíciles, pero no te enfrentes a ellos con sólo tu fuerza, con sólo tu pensamiento, con sólo tu juicio.
En ti habita el Espíritu Santo, pídele ese auxilio, pídele esa iluminación, pídele que te ayude a leer en los acontecimientos de la vida qué es lo que Dios te está diciendo y te está pidiendo, pero hazte ayudar del Espíritu Santo que habita en tu corazón, para que tu juicio sea atinado.
Nos acaba de decir el Evangelio que nos regala Su Espíritu Nuestro Dios para que estemos en la verdad y caminemos en paz y estemos en paz. Mi paz les dejo, mi paz les doy, también nos ha dicho Nuestro Señor el día de hoy. ¿Y sí estamos en paz con Dios, con nosotros mismos y los demás?
Sabemos que no hay paz en muchos lugares, que hay mucha inseguridad, mucha violencia, no hay ese respeto. Con facilidad se persigue, se desaparece, se asesina, con mucha facilidad, pero en nuestro ambiente personal y en donde nosotros nos movemos, ¿trabajamos para que haya esa armonía y esa paz y ese buen entendimiento entre nosotros?, porque eso es lo importante, que nosotros tengamos esa vivencia y que no seamos causa de división, no seamos causa de odio, no provoquemos sentimientos de venganza, aprendamos a aceptarnos, a vivir en la armonía y en la paz, no nos enfrentemos.
Mi paz les dejo, mi paz les doy, nos acaba de decir Nuestro Señor. Esa es la verdadera paz que debemos nosotros trabajar y encontrar.
Disfrutemos esta semana, estamos llegando al final del tiempo Pascual. El próximo domingo vamos a celebrar la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. Dentro de quince días vamos a festejar la Festividad de Pentecostés, la Venida del Espíritu Santo y por eso nos vamos adentrando en estos misterios. El Señor se está despidiendo de sus apóstoles. El próximo domingo escucharemos que dirá: vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio y, el siguiente domingo, pues la presencia del Espíritu en nosotros, en nuestra Iglesia.
Que esta semana nosotros trabajemos para que seamos realmente la morada de Dios, la habitación divina y disfrutemos y gocemos, junto con los que nos rodean, la alegría de estar juntos, la alegría de ser familia, la alegría de ser hijos de Dios.
Que Dios nos bendiga a todos y que María, Nuestra Madre, la que acompañó a Su Hijo, la que fue realmente esa morada divina, porque en Su vientre, ahí se formó el Hijo de Dios, en esa naturaleza humana.
Ella le dio carne a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, a Dios Hijo le dio esa carne humana, fue morada, fue habitación divina, pues digámosle a María: “alcánzanos Gracia para ser realmente la morada de Tu Hijo Jesucristo todos y cada uno de nosotros y podamos responderle como discípulos y demos ese testimonio creíble de ser seguidores de Nuestro Señor, viviendo como Él nos invita a vivir.
Que así sea.