Oaxaca de Juárez, 10 de septiembre. Tomás Morales Vega se estremeció y se acurrucó junto a sus compañeros de trabajo en un pasillo estrecho frente al consultorio del médico. Sabían que estarían esperando un rato: solo había un médico en el centro de procesamiento de la plataforma Pol-A, una de las casi 240 plataformas y otras estructuras operadas en el Golfo de México por Petróleos Mexicanos (Pemex).
Afuera, el viento azotaba la plataforma y las olas se estrellaban contra sus imponentes patas de acero.
Morales, un ingeniero de integridad mecánica de 62 años, se había sentido enfermo durante días, pero cuando finalmente vio al médico le dijo que regresara a su litera; había muchas otras personas que estaban más enfermas que él. Siguió trabajando. Comía en un comedor mal ventilado con hasta 100 personas más.
Compartió 14 metros cuadrados de espacio habitable con tres hombres mientras trataba de ignorar el empeoramiento de sus mareos, fiebre y dolores de cabeza. Cuando un helicóptero llegó a buscarlo el 16 de abril, el cielo zumbaba con ambulancias aéreas que evacuaban a los enfermos de las plataformas y de un flotel cercano de Pemex, un hotel flotante con capacidad para 700 trabajadores.
“Había muchas personas infectadas”, asegura Morales. “Los médicos no pudieron sacar a la gente de las plataformas lo suficientemente rápido”.
Pemex ha reportado la muerte por COVID-19 de 314 empleados y siete trabajadores contratistas. Eso no solo tiene más que el resto de las principales compañías petroleras del mundo juntas. También es el mayor número respecto a las empresas a nivel global.
El punto ‘medular’ son las plataformas: para el 13 de agosto, 36 de los 7 mil 500 trabajadores de la plataforma de Pemex habían muerto a causa del SARS-COV-2, lo que significa que esos trabajadores tenían más del doble de probabilidades que otros empleados de Pemex de morir a causa de la enfermedad y 10 veces más probabilidades que el promedio de los ciudadanos.
Y si bien sus políticas y procedimientos ahora son más rigurosos, Pemex todavía sufre grandes brotes. En agosto, una enorme instalación flotante de procesamiento y almacenamiento de petróleo de Pemex frente a la costa de Campeche detuvo sus operaciones durante seis días debido a un brote.
Brote en alta mar

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Y, sin embargo, Pemex sigue bombeando , a pesar del colapso de los precios del petróleo en marzo y abril, y desafiando una tendencia global en la que se espera que la industria del petróleo y el gas tengan un recorte de 100 mil millones de pesos en gastos de exploración y producción, según la consultora Rystad Energy.
Pemex es una fuente clave de ingresos gubernamentales y de orgullo nacional. Una caída en la producción podría tener consecuencias políticas para el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha colocado a Pemex en el centro de sus planes para revertir tres décadas de lo que él llama política económica neoliberal.
Él señala a las agendas favorables al mercado de sus predecesores, en particular las reformas de 2014 que terminaron con el monopolio de Pemex y abrieron el sector energético a la inversión extranjera, de debilitar a la petrolera y, dijo en durante su campaña, de saquear las riquezas petroleras del país.
Después de asumir la presidencia en diciembre de 2018, se comprometió a revertir la disminución de la producción en Pemex y hacer que el país sea autosuficiente en energía.
Producción de petróleo de Pemex

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El 13 de abril, Pemex dio a conocer que había puesto en marcha un plan de emergencia para combatir el COVID-19 en plataformas marinas.
Los trabajadores en esas instalaciones aseguran que la compañía tardó en desinfectar los espacios de trabajo y de vivienda, reducir la cantidad de personal, evacuar a los empleados enfermos y proporcionar pruebas de diagnóstico antes de que las personas abordaran.
Las evacuaciones avanzaron lentamente porque los médicos tuvieron que pedir permiso a sus jefes en los hospitales y oficinas regionales administrados por la compañía para enviar a las personas a casa, lo que resultó en que los contagiados continuaran trabajando cerca de otras personas durante días después de informar los síntomas.
Entrevistas con más de una decena de empleados de Pemex, así como con exempleados, familiares y un abogado representante de los trabajadores, sugieren que en algunos lugares las condiciones han mejorado y en otros no.
Reflejando la población general de México, la fuerza laboral de Pemex cuenta con altas tasas de personas con diabetes, hipertensión y obesidad, condiciones que las hacen más vulnerables a las consecuencias de la nueva cepa de coronavirus.
Estas personas generalmente son tratadas en uno de los nosocomios de la red de 24 hospitales y clínicas de Pemex, que atienden a una población de aproximadamente 750 mil personas con derecho a los beneficios de salud de Pemex, incluidos 126 mil 274 empleados, sus familiares y jubilados.
Como gran parte del sistema de salud pública de México, la atención en los hospitales de la petrolera es irregular, con algunas instalaciones mal equipadas para hacer frente a la gran afluencia de pacientes con virus.
El titular de Pemex, Octavio Romero Oropeza, ha rendido homenaje a los empleados fallecidos en sus visitas a campos e instalaciones petroleras, pero no ha dicho nada públicamente sobre las cifras de la compañía.
Un representante de la empresa que pidió no ser identificado, citando la política del lugar, precisó que la firma informó de inmediato sobre las medidas que ha implementado para combatir el virus y no tenía más comentarios.
Andrés Oliva, vocero del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), que representa a más del 75 por ciento de los empleados de Pemex, aseveró en respuesta a preguntas enviadas por correo electrónico que los métodos de saneamiento en las plataformas de Pemex “fueron adoptados de acuerdo con los lineamientos del Consejo General de Salud de México”.
En el mejor de los casos, la respuesta de la petrolera al virus ha sido desigual. El 18 de marzo, la compañía anunció medidas de seguridad y saneamiento en la mayoría de sus instalaciones en tierra, incluidas refinerías y plantas petroquímicas.
Se exigió a los trabajadores que usaran gel antibacterial y cubrebocas, además de que se les revisaría la temperatura todos los días; se impuso el distanciamiento social y las oficinas y plantas se desinfectaron con regularidad.
Pero en las plataformas, donde el distanciamiento social es casi imposible, Pemex no saneó a fondo ni redujo la cantidad de personal hasta mayo, según cinco trabajadores de la plataforma.
También ese mes, la compañía comenzó a realizar pruebas de diagnóstico rápido en personas programadas para abordar plataformas, dicen los trabajadores. Aquellos que abandonan las plataformas y se dispersan por todas partes del país, sin embargo, todavía no se hacen las pruebas.
Óscar Ortíz, un probador analítico de gas natural en la plataforma Abkatún-Delta, comenta que antes de abordar el 30 de marzo, completó un cuestionario sobre síntomas y le revisaron la temperatura. Ese fue el alcance de los protocolos de seguridad de Pemex, expone.
Durante los siguientes meses hubo varios brotes en la plataforma y al menos cuatro personas murieron a causa del virus, dice Ortíz. “Las medidas de seguridad no se implementaron a tiempo y no fueron las correctas”, dice. “Te hace sentir impotente porque estas vidas podrían haberse salvado”.

Cuartoscuro
Eduardo Fernando Marín Castillo a menudo compraba dos asientos para acomodar su volumen en el autobús lleno que lo llevó 20 horas agotadoras desde su casa en Tampico hasta Ciudad del Carmen.
La ciudad es un importante centro petrolero y un punto de partida para los trabajadores en alta mar, que toman helicópteros hasta 104 kilómetros hasta las plataformas costa afuera en el Golfo de México.
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