V DOMINGO DE PASCUA 
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
Oaxaca de Juárez, 18 de mayo. Estamos viviendo el V Domingo de la Pascua y estamos en torno al altar, donde Jesucristo se va a ofrecer al Padre por todos nosotros, para el perdón de nuestros pecados.
Esto nos debe de llenar de alegría y de gozo, porque estamos en un encuentro vivo con el Señor Resucitado, encuentro vivo. Sintamos Su presencia, Su cercanía. Sintamos el grande amor de Dios.
La Palabra que hemos escuchado nos habla de las dificultades que fueron encontrando los Apóstoles y los Discípulos al inicio de la historia de la Iglesia. Anunciaban el Mensaje Divino, hablaban de Jesucristo muerto y resucitado e iban formando comunidades, comunidades cristianas, que iban aceptando la fe, que recibían el Bautismo y que comenzaban a ser ellos también testigos del Resucitado.
Fueron perseguidos los Apóstoles, fueron encarcelados, azotados por causa del Señor Jesús, pero ellos no podían callar, porque tenían un mandato, vayan por el mundo y anuncien el Evangelio y lo tenían que cumplir, porque además no estaban solos, estaban llenos del Espíritu Santo, porque después de que lo recibieron salieron a predicar, con valentía, a hablar de Jesucristo Salvador.
Hoy, el Señor nos llama a todos nosotros también a ir por el mundo anunciando el Evangelio y, en el Evangelio, hoy nos ha dicho lo que nos sabemos de memoria, lo que nos sabemos de memoria. Un mandamiento nuevo les doy, que se amen como Yo los he amado.
Preguntémonos si estamos viviendo como el Señor Jesucristo nos dice que vivamos. En las primeras comunidades se veía el amor, porque los que veían a los primeros cristianos expresaban: mirad cómo se aman, mirad cómo se aman.
Hoy, los que no son creyentes, los que se han alejado por alguna razón, ¿podrán decir de nosotros, mirad cómo se aman? ¿hacemos atractivo el Evangelio? ¿atraemos a las personas a que se encuentren con el Señor Resucitado y que ellos también den testimonio, porque nos miran en la experiencia del amor?
Amen como Yo los he amado.
Nosotros no podemos decir: yo he amado lo suficiente. ¿De verdad? El modelo del amor nos lo presenta Nuestro Señor: amen como Yo los he amado ¿y cómo nos ha amado Nuestro Señor? Hasta el extremo de dar Su vida por nosotros.
Entonces, ni usted ni yo podemos decir que hemos amado lo suficiente, porque no hemos dado la vida todavía, todavía hay mucho que hacer porque peregrinamos por este mundo, no hemos hecho lo suficiente. Yo tengo que seguir creciendo en el amor para parecerme más a Nuestro Señor. Su amor tiene que ser muy grande, su amor a Dios tiene que ser muy grande, pero ese amor lo demostramos en el amor a nuestros semejantes y, hoy, hay aquí muchas personas que necesitan de nuestro amor.
A veces son olvidadas, aquí hay muchas personas en silla de ruedas que ya no pueden si no los mueven, si no los llevan y quienes los llevan los mueven por amor, por amor y las personas que están ahí, sienten el amor de quienes los van trasladando.
Aquí están algunos que no pueden ver, ¿cómo los miramos nosotros a ellos? Ellos nos miran desde el corazón, nosotros tenemos la capacidad de ver ¿qué sentimos ante una persona que no puede ver? ¿qué sentimos? ¿sólo lástima? El que no puede ver no nos pide que tengamos lástima, nos pide amor, nos pide que le miremos con amor, que le miremos con amor y eso sale desde el corazón, porque el corazón es la sede del amor. Desde el corazón usted saque el amor para que la persona que no tiene la capacidad de ver sienta su amor y le mire y le mire él a su corazón y se van a encontrar, no dos miradas, sino dos corazones que se sienten amados, que se sienten amados.
Miremos a toda persona desde el corazón, hagámosle sentir nuestro amor, para que podamos decir que estamos viviendo ese mandamiento nuevo, de amar como el Señor ha amado.
Hay otras personas que no hablan, que están impedidos, que no escuchan, pero sí miran, sí miran y ellos saben interpretar los gestos de nuestro rostro. Al mirarnos a los ojos, ellos alcanzan a leer lo que no escuchan sus oídos, y nos van a decir con movimientos lo que están sintiendo en la relación con nosotros. Que miren tus gestos de amor, de amor, no de rechazo, no de burla, de amor, para que esa persona se sienta valorada, se sienta valorada. Él no está así porque quiso estar así, así nació y así naciste tú.
Vivamos el amor, vivamos el amor y hagamos felices a nuestros hermanos.
Hay otras personas que son muy cariñosas, muy cariñosas y aquí están, aquí están, no les causemos ningún daño, valorémosles, amémosles, tratémosles con ternura, con paciencia.
Padres de familia, hermanos, donde viven nuestros hermanos que tienen alguna discapacidad, cuídelo, cuídelo con amor, trátelo con amor, escúchelo, escúchelo con amor. Tenga ternura, nos lo pide el Señor y lo podemos dar. Exigimos que nos amen, pedimos que nos amen, ellos también nos piden lo mismo y en un momento nos dicen: ámame teniéndome paciencia, ámame sin desesperarte, ámame comprendiendo mi situación, ámame aceptándome así, como yo soy, ámame… y quien nos está diciéndome: ámame, es Nuestro Señor. En esa persona, estoy amando a Nuestro Señor y estoy creciendo en el amor y estoy viviendo el mandamiento nuevo.
Hagamos felices y nuestros hermanos nos harán felices también.
Le agradezco a Dios que hayan podido venir, que los hayan traído en este Santuario de Gracia en este año, peregrinos de esperanza. Siéntanse amados por Dios, nunca se sientan olvidados de Dios, no, Dios no los olvida y ahí, en su situación personal, usted se está santificando y está santificando a la Iglesia, la está santificando. Disfrute, disfrute esos momentos de santificación, disfrútelos y siga, siga siendo una persona llena de esperanza, llena de Dios, llena de esa fuerza divina.
Gracias, padres, por todo lo que hacen. Padre Rentería, gracias por tener todo un equipo de trabajo, no solamente en la parroquia donde estás, de San Bartolo Coyotepec, sino ofreciendo todo esto en bien de toda persona que llega ahí o que tú sabes que necesita de un trato muy especial, muchas gracias por tu trabajo.
Padre, muchas gracias por esa encomienda que se le ha hecho a nivel nacional, siga con esa ilusión y con esa esperanza. Hoy nos proclamó el Evangelio, como usted sabe, nos lo proclamó en señas, es como si nos lo hubiera transmitido en inglés, y no sabemos inglés. ¿Sabe quiénes le entendieron muy bien? Los que están ahí, los que hablan con señas, ellos le entendieron muy bien, le entendieron muy bien. Nosotros escuchamos al jovencito que hablaba y decía lo que el Evangelio hoy dijo, pero usted le habló a ellos de una forma muy especial, y veíamos los movimientos de sus manos tan ágil, tan ágil como lo tienen ellos, también, como lo tienen ellos. Muchas gracias y siga amando este quehacer, este apostolado que tiene que ser apostolado de gracia y santificación. Muchísimas gracias, padre, gracias.
A todos los que colaboran en toda esta atención a personas con discapacidad, muchísimas gracias por todo. Otros sentimos que dizque estamos muy completos y a lo mejor somos los más incompletos. Yo puedo mover mis manos, puedo mover mis pies, puedo mover mi cuerpo, y puedo oír y puedo hablar y puedo ver y esto y aquello, pero a lo mejor decimos que tenemos todos los sentidos funcionando pero a lo mejor nos falla el corazón y no porque estemos enfermos del corazón, sino porque no hemos aprendido a amar y ahí hay una enfermedad, una enfermedad que nos acaba. A ustedes no les falta el amor, no les falta la fe, la confianza en Dios, porque siempre le dicen: Señor, en Tus manos estoy, en Tus manos estoy y haz de mí lo que quieres.
Bendecidos siempre. Que Dios les cuide y los bendiga y que María, Nuestra Madre, los acompañe en todo momento.
A seguir la vida y a seguirse sacrificando, como lo han hecho hasta el día de hoy. Crezcan en el amor a Dios y en el amor a sus semejantes.
Que así sea.