Oaxaca de Juárez, 11 de noviembre
MILENIO CARLOS MARÍN EL ASALTO A LA RAZÓNIncreíble la creciente propensión del PRD a dispararse en los pies a partir del caso Iguala.
Habiendo sido impulsor determinante del Pacto por México, ahora se niega a firmar un acuerdo de partidos con el gobierno federal paravacunar las elecciones contra la delincuencia organizada, a pesar de que ¡lo propuso el mismo día en que lo hicieron el PAN y el PRI!
En su afán por recuperar la acreditación que tenía de la indescifrable “izquierda” y que comenzó a perder en cuanto su dirigente nacional pidió “perdón” por haber seleccionado (junto con los lopezobradoristas, PT y MC) a José Luis Abarca para el ayuntamiento de la tragedia, dice hoy que hará su propio blindaje y promete cuidar la selección de sus candidatos.
¡Sí, Chucha!, cabe decirles a Los Chuchos, aunque fue Amalia García, de otra de las corrientes internas, quien descartó que los perredistas suscriban otro acuerdo.
Hechos bolas los perredistas, se ofenden unos a otros, y resienten inclusive agresiones físicas como la de ayer contra Alejandro Encinas o la anterior contra Cuauhtémoc Cárdenas.
¿A quién pretenden seducir así?
CIRO GÓMEZ LEYVA LA HISTORIA EN BREVEApartado el gobernador Ángel Aguirre, sometidos los Abarca, la presión apuntaba a la capacidad de la PGR para sacar conclusiones útiles y rápidas. Ya no quedaban estaciones intermedias. Más vale, propuse aquí el jueves, que el procurador Jesús Murillo Karam se apure, porque la muchedumbre no está para menudencias, cortedades ni tecnicismos.
Murillo Karam salió el viernes con la versión por todos conocida. Me pareció contundente: los mataron, los quemaron, los tiraron al río. Nadie se ha atrevido a hacer una encuesta, pero quiero creer que también a un buen número de mexicanos la narrativa les pareció lógica, verosímil.
Por supuesto que no a la mayoría de los padres de los 43 desaparecidos. “Tengo la plena seguridad de que en ese lugar se cometió un homicidio múltiple y tengo indicios de que pueden ser los estudiantes, pero la búsqueda sigue”, me dijo ayer el procurador. “Nada me gustaría más que encontrarlos con vida”.
—Especialistas en termodinámica dicen que en ese lapso es imposible calcinar 43 cadáveres.
—La hoguera pudo haber alcanzado mil 600 grados. Diésel, gasolina, llantas, madera, plásticos. Eso me dijeron, que pudo haber llegado a mil 600 grados.
—¿Qué tan cansado está, procurador?
—Cuando estoy cansado, no poso. Y en ese momento tenía 40 horas sin dormir. Las preguntas eran repetitivas y mis respuestas empezaban a ser en ese mismo sentido. Sí, estaba muy, muy cansado, y lo diré cuántas veces lo esté.
¿Cansado, exhausto, saciado? ¿Cuántas horas le quedarán al procurador Murillo Karam después del viernes?
Porque el fuego de Ayotzinapa no se apaga. Ayotzinapa es Dante. El color que el infierno escondiera.
EXCÉLSIOR JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ RAZONESNo nos quedamos ciegos, estábamos ciegos, éramos una nación de ciegos que no quería ver. Quemando Palacio Nacional, metrobuses o creando brigadas de ajusticiamiento no se va a solucionar la crisis de inseguridad que vive el país. En realidad, esas acciones lo que buscan es acrecentar la violencia y convertirla en un arma política. Las muertes de Cocula nos tienen dolidos y desilusionados, nadie puede negarlo, pero con la violencia lo que estamos viendo no es la indignación social sino acciones de movimientos que la utilizan para sus propios fines desestabilizadores.
Tienen razón Krauze y Gómez Leyva cuando dicen que esa indignación habría que volcarla contra los verdaderos asesinos, contra los delincuentes y sus estructuras de protección. Pero tampoco eso es nuevo. Nos tocó subrayarlo en aquellos diálogos con funcionarios, especialistas y víctimas del sexenio pasado y fue parte de lo que siempre hemos debatido con personajes como Javier Sicilia o con aquellos que inventaron lo de la guerra de Calderón. No fue aquella, “la guerra de Calderón” como ésta no es la de Peña. Es la guerra, si a alguien le gusta ese término, de los grupos criminales entre sí y de esos mismos grupos contra la gente.
Nadie secuestró, mató e incineró a los jóvenes de Ayotzinapa por una decisión de Estado, porque eran parte de grupos radicales y que en muchos de los casos tienen añeja relación con organizaciones armadas. Los secuestraron, mataron e incineraron porque molestaban a un presidente municipal y su esposa que eran parte de la delincuencia. Los mataron de forma tan brutal porque, justificadamente o no, esos delincuentes pensaban que eran parte de un grupo rival y acabaron con ellos como han acabado con miles de personas en los últimos años.
Hechos de violencia tan brutales como éstos hemos visto demasiados en los últimos años y no recuerdo que, salvo excepciones, la indignación se haya volcado contra los verdaderos responsables. Me tocó ver, oler, la casa delPozolero, aquel personaje que trabajaba para el cártel deTeo García Simental en Tijuana y que disolvió por lo menos 300 cuerpos en sosa cáustica para depositar esa especie de pasta en una enorme cisterna. Me tocó ver restos de las mujeres asesinadas por decenas en Juárez sin que tengamos todavía una verdadera respuesta sobre quiénes fueron los asesinos. En Juárez estuve en Villas de Salvárcar, cuando un comando entró en una fiesta juvenil y mató a todos, pensando, como en Iguala, que eran de un grupo rival. Me tocó ver fosas comunes en Juárez, en Uruapan, en Guerrero, mucho antes de que fuera el tema de todos los días. Estuve en la frontera viendo cuerpos de migrantes masacrados y olvidados. Conocí a funcionarios ejemplares asesinados por el narcotráfico por no corromperse. Tengo algunos buenos amigos como Alejandro Martí e Isabel Miranda que han tenido que convivir con la muerte y la tragedia en sus propias familias. Estuve en Monterrey cuando el olor de los cuerpos quemados por narcotraficantes en el Casino Royale aún envolvía todo.
Perdón por utilizar tanto la primera persona, pero yo también estoy cansado. Me ha tocado ver demasiadas muertes. Pero estoy cansado de que se sigan acumulando las tragedias y que los partidos las manipulen, que haya grupos que quieran convertir un gravísimo problema de descomposición social, que exige soluciones nacionales, que involucre a todos, en objeto de chantajes políticos; que no haya visto, hasta ahora, una sola manifestación de normalistas, maestros o anarquistas o quien sea, protestando contra los verdaderos criminales.
Me indigna, pero también me cansa, que los mismos partidos no recuerden su historia: que no recuerden que antes deAbarca existieron un Julio César Godoy o un Mario Villanueva o un Gutiérrez Rebollo o aquel padre Montañoque protegió a los Arellano Félix o aquel gobernador panista que dijo que mataban a las mujeres en Juárez porque usaban minifalda. No recuerdan porque no quieren ver.
En el libro La batalla por México, de Camarena al Chapo Guzmán (Taurus, 2012), que se publicó durante la campaña presidencial, decíamos que, en parte, el fracaso de la lucha contra la inseguridad se debía a que no se la quería asumir como un esfuerzo nacional, comprometiéndose con él. En el libro concluíamos diciendo que “las instituciones del estado siempre serán más fuertes que los grupos criminales. Pero, para que esto ocurra, se necesita que esas instituciones existan y funcionen, no sólo a nivel federal sino también estatal y municipal. Se necesitan leyes y voluntad política. El destino baraja las cartas, pero somos nosotros, la gente, los que tenemos que recuperar la visión, la certidumbre y las expectativas de que el pasado no es la ruta inevitable para el futuro”. Han transcurrido más de dos años y pareciera que queremos seguir encarando el futuro mirando cada vez más hacia el pasado. O simplemente seguimos sin querer ver.
LA JORNADA JULIO HERNÁNDEZ LÓPEZ ASTILLEROCon una larga carrera al servicio de las causas que hoy tienen a México en la postración, el procurador Jesús Murillo Karam se conduele profundamente de la ‘‘violencia brutal’’ que se vive en el país y a ella atribuye la frase tan criticada que dijo al final de una conferencia de prensa (‘‘ya me cansé’’) y que tenía como contexto exacto una pregunta que el procurador federal de justicia ya no quiso responder, más por hastío y rechazo a la insistencia periodística que por la sentimentalidad (‘‘cimbrado’’, se dijo) y la fatiga física que ahora ha mencionado como explicatoria de una condición cansina que debería hacerle valorar si estará en condiciones de cumplir el encargo de estar los próximos nueve años como fiscal general de la República, ‘‘autónomo’’, inamovible, transexenal, que su jefe Enrique Peña Nieto le ha preparado.
El propio Peña Nieto, según ha dicho su intérprete oficial, Eduardo Sánchez, vocero de Los Pinos, se desenvuelve en estos días entre lujos orientales pero está ‘‘verdaderamente dolido por lo que está pasando’’. Sabe y asume que ‘‘tiene que hacer su trabajo’’ y por eso se ha trasladado con todo y maquillista para rostros femeninos a China y a Australia, en un avión carente de la fastuosidad que le están instalando a la nueva nave ya comprada, pero aún sin uso oficial, en la que podrá viajar de un solo tirón a su destino, sin escalas incómodas, como en un palacio flotante.
Hace apenas unas semanas, ha de mencionarse, no se le veía a Peña Nieto cansado, cimbrado o dolido, sino todo lo contrario, a pesar de que estaban corriendo las mismas circunstancias que generaron el escándalo de Iguala y de muchos otros en muchas otras partes del país. El mexiquense se promovía como estadista mundial, reformador non, salvador de México, favorito de la prensa extranjera y prodigador de sonrisas de campaña y de discursos con teleprompter alegre.
Pero vinieron en cascada los puntos oscuros que no alcanzaron a ser barridos debajo de la alfombra mediática. Tlatlaya sería suficiente para estremecer a extranjeros y nacionales, y esos fusilamientos militares no habrían borrado el entusiasmo peñista si no se hubieran denunciado a tiempo en la prensa foránea. Iguala fue, es, el reto frente al cual la capacidad política de Peña y su equipo alcanzó el naufragio, tragedia que ignoró durante 10 días, que quiso endosar a políticos estatales y municipales y a partidos políticos contrarios al suyo y que ha acabado arrollándolo. Y la historia de mala copia telenovelera de Mario Puzo con la mansión de Sierra Gorda y la aparición estelar de Angélica Rivera Hurtado como La señora de La Casa.
Los demás también se ven cansados. Con el recuerdo de Acteal siempre tras de él, Emilio Chuayffet sobrelleva el despacho burocrático del asunto de los estudiantes politécnicos sin la pirotecnia de templete de aquel Osorio Chong que durante algún tiempo ocupó (¿o sigue allí?) la Secretaría de Gobernación, desde la que sintió que en mangas de camisa y con discurso simplón podría aspirar a 2018. El secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, operador fiel de las disposiciones superiores, voltea hacia otro lado cuando alguien pregunta quién es el responsable de haber cancelado una licitación bajo fundada sospecha de corrupción y favoritismo (no necesariamente para cubrir el pago de alguna mansión familiar en Las Lomas) y quién habrá de pagar por las centenas de millones de pesos que se cubrirán como indemnización a los chinos para que no le hagan el feo a EPN en esta gira y para que no lo demanden en tribunales internacionales. Ellos están cansados. Los mexicanos también estamos (aún más) cansados.
Ha resultado grotesco el ensayo ‘‘ciudadano’’ de gobernador en Guerrero. El sustituto de Ángel Aguirre Rivero carece de experiencia en asuntos de política que no sea la grilla universitaria (lo cual no necesariamente debería ser un lastre) y en pocos días ha mostrado un talante torpe, desinformado, frívolo y manipulado. Rogelio Ortega Martínez se empecinó, por ejemplo, en sostener la tesis de que los 43 normalistas podrían estar en poder de un hipotético secuestrador con el que se debería negociar, para lo cual heroicamente se ofrecía él mismo, dispuesto a dar la vida, mientras Jesús Murillo Karam preparaba la estrategia informativa de los prodigios físicos y químicos que habrían convertido en cenizas los cuerpos de un ‘‘grupo cuantioso’’ de estudiantes.
Rogelio Ortega lo mismo va a bodas y viaja a informes de sus ‘‘colegas’’ como el de Tabasco, aunque en esas horas el palacio de gobierno de Chilpancingo hubiera sido atacado y parcialmente incendiado, que se deja llevar suavemente por la tutora que Los Pinos le designó, la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, eventual vanguardia de asistencialismo electoral para el ‘‘empoderamiento’’ de otra mujer, Claudia Ruiz Massieu. Robles tiene una pieza esencial en ese trabajo de control tras las sombras: Ramón Sosamontes, su ‘‘jefe de oficina’’ (una especie de José Córdoba en el gobierno de Carlos Salinas) nacido en Chilpancingo, presentador de Carlos Ahumada con la entonces jefa de gobierno, involucrado en el escándalo de los videos del argentino e incluso buen conocedor de los entretelones de la política de Iguala, pues fue gerente general en esa ciudad de la difusora ABC (de la empresa de Mario Vázquez Raña, en cuyos soles también escribía Sosamontes). ¡Hasta mañana!
Twitter: @julioastillero
