Oaxaca de Juárez, 17 de septiembre
MILENIO EL ASALTO A LA RAZÓN CARLOS MARÍNEn Sin rodeos del lunes, Diego Fernández de Cevallos abordó “la andanada de reproches y acusaciones” generadas por la definición presidencial como asunto de cultura del binomio corrupción-impunidad.
Si, como rezaba una campaña (por desgracia desaparecida), ofrecer una mordida a policías (alentándolos a incursionar en delitos mayores) no es tan “cultural” como la música ranchera, los albures o el mole, ¿qué será?
Enrique Peña está convencido de que corrupción e impunidad son “un problema de orden humano, y para hacerle frente tenemos que partir de reconocer esta debilidad”, lo cual parece agraviar a quienes imaginan que “sociedad” o “pueblo” son sinónimos de honradez y rectitud.
Diego escribió que “bondad y maldad en las conductas humanas” obligan a las familias y gobiernos a “una gran cruzada civilizadora” y que, si no se complementan con educación, son insuficientes “buenas leyes y castigos severos”.
Quizá eso explique la generalizada buena conducta de los mexicanos en países donde corrupción e impunidad no forman parte sustantiva de la “cultura” de sus educadas sociedades…
cmarin@milenio.com
EXCÉLSIOR RAZONES JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZHay dos tipos de impunidad: la que simplemente deja los crímenes sin castigo alguno, y la que aparenta hacer justicia castigando a algunos responsables, pero jamás toca a quienes los instigaron y permitieron. Hemos tenido muchos crímenes de este tipo en nuestro país. Queda claro que Aburto mató a Colosio, pero nunca hemos sabido a ciencia cierta quién o qué lo llevó a cometer ese crimen. Sabemos que Daniel Treviñomató a Ruiz Massieu y sabemos quién lo contrató, pero nunca hemos conocido los móviles y los verdaderos responsables de esa muerte. Sabemos que Toral mató a Obregón, pero nunca hemos conocido a fondo la conspiración que hubo detrás, ni por qué el cuerpo de Obregónestaba atravesado por muchos más disparos de los que pudo hacer el asesino.
Uno de esos casos en que la responsabilidad política ha quedado impune es el asesinato hace 41 años de don Eugenio Garza Sada. Sin embargo, sabemos quiénes fueron los responsables de esa muerte. En 2006, publicamos el libro Nadie supo nada, la verdadera historia del asesinato de Eugenio Garza Sada. Años atrás, revisando la documentación de la Dirección Federal de Seguridad que había sido trasladada al Archivo General de la Nación, en el antiguo Palacio de Lecumberri, había encontrado los documentos que permitían confirmar que la muerte del presidente de la Cervecería Cuauhtémoc y líder empresarial del llamado grupo Monterrey, ocurrido el 17 de septiembre de 1973 tras un frustrado intento de secuestro por una célula guerrillera, había sido una acción consentida, conocida previamente y realizada con el visto bueno del gobierno en turno, que encabezaba Luis Echeverría.
En el documento de la DFS desclasificado y marcado con el expediente 11-219-972, en el legajo dos, hojas 46 y 47, se puede leer un detallado informe enviado por el representante de la DFS en Nuevo León, Ricardo Condelle Gómez, titulado “Planes de secuestro de los industriales Eugenio Garza Sada y Alejandro Garza Lagüera”. El documento está fechado el 22 de febrero de 1972, un año y medio antes de los hechos.
Allí se puede leer que Manuel Saldaña Quiñones (alias Leonel) “que fue reclutado, dice el documento, como profesional de la guerrilla por Héctor Escamilla Lira (alias Víctor) en septiembre de 1971”, era informante de la DFS. En el documento se describe con pelos y señales lo que ocurría en la “casa número 18, apartamento cinco de Casas Grandes, colonia Narvarte” donde vivían y se reunían los dirigentes de la organización que con el paso del tiempo se transformó en la Liga 23 de septiembre. En el documento se relata el contenido de las reuniones y se dice que “aproximadamente el 4 de diciembre (de 1971) efectuaron una junta donde (…) propusieron efectuar el secuestro de una persona que pagara inmediatamente un rescate de varios millones de pesos para comprar más armas y una radiodifusora para la trasmisión clandestina de mensajes revolucionarios…”.
Se designó a Héctor Escamilla Lira como responsable de la operación. También a un grupo de entre diez y 12 personas para efectuar el operativo. Todos están identificados en ese y en documentos posteriores. En uno de ellos, de febrero del 72, se dice que “el 8 de diciembre del 71,Leonel regresó a Monterrey y supo por boca de Víctor (Escamilla Lira) que los señores Eugenio Garza Sada y Alejandro Garza Lagüera, serían las personas que el grupo trataría de secuestrar”.
Escamilla Lira fue detenido mucho más tarde en Culiacán. En su declaración ratificó y amplió el informe confidencial que había recibido la DFS. Dice que se volvió a encontrar con Leonel antes del secuestro y que éste había admitido que había sido detenido y “se había visto obligado a denunciar al exponente (o sea a Escamilla) como uno de los participantes” en el comando y que “obtuvo su libertad mediante el compromiso de continuar proporcionando información a la policía”.Escamilla era vigilado, dicen los documentos, por la DFS, pero no fue detenido para que continuara con su plan. En Monterrey, según su testimonio, Escamilla se alojó en la casa de Jesús Piedra Ibarra, el hijo de Rosario Ibarra de Piedra, quien posteriormente sería desaparecido.Escamilla confesó que él tenía la responsabilidad de vigilar los movimientos de Garza Sada y de organizar el secuestro. Que él mismo decidió el lugar y la fecha del operativo, pero que unos días antes del mismo fue enviado a Tampico porque la célula en la que participaba consideraba “que ya había sido descubierto por la policía”.
Aunque la célula encargada del secuestro siguió viviendo en sus mismas casas y no se modificó ni la fecha ni la hora ni el lugar del operativo, no fueron detenidos. Siguieron adelante con su plan. Garza Sada y su chofer fueron asesinados cuando se enfrentaron a los secuestradores.
La historia está completa en el libro y confirma que hubo participación y tolerancia del gobierno de Echeverría, que conocía previamente y al detalle lo que ocurriría. No hizo nada. Han pasado 41 años, y el caso sigue impune.
LA JORNADA ASTILLERO JULIO HERNÁNDEZ LÓPEZUn Zócalo capitalino convertido en estacionamiento de grupos de mexiquenses e hidalguenses transportados en autobuses con cargo a los erarios deseosos de garantizar cierta asistencia controlada a un acto presuntamente cívico que transcurrirá entre el semblante sombrío del tañedor en turno de la campana central del Palacio Nacional, las modas femeninas provenientes (según las voces conocedoras de ese mundillo de la indumentaria de lujo) del catálogo de Óscar de la Renta (de la renta petrolera, dirían algunos) y ese dejo de fideicomiso de liquidación histórica que imprime Enrique Peña Nieto con su alocución carente siquiera de emotividad histriónica (¿pasión hubiera habido si se hubieran agregado vivas más adecuados para el momento que se vive? Por ejemplo: ¿‘‘¡vivan los (anti) héroes que nos dieron Exxon!’’, ‘‘¡vivan las reformas estratégicas que nos quitaron patria!’’, ‘‘¡viva el Pacto por México que nos ha dado mal gobierno!)
Falsa emotividad patriotera aderezada por los magos mediáticos de Los Pinos que hacen aparecer a cuadro a juglares del sexenio que proclaman a coro destemplado su adhesión al jefe (‘‘Peña, Peña’’, es la breve letanía que las cámaras oficiales ponen a cuadro como si de un hallazgo impensado se tratara). No se llena la plancha de la Plaza de la Constitución y, a pesar de los incentivos en especie (la torta, el frutsi, los plátanos, entre otros ingredientes de la cruzada contra el hambre de reconocimiento popular, aunque sea comprado), de los acarreos regionales apenas emisores de una que otra porra burocrática, de la música populachera previa y posterior al momento ‘‘cumbre’’, de los estallidos tradicionales de pólvora y de la escenografía del poder que celebra independencias y revueltas con la firme intención de conjurarlas por siempre, el Grito peñista del segundo año parece políticamente afónico, visualmente tétrico, montaje con pliegues a la vista, confesión involuntaria de que la materia de esos festejos rutinarios va a la baja, en proceso de disolución ante los nuevos factores que atan el país a nuevos imperios.
Ni siquiera la aparatosidad del poder logra en esta ocasión arrollar a los ciudadanos que impotentes han visto a sus pequeños ser manoseados por policías federales en busca de armas o material ‘‘prohibido’’. Un convoy de lujo se encamina con la prepotencia acostumbrada a llevar al sarao a cuando menos una de las hijas del matrimonio Peña-Rivera. La prole se da cuenta de quién viaja en esas camionetas blindadas y se opone al paso, exigiendo que esos personajes caminen ‘‘como los demás’’, entre bombardeo de espuma en lata, manotazos sobre las carrocerías imperiales y consignas poco enteradas de que en México se ha ido instalando una suerte de familia real. A bordo, el celular y sus posibilidades de chateo son el refugio de Sofía Castro (hija de Angélica Rivera y de José Alberto Castro, El Güero, hermano de Verónica, despedido como productor de Televisa una semana atrás ‘‘¡por sus adicciones y sus malos manejos!’’, según una fuente altamente especializada en esos temas, . Finalmente, entre el nerviosismo del Estado Mayor, los vehículos retroceden y optan por otro camino sin súbitos opositores.
Para confirmar que el Zócalo nomás no se le da (salvo para estacionamiento privado de automóviles de poderosos), al siguiente día el licenciado Peña Nieto presencia una escena de mal fario. El poderío militar en pleno participa en las ceremonias del 16 y a la hora de izar en el centro de la Plaza de la Constitución la magna Bandera Nacional ésta cae, desprendiéndose de lo alto. Ese tipo de incidentes suelen ser entendidos como augurios negativos, como simbolismo oscuro. Mal ha de cuidar a su país un poder que no puede controlar el buen uso del histórico Zócalo capitalino, que permite ofensivos estacionamientos de élite ‘‘por error’’, que hace catear a niños por estimar que pueden ser peligrosos y que ve caer su bandera por motivos ¿fortuitos?
Ah, eso sí. Apenas pasaron las fiestas capitalinas, el poder federal, con EPN por delante, se desplazó hacia Baja California Sur para atender los infortunios que se viven a causa del más reciente huracán Odile. Es explicable que el ocupante de Los Pinos tuviera que mantenerse en el Distrito Federal a sabiendas de que era protocolariamente necesaria su presencia en las celebraciones de la Independencia nacional. Pero los demás funcionarios federales debieron acudir con presteza a la atención del problema peninsular sin esperar siquiera a que empezaran las ceremonias en las que su asistencia era absolutamente prescindible. ‘‘En estos momentos’’ viajo a Baja California Sur, anunció en Twitter el director de Lala-Conagua, después que terminó la programación militar en el Zócalo capitalino. Osorio Chong también apareció por aquellos lares atentísimo, dedicado, después de las celebraciones palaciegas. Tarde, pero sin sueño.
En otro plano de la tragicomedia nacional, Gustavo Madero Muñoz encabezó una ceremonia blanquiazuldel Grito con el telón de fondo de los 75 años de vida del principal partido conservador mexicano. El político chihuahuense hizo esfuerzos retóricos que entre más profundidad trataban de alcanzar más contrastaban con la deplorable realidad del panismo actual, sumido en escándalos de corrupción, inmoralidad, abusos desde el poder alcanzado y un acelerado y acaso irreversible distanciamiento respecto de los postulados originales del partido que se enorgulleció de ser el de la decencia y la legalidad. ¡Hasta mañana!
Twitter: @julioastillero