Rebeca Romero/Dario Nolasco
Oaxaca de Juárez, 14 de septiembre. La noche del jueves, 7 de septiembre a las 11.49:18, como casi todo el país, el Istmo de Tehuantepec fue sacudido por un terremoto de 8.2 grados y cuyo epicentro estaba apenas a unos 150 kilómetros de distancia, en Pijijiapan, Chiapas. En casi todos los hogares las personas corrían para ponerse a salvo, rezaban y se encomendaban a dios para que sus casas no cayeran. El miedo, la angustia y el pavor paralizaron a muchos, otros fueron despertados por el estruendo, los niños se asían a las faldas de sus madres y a las piernas de sus padres, las mascotas ladraban y aullaban sin cesar, los animales domésticos daban de vueltas en círculos, todo era un caos. Fue el peor terremoto de México en 100 años, que dejó casi 100 muertos y 2.3 millones de damnificados. 
El sismo dejó una estela de dolor en el corazón oaxaqueño, Juchitán, “el lugar de las flores”, Ixtaltepec, Matías Romero, Unión Hidalgo, y 38 municipios más sintieron la ira de la naturaleza.
De las nueve secciones en las que está dividido el municipio, seis resultaron muy dañadas, algunas de forma trágica. La construcción amateur y la falta de planificación, sumada a la antigüedad de una estructura y a materiales inadecuados para hacer frente a un terremoto, propiciaron la catástrofe en el municipio de Juchitán, Oaxaca.
La Octava Sección, resultó muy afectada. Se trata de construcciones de hace más de 50 años construidas con piedras y tejas de barro, precocido, y mezcla de barro, porque antes no se consideraba el acero de refuerzo.
El Hospital Civil quedó dañado; la 6ª y 7ª Sección parecen una pesadilla a la vista. La mayoría de las casas quedaron destruidas. Parece zona de guerra.
