Oaxaca de Juárez, 4 de agosto. Ella quería escribir. Ella escribía. Cartas a un destinatario imaginario, entradas de un diario íntimo, reflexiones dispersas. Un mundo personal intenso y propio. El mundo exterior era hostil y lejano por más que estuviera a unos pocos metros de distancia. Era inaccesible. Pertenecía al pasado o a un futuro hipotético. Anna Frank con sus trece años sólo necesitaba tinta y unas hojas.
“Sólo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá empezaron a contarme poquito a poco el plan del escondite. Llevaban meses sacando de la casa la mayor cantidad posible de muebles y enseres, y habían decidido que entraríamos en la clandestinidad voluntariamente el 16 de julio. Por causa de la citación, el asunto se había adelantado diez días, de modo que tendríamos que conformarnos con unos aposentos menos arreglados y cómodos”.
Annelies Marie Frank. Anna Frank. Una chica de trece años que un día de 1942 decidió empezar un diario personal. Alemana, nacida en Frankfurt, estaba radicada con su familia en Amsterdam desde hacía casi una década.
En 1940 la familia Frank quedó atrapada en Holanda. La ocupación nazi mostró desde un principio que la vida ya no sería igual para ellos. Con el paso de los meses la situación sólo empeoró.
Dejaron su casa premeditadamente desordenada con una carta en la que informaban a unos vecinos que se escapan a Suiza. La pista falsa pretendía desalentar a sus perseguidores.
Sólo tres o cuatro personas de mucha confianza sabrían de su destino; ellos serían su enlace con el mundo exterior.
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La vivienda estaba compuesta por distintas habitaciones en una construcción de tres pisos a la que se entraba por una puerta angosta oculta detrás de un armario. El plan estaba pergeñado desde hacía un tiempo. Y los Frank de a poco fueron equipando el lugar. Antes de ingresar querían tener todo dispuesto y aprovisionarlo de las mayores comodidades posibles: el tiempo que pasarían allí era indefinido pero sabían que no sería un lapso breve. Esa carta apuró los hechos. El llamado a Margot hizo que la familia fuera de inmediato a recluirse. Pasarían en esa casa de atrás casi dos años. Ya no saldrían de ahí en libertad.
“Ayer por la noche bajamos los cuatro al antiguo despacho de papá y pusimos la radio inglesa. Yo tenía tanto miedo de que alguien pudiera oírnos que le supliqué a papá que volviéramos arriba. Mamá comprendió mi temor y subió conmigo. También con respecto a otras cosas tenemos mucho miedo de que los vecinos puedan vernos u oírnos“.
El miedo. Era una presencia física. Un habitante más de esa casa de atrás. Un compañero abrumador que ya desde hacía unos años estaba con ellos a cada momento. Que se paraba sobre sus cabezas aplastándolos. Las persecuciones se habían incrementado en toda Europa. La vida se había hecho imposible. Las posibilidades de los judíos de escapar a las garras del nazismo y su implacable, cruel y eficaz maquinaria asesina eran cada vez más escasas. El escape o la clandestinidad eran las opciones.
“Hace mucho que sabes que mi mayor deseo es llegar a ser periodista y más tarde una escritora famosa. Habrá que ver si algún día podré llevar a cabo este delirio (?) de grandeza pero temas hasta ahora no me faltan. De todos modos, cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado ‘La casa de atrás’; aún está por ver si resulta, pero mi diario podrá servir de base“.
Los padres le habían regalado a Anna para su último cumpleaños un cuaderno de tapas duras que se cerraba con un pequeño candado. Originalmente un libro de firmas, uno en el que se recopilaban autógrafos. Anna le dio otro uso. Lo usó de diario personal. Allí registró cada uno de sus días en el encierro. También usó otros cuadernos y hojas sueltas.
Escribe febrilmente. En algún pasaje habla de los hobbies que tienen los habitantes de esa casa y de los suyos. “Escribir no es un pasatiempo para mí-dice- Es otra cosa, algo mucho más serio”.
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El drama de la guerra, las bombas, el miedo, la muerte omnipresente conviven con la ilusión, con los turnos de comida, los enojos con los padres, la sexualidad incipiente, el frío, los problemas de convivencia, las ilusiones. La frescura en medio del horror. El poder de la juventud y de alguien que lo cuenta con el corazón en la mano. Lo que los grandes historiadores bélicos suelen olvidar cuando hablan de campañas, generales y grandes batallas está en El Diario de Anna Frank. Esa dimensión de vida cotidiana que impacta y conmociona mucho más que la recargada épica o el texto lacrimógeno.
“Mi querida Kitty: grábate en la memoria el día de ayer, que es muy importante en mi vida. ¿No es importante para cualquier chica cuando la besan por primera vez? Para mí al menos lo es (…). Peter me estrechó bien fuerte contra su pecho, sentí cómo me palpitaba el corazón. Cuando a los cinco minutos quise sentarme un poco más derecha, en seguida agarró mi cabeza en sus manos y la llevó hacia él. ¡Ay fue tan maravilloso! No pude decir gran cosa, la dicha era demasiado grande. Me acarició la mejilla con su mano algo torpe , jugó con mis rulos. No puedo describir la sensación que recorrió todo mi cuerpo” .
Anna se enamora de Peter, un joven de 17 años que vive en una de las habitaciones de arriba, miembro de la otra familia que está recluida con ellos, los van Pels.
Las charlas, las pequeñas complicidades, las caricias, los besos…
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