Oaxaca de Juárez, 13 de agosto. “Imagínense qué hubiera pasado si no hubiéramos ganado, si el pueblo, que es sabio, no hubiese decidido en favor del cambio. ¿Cómo estaría el país?, ¿cómo hubiesen enfrentado el problema de la pandemia?, ¿se hubiese vacunado a todos por igual?, ¿se hubiese actuado pronto?, ¿se hubiesen comprado las vacunas? Por poner un ejemplo. Iba a seguir la misma corrupción, estaríamos en una situación de ingobernabilidad terrible, como en otros países.”
Palabras de Andrés Manuel López Obrador hace una semana. La arrogancia que caracteriza al inquilino de Palacio Nacional en toda su expresión: el pueblo en su infinita sabiduría escogió al mejor, a mí. Habló el mesías, el que tiene la certeza que fue llamado a liderar una transformación histórica, el experto en todo y que presume que nada es ciencia, un ser superior cuya visión siempre certera lo ha llevado a adoptar las soluciones y estrategias ideales. El México de AMLO es el mejor de todos los que eran posibles en la elección de 2018. El eterno fósil de la UNAM sabe mucho más que esos fifís neoliberales de Harvard y lo ha demostrado en los hechos.
Cómo vivirían muchos niños (y adultos) que han fallecido por falta de medicamentos oncológicos o de otro tipo, porque Meade sabe que distribuir medicinas no es como repartir refrescos y bolsas de papitas, y no habría destruido la red de distribución existente. Porque cualquier persona con sentido común entiende que antes de destruir algo se debe contar con un esquema probado que funcione. Mantener el Seguro Popular habría permitido a 15.6 millones de personas mantener el acceso a los servicios de salud el año pasado, en lugar de perderlo, el retroceso más brutal jamás experimentado en México.
Pero el hubiera no existe, y AMLO resultó el peor Presidente en el peor momento.
El Financiero