Oaxaca de Juárez, 8 de junio. El Sacrificio de Cocijo: Pitao, según la concepción mitológica zapoteca, era el dios verdadero, el ser supremo creador de todas las cosas y de todos los seres vivientes de la tierra. El historiador José Antonio Gay dice: “en Mitla se veneraba a un dios incorpóreo, pues lo designaban con el nombre de Pitao, común a los espíritus, pero no un espíritu común, sino superior a todos los demás y dotado de atributos que le eran exclusivos: era increado, era infinito, sin principio e inmortal. Había sido el creador del universo.”
Para designar a otros dioses, jerárquicamente inferiores, el dios único les daba su nombre, seguido del correspondiente a la misión o dominio que tuvieran encomendado. Entre otros, figuraban los siguientes: Pitao-Xoo, dios de los terremotos; Pitao-Cozaaba, dios que preside el alumbramiento de todos los seres; Pitao-Beccala o Bacanda, dios de los sueños; Pitao-Cocijo, dios de las lluvias y los rayos; Pitao-Gozee, dios de la caza y de la pesca; Pitao-Zey o Zii, dios del infortunio y de la miseria; Pitao-Cocobi, genio de la abundancia y de las mieses.
Al dios Pitao-Cocijo, conocido también como dios del paraíso y la fertilidad, cuando Pitao, Gran Aliento o Gran Espíritu creó el universo, dio a los dioses menores una encomienda, una misión divina, un dominio, pero al pequeño Cocijo no le dio ningún atributo al principio. Establecido el orden en la tierra, Pitao creó al hombre, al pueblo zapoteca, pero imperó el sufrimiento porque faltaba el fuego, uno de los cuatro elementos vitales de la naturaleza.
Hombres de todas las latitudes se unieron para formar una gigantesca montaña, en cuya cúspide se levantó una pirámide consagrada al dios Pitao para implorarle esta gracia. Conmovido, aceptó concederla, pero decidió someter el espíritu de sacrificio de los dioses a una prueba, ofreciendo potestad y dominio a quien la venciera. Era la prueba del fuego. Ordenó se acumulara un gran cerro de madera seca, y mediante su frotación apareció este atributo divino. Se incendió de inmediato toda la leña, y una grandiosa llamarada se elevó hacia las nubes, rompiendo las tinieblas de la noche permanente.
“Probad ahora, hijos míos”, dijo Pitao a los dioses menores, pero todos, uno a uno, fueron retrocediendo despavoridos ante la insoportable hornaza. Cocijo no fue llamado por su pequeñez, pero pidió se le permitiera probar. Ante el asombro de los dioses, Pitao aceptó. Cocijo solicitó al dios del agua, Zagüii, que empapara sus vestiduras, y al dios de los vientos, Bee, que soplara frente a él para desviar las llamas, y tomando impulso se arrojó a la hoguera. De la pira se elevó una espesa y negra nube a tal altura, que quedó suspendida entre el cielo y la tierra, y del túmulo se desprendió una centelleante estría de fuego que cegó a los dioses y a los hombres, iluminando todos los ámbitos de la tierra y estremeciendo a todos los seres vivientes. El fuego se propagó. Cocijo adquirió potestad, dominio y supremacía sobre los demás dioses. Creyéndolo sepultado, los zapotecas le rindieron homenajes. Para perpetuar su memoria llamaron Cocijo a su calendario, que era sagrado.
Si en la mitología griega Prometeo robó a los dioses el fuego para los hombres y sufrió severos castigos, Cocijo lo conquistó y llegó a ser el dios de mayor importancia y veneración para los zapotecas.
El Flechador del Sol: Los mixtecos siempre supieron defender su territorio, sus costumbres, sus creencias, su integridad familiar, haciendo de las crestas de las montañas fortalezas inexpugnables. De ahí han surgido mitos y leyendas, de ahí partes muchas de las tradiciones que aún se conservan.
Es célebre la tradición heroica del Flechador del Sol, o de la victoria contra el sol, como le llama Burgoa. El padre Gay hace la siguiente narración de esta leyenda:
Los hijos de los árboles de Achiutla se dividieron la tierra, partieron todos en busca de conquistas, pero siguiendo cada uno distinta dirección. El más valeroso de todos llegó a Tilantongo, armado con su escudo y sus saetas, pronto a medir sus fuerzas con el más poderoso adversario: la tierra estaba deshabitada, no se presentaba enemigo alguno a quien combatir, si no era el sol que inundaba el mundo de luz y calor y a quien el mixteco tomó como el señor del lugar. Creyó el animoso campeón que el astro del día, con sus rayos ardientes, le impedía apoderarse del puesto; mas no por ello desfalleció su valor: sin perder un momento, se cubrió con su escudo, sacó de su alforja las saetas, y con esfuerzo robusto dirigió sus tiros al sol. Era la hora en que ya declinaba la tarde: en el horizonte se agrupaban nubes sombrías: el héroe creyó que el sol, herido de muerte, buscaba su tumba en una montaña que se veía a lo lejos: se juzgó, pues, vencedor; tomó posesión de la tierra y puso ahí la capital de su imperio.
