Cuentos y Poemas de la Luna Nueva
Gerardo Felipe CASTELLANOS BOLAÑOS
Prólogo
La palabra “cuento” viene del latín contar, que quiere decir narrar. Todo puede ser contado, si encontramos la forma de hacerlo. Y desde muy temprano, los seres humanos, a diferencia de los animales, aprendemos a contar. De ahí la frase hecha “Vivir para contarlo”, con su variación, empleada por Gabriel García Márquez en sus memorias: Vivir para contarla.
Como todas las niñas del mundo anterior a la televisión y a la Internet, yo amaba los cuentos, me identificaba con algunos personajes, sufría, lloraba y aprendí a vivir escuchando y leyendo cuentos. Aquellos con los que nos hacían dormir, o quizás el de aquel libro que nos regalaron de pequeños, o con el que ensayamos nuestras primeras lecturas, cuentos que por una razón u otra fueron especiales. No hay ninguna inocencia en los relatos infantiles. Son algunos tan crueles, tan terribles como los que escribimos los adultos: hay envidia, soledad, dolor, deseos, anhelos, aunque, a diferencia de la vida, siempre terminan bien, porque derrotan al mal.
El cuento es un género que amo, como lectora, y al que seré fiel durante toda mi vida. Me gusta la gramática del cuento, su estructura, su brevedad y el hecho de que hay que prescindir de lo accesorio, de lo poco significativo, no admite disgresiones, es un mecanismo de relojería donde cada palabra es imprescindible, no puede faltar ni sobrar. Los grandes escritores en castellano del siglo XX fueron excelentes cuentistas: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. Pero además de estos autores, hay muchísimos escritores de cuentos originales, llenos de ingenio, especialmente en la fórmula del relato breve, aunque hay algunos que son más extensos.
Cuentos y Poemas de la Luna Nueva, título sugerente, seductor, que me lleva a pensar, —que todo hombre es como la Luna, con una cara oculta que a nadie enseña o que el amor es como la luna que todos lo vemos desde un punto distinto—, obligó a Gerardo F. Castellanos, a vencer sus temores para mostrarse como cuentista y poeta, y exponer previamente, en una sesión del Seminario de Cultura Mexicana, que tuvo lugar en la Casa de la Cultura Oaxaqueña, cuentos inéditos y poesías que guardaba en una carpeta. Gracias al éxito alcanzado esa noche, decidió darles un nombre, convertirlos en un nuevo libro, dedicado a su esposa y nietos, y publicarlos.
Los cuentos presentados en este volumen conservan su fuerza, a veces su ironía, su humor, su poesía y su observación psicológica. En ellos intervienen personajes entre quienes destaca don Benito Juárez, que realizan acciones en un lugar y un tiempo determinado. Durante la narración, aparecen diálogos directos intercalados. Las historias son contadas por un narrador que habla de cosas que le suceden a otras personas o a él mismo. En este último caso él es un personaje del cuento. Alguna narración ficticia es creación del autor, o bien, se basa en hechos de la vida real, incluso son parte de la vida del autor. Sus finales a veces son inesperados aunque en otras ocasiones son absolutamente predecibles.
Gerardo convirtió también un sueño en relato. Es una de las experiencias literarias más complejas y difíciles, pero también de las más gratificantes. Es una forma de exorcismo, ya que se ha descubierto que los sueños son una clase de escritura, la escritura del inconsciente.
Sus cuentos los encontró viviendo, observando, soñando, escuchando, pero al escribirlos cumplió, sin saberlo, con una cita previa. Algunos relatos son una especie sofisticada de parábolas, en el sentido pedagógico y moral del término, aunque la forma haya evolucionado muchísimo. Y son parábolas porque los seres humanos, a diferencia de los animales aprendemos a través de historias. Sé que ha gozado haciéndolos y, a veces, también creo que ha sufrido al escribirlos, para encontrar esa primera frase, decisiva, al enfrentarse a la angustia de la página en blanco, de la que hablamos muchos escritores y escritoras.
Los poemas son la fascinación de múltiples personas en el mundo y, asimismo, los poetas, los escritores de los mismos, son adorados en todas partes. Muchos de los trabajos literarios que iniciaron la tradición de los poemas, provienen de la antigua Grecia, siglos antes del nacimiento de Cristo, ya que la palabra poema proviene del verbo griego: poiein, que significa hacer.
Agregaremos que la poesía es un género de la literatura que es también un estilo de vida, en la participación, del amor, el fervor, la comunión, la exaltación, el rito, la fiesta, la embriaguez, la danza, el canto, que, efectivamente transfiguran nuestra existencia, hecha cotidianamente de tareas prácticas, utilitarias, orientadas a la sobrevivencia, tareas que devoran nuestro modo existencial, es decir: la propensión y el derecho al goce, al disfrute de la belleza, de la cual todo ser humano debe ser partícipe. Hay que tratar de vivir no sólo para sobrevivir, sino también para existir. Vivir poéticamente es vivir para vivir.
La poesía, en dosis bien servidas, alimenta y nutre el espíritu, asusta una soledad, aleja una tristeza, acerca a un ser amado. Nos permite, además, reflexionar acerca de si las piedras hablan, o si el agua al correr murmura, o si la Luna, en el majestuoso conjunto de la Creación, acaricia el espíritu, da vuelo desusado a la fantasía y con su luz apacible y desmayada, es medicina para curar el mal de amor, calmando nuestra amarga pena y librando a nuestro corazón de la melancolía.
Gerardo F. Castellanos, por medio de la poesía habla, desde lo más incógnito de él mismo, observándose interiormente y nos muestra sentimientos profundos de tristeza, aquellos sentimientos que nacen del alma, cuando ésta está dolida o fragmentada por algún episodio de la vida y que ha marcado al autor profundamente. Contempla la realidad en la cual le ha tocado vivir en ese momento, para hacerla trascendente; para sublimarla, porque el poeta, es el mensajero del destino; muchas veces en sus versos nos anuncia los días que vendrán.
La noche de su presentación nos dijo que lo único que conoce es el amor, esa palabra encorvada bajo el peso casi insoportable de su tradición literaria y no literaria. ¿Pues no es el amor un sentimiento que arrasa, abrasa, abruma, emborracha, anega, destroza, redime, nos eleva al séptimo cielo o nos arrastra a las zonas abismales donde el sufrimiento ya no puede ser dicho? Quien lo probó lo sabe. Aunque recuerdo ahora, las palabras de Antonio Machado que nos dice: “A las palabras de amor/ les sienta bien un poquito / de exageración”.
En los versos de Gerardo, hay sinceridad, hay sentimiento, hay humanidad. Es una poesía fresca, sonora, inmensamente humana, por lo que le auguro un buen sitial en el campo que tanto miedo tuvo para abordar.
Gerardo tus versos abrirán surcos, sublimes caminos de amor, para que, como en una galería de espejos, el lector goce, sufra, se sonría, se reconozca o aprenda a comprender lo diferente.
Te deseo el éxito merecido en este abrazo literario.
Luz María González Esperón
Miembro del Seminario de Cultura Mexicana
Corresponsalía Oaxaca.
“Ing. Alberto Bustamante Vasconcelos.”


