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Cananea: ajuste de cuentas entre Javier Lozano y el terrible Napo: Juan Manuel López García PDF Imprimir Correo electrónico
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Juan Manuel López García
Escrito por Juan Manuel López García   
Martes 15 de Junio de 2010 13:29

Oaxaca de Juárez, 15 de junio. “Cuando pleitean las comadres, salen las verdades”.Refrán Popular.


Lo de Cananea se veía venir y nadie supo –o no pudo– adelantarse a los acontecimientos. Era una historia anunciada el desalojo de los mineros en posesión de las instalaciones del Grupo México.


Como todos saben, la Suprema Corte había fallado en contra de los trabajadores y la relación laboral legalmente había terminado. Es decir, que si por las buenas los mineros no entregaban la mina, tarde o temprano el Gobierno tendría que hacer cumplir la ley. Injusta o no la medida, era lo que tenía que suceder.


La población de Cananea se hundió en el desaliento. Económicamente está en ruinas y el horizonte no presagiaba nada bueno. La lucha de los mineros había perdido legitimidad a partir de su lealtad ciega al líder Napoleón Gómez Urrutia, heredero del cacicazgo sindical de su padre, Napoleón Gómez Sada.


Ciertamente, todo uso de la fuerza pública para efectuar un desalojo, deja un mal sabor de boca. Desgraciadamente, en el caso de Cananea no había de otra. Todo esto, muy a pesar de que los trabajadores de la minera fueron siempre las víctimas. Lo fueron, en primer lugar, de los Larrea, los dueños del grupo México. Y lo fueron de su dirigente Napoleón Gómez Urrutia, el defenestrado líder del Sindicato Minero, que tomó como rehenes a sus representados para negociar su exoneración judicial con el Gobierno de Felipe Calderón. Y en este punto no hay qué confundirse: una cosa son los paniaguados de Napo –sus incondicionales, los que se beneficiaron con sus rapacerías y siguieron haciéndolo con Napo en el exilio– y otra los verdaderos mineros. Lo cierto es que aquí los únicos buenos son los trabajadores reales, que no necesariamente los que encabezan el movimiento.


Víctimas igualmente lo fueron de los juegos de poder instrumentados desde la Secretaría del Trabajo, cuyo titular, Javier Lozano Alarcón, viene de las filas del PRI, cuyo puesto más importante como tal, fue el de subsecretario de Gobernación, cuando el titular era Francisco Labastida Ochoa.


Ahora bien: no hay duda de que Napo es un pájaro de cuentas. Un pillazo. De hecho, se comenta que acaba de comprar en Vancouver, Canadá, una cadena de restaurantes de comida rápida.


Por otra parte, la fobia del gobierno de Calderón hacia él, nada tiene que ver con asuntos de ética y moralidad, como tampoco por escrúpulos por su falta de probidad en el manejo de los dineros de los trabajadores. Si así fuera, tenga usted la seguridad de que ni Elba Esther Gordillo ni Carlos Romero Deschamps, líderes omnímodos de los sindicatos del magisterio y de los trabajadores de PEMEX, estarían en la agenda de las prioridades del gobierno calderonista.


Lo que sucede es que el gobierno panista de Calderón tiene una moral distinta para cada caso. Napo no le era conveniente. Elba Esther y Romero Deschamps, evidentemente sí. Esta es la cuestión. ¿Que cayó en desgracia Gómez Urrutia? Según. Porque mientras Napo siga gozando de un exilio dorado en el extranjero, lo único de lo que lo habrán privado será del jugoso negocio del sindicato. Además, nadie ha explicado con cuánto se quedó de los 55 millones de dólares que sacó del fideicomiso para depositarlo en cuentas personales. Y que por cierto es parte del escándalo y de su propio enfrentamiento con los Larrea.


A Gómez Urrutia lo perdió su soberbia y su falta de percepción política. Valoró equivocadamente sus propios fuerzas y creyó  que con Calderón haría lo mismo que hizo con Vicente Fox y, antes, con Ernesto Zedillo.


Pocos saben que las fobias de Lozano Alarcón contra Napo, vienen desde los tiempos de la presidencia de Ernesto Zedillo. Lozano no era secretario del Trabajo, pero como subsecretario de Gobernación, conoció  de cerca el problema. Y posiblemente de algún modo haya influido para que Zedillo, vía Secretaría del Trabajo, le negara la Toma de Nota a Gómez Urrutia, cuando por primera vez intentaron investirlo en el trono que dejó a su muerte Napoleón Gómez Sada. En este contexto, Napo no pudo ser dirigente de los mineros en el gobierno de Zedillo. Sólo hasta que Fox llegó al poder y mediante un falso expediente que lo acreditaba como trabajador de una empresa minera, la Secretaría del Trabajo le otorgó la Toma de Nota.


Pero Napo nunca fue trabajador minero sino director de la Casa de Moneda del Banco de México.


Los problemas de Napo se presentaron cuando el presidente Calderón nombró  a su ex compañero en la Escuela Libre de Derecho, Javier Lozano Alarcón, secretario del Trabajo. Lozano se la tenía jurada.


Lo quiso acabar negándole la Toma de Nota, usted se acordará. Luego, vino el escándalo del Fideicomiso creado para conservar los 55 millones de dólares producto de la venta de las mineras al Grupo México.


Napo solito se fue poniendo la soga al cuello, sin prestarle importancia a quienes él sabía que querían llevarlo a la cárcel. La Secretaría de Hacienda lo demandó por haber desaparecido el Fideicomiso, violando el artículo 113 de la Ley de Crédito, por apropiarse de los 55 millones de dólares que les pertenecían a los trabajadores, y por lavado de dinero.


Napo contraatacó con el arma más poderosa con que cuenta un líder: los pobres trabajadores, a los que puso como carne de cañón para chantajear al Gobierno y doblar a los Larrea. Al final del día, como siempre ocurre, los trabajadores son los que pierden. Claro que en este conflicto se presenta un epílogo que no es habitual en la solución de los problemas: el anuncio de una formidable inversión de recursos para rescatar a Cananea y reactivar su economía. Las cuentas en el pronunciamiento no podrían ser más alegres. Se habla de 58 mil millones de pesos, sin aclarar que de esa cantidad 55 mil millones serán para expansión de la actividad minera a un plazo de seis años. Lo bueno: que de esos 58 mil, 23 mil serán exclusivamente para Cananea y el resto para crear infraestructura en distintas partes del Estado que tengan relación con la actividad minera. En suma: si bien el desalojo por medio de la fuerza policíaca resulta siempre una medida que a nadie gusta, finalmente se podrá hacer algo por el pueblo de Cananea. Incluso, por los trabajadores mineros hoy por hoy todavía bajo el influjo verborréico de los compinches de Napo. En todo caso, el tiempo lo dirá. Lo que hasta se ve es que fue CANANEA: AJUSTE DE CUENTAS ENTRE JAVIER LOZANO Y EL TERRIBLE NAPO.


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